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presencia. Juan Carlos «El Rey» |
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Elecciones 2008: Ni derrotados ni resignados UCR 27 de Febrero de 2008 Cuando estamos a punto de ser convocados para unas nuevas elecciones en España, algunos que ya rebasamos la barrera de los setenta, y ante el poco fervor que entre determinadas capas sociales despiertan estas, no podemos por menos de echar un vistazo a nuestro más inmediato pasado, que otra cosa no tendremos pero de memoria no carecemos.
No puedo dejar de pensar qué ha podido ocurrir en
este país, en sólo treinta y dos años de recorrido “democrático”, para que
se haya producido tan brutal caída en el electorado a la hora de votar.
Evidentemente, la clase política, o se replantea su actuación o mucho me temo que estamos a las puertas del fracaso de esta, vamos a llamarle, democracia. Si entre otras cosas, algo hay que reprocharle al PSOE que en nombre de la seudo izquierda accede una y otra vez al poder, es que no ha sabido granjearse la confianza de la clase trabajadora, porque dicho con otras palabras: o se gobierna con los banqueros y mirando hacia el poder clerical, o lo hacemos con los trabajadores y la universidad.
Ya de por sí es un escarnio para los que se auto titulan socialistas el hecho de que se vean en la triste obligación de votar a gente tal, con ese doble lenguaje que lo mismo les vale para una misa que para un mitin obrero. Pero lo más triste es que, en nombre de todo ese bagaje histórico e ideológico de la izquierda genuina, asalten el poder para, una y otra vez, asolar todo ese territorio de esperanzas que se depositó en ellos a falta de esa izquierda genuina que no acaba de consolidarse. Es más que evidente que no eran estos los señores a los que esperábamos allá por los años cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta y ochenta, cuando cantábamos aquello de...cuando querrá el dios del cielo que la tortilla se vuelva: que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda...
Somos conscientes de que ya no somos el país
tercermundista del pasado, que cayó el Muro, que el personal quiere
disfrutar de todos esos bienes de consumo con que se nos bombardea a
diario en la televisión, que quiere una vida digna y unas pensiones
dignas, etc, etc, pero no es menos cierto que, a todos esos paraísos
artificiales a los que, en las condiciones políticas que ya conocemos, ya
pudimos empezar a acceder con la Dictadura, no dieron respuesta a las
aspiraciones de quienes ahí les pusieron ni al desafío del siglo pasado,
como tampoco la están dando para el que se plantean en el actual. Creo interpretar a los que colaboran en estas y otras paginas alternativas si afirmo que tenemos sobradas razones para sentirnos políticamente estafados por las distintas formaciones de la izquierda, y para decir eso no hace falta ser premio Nóbel. Del triste panorama ideológico de la izquierda no soy capaz de salvar a nadie: unos por incautos, otros por oportunistas, aquel por sectario, sin contar a los sin escrúpulos, que son multitud.
No olvidaré nunca una visita
que hice a Nueva York, en 1997, con motivo de un homenaje a los
supervivientes de la Brigada Lincoln. Eran unos días de maravillosa
primavera y, antes del encuentro con aquellos camaradas, paseamos por esa
hermosa ciudad: Central Park, la Estatua de la Libertad, la Isla de Ely,
el Puente de Brooklyn y todo eso. Pero cual no sería nuestra sorpresa al
comprobar que era el Iº de Mayo y que nada de manis, todo el comercio
abierto y nada que recordase que, en ese país, 111 años antes se había
producido una huelga general, con el consiguiente asesinato de
trabajadores a manos de la policía, que daría lugar a proclamar aquella
fecha el Día de los Trabajadores, Fiesta del Trabajo o como se le quiera
llamar, en memoria de los Mártires de Chicago. De seguir así el panorama sindical y político en nuestro país, prefiero estar criando malvas que vivir los yermos que se avecinan de aquí a unos años; con tanto obrero amaestrado, tanta secta, tanto personal aplaudiendo en los concursos de la tele, tanta miseria elevada a la gloria del arte por los nuevos flautistas de Hamellin: los Bosé, los Bisbal, los Serrat, Sabina y La oreja de Van Gogh juntos...: los nuevos ideólogos del Régimen, tanto campo de fútbol lleno a rebosar de aquellos (o los hijos de aquellos mismos) que, un día no tan lejano, llenaban algunos de esos mismos campos para escuchar a los lideres obreros y hoy adoran a esos dioses que se hacen multimillonarios dándole patadas a una pelota o dando pláticas para salvar el medio ambiente.
Está más que claro que los
Gobiernos no tienen otra función que la de sucederse unos a otros. Nada
más lejos de su ánimo que disolverse entre el pueblo; elevando a éste a la
condición de autogobernado. Si ese fue el sueño de nuestros ideólogos en
el pasado y de los que les seguían, hoy más que nunca está claro que su
afán es perpetuarse en el Poder. Y no solo se han hecho imprescindibles
sino que el pueblo, desideologizado y resignado, ya solo exige de aquellos
que no le suban los impuestos, que haya mayor presencia policial en las
ciudades, que la televisión no sea tan infame y jubile definitivamente a
la pobrecita Carmen Sevilla, más espacios verdes... en fin, ¡la hostia!
que diría un castizo. En todo esto quedaron los sueños de aquella raza
que, un día del pasado siglo, abandonando las sombras de la alcoba donde
dejaba a su mujer al cuidado del hijo pequeño, apenas iluminado por los
primeros rayos de sol y con una chaqueta colgada del hombro y un
cigarrillo en la comisura de los labios, le decía a la compañera desde el
umbral - No me prepares comida, me voy a la Sierra -.
Setenta y dos años nos separan
de aquellos hombres que se enterarían en el frente de Teruel, o en Lérida,
en la Casa de Campo, en el Ebro... de si había sido chico o chica lo de la
parienta, o de que las “pavas” habían destruido totalmente la casa y que,
harta de ocultarse en los “refugios” y en los túneles del Metro, tuvo que
evacuarse y ahora vivía con el niño en la casa de los abuelos. Aquellos
hombres que un día de la posguerra tomaron un morral con una muda limpia y
unos mendrugos de pan y orientaron sus pasos hacia el monte para unirse a
los huidos y seguir combatiendo por la República. Porque ellos marcharon,
no solo para defender las ciudades, los puentes y los tendidos eléctricos
que habían construido; generación tras generación, desde aquellos que
engrosaron en las primera horas de julio las filas del 5º Regimiento y las
Milicias Populares hasta la Quinta del Saco y la Quinta del Biberón, ellos
abandonaron los tibios colchones de borra o de paja, los míseros jergones
rellenos con las camisas del millo, para defender y refrendar las palabras
de Azaña en el campo de Comillas, las consigna de Dolores, la de aquellos
que afirmaban;¡RENUNCIAREMOS A TODO MENOS
A LA VICTORIA!
Pocas veces como ahora cobran actualidad las
palabras de El Enano aquel 1 de abril de marras: vencido y
desarmado el Ejército Rojo... Quizás, si hay que buscar alguna
diferencia, es que ahora hemos sido derrotados por aquellos mismos que nos
sedujeron con sus palabras, los que recibieron nuestras armas: nuestros
cándidos votos de entonces, para ponernos al pie de una monarquía
despreciable, de unos empresarios cuyos beneficios no se ven nunca
mermados. Tristes figuras en un paisaje de poderosas entidades financieras
y transnacionales que reducen al agricultor más humilde a la condición de
esclavo de la tierra; de potentes inmobiliarias sin escrúpulos que
colonizan día a día los paisajes más sagrados de nuestras geografías.
Ellos nos pusieron al pie mismo de los caballos de la policía de la
burguesía. Porque unos y otros son uña y carne. Y estas palabras, que
pueden parecer arrancadas de un panfleto recogido en una manifestación de
las calles de nuestro inmediato pasado, no son si no las palabras que nos
perseguirán en el futuro porque, o desmantelamos todo ese tejido de
sindicatos y partidos afines al sistema, o estaremos condenados a repetir
una y otra vez los errores del pasado. Ahora nos llegan mensajes a través del móvil en los que se nos pide apoyo para el Proyecto 80, sin más firma, que nos deja entre estupefactos e indignados, pues parece que, visto lo visto, aún quedan razones para seguir confiando en la clase política. Es francamente humillante que a estas alturas se nos siga pidiendo el voto. ¿En nombre de qué, de la estabilidad de los mercados? ¿O será en nombre de aquella República a la que todos ustedes traicionaron? También es posible que sea por la paz social o para que no suba al Poder el PP para hacer lo que ustedes ya vienen haciendo desde 1982. Si hay algo verdaderamente importante que haya hecho la izquierda que sobrevivió a la Dictadura, ha sido amaestrar y condicionar los reflejos primitivos y naturales de la clase obrera, reconducirlos desde la lucha reivindicativa hacia los templos del consumo y el conformismo.
Votar para que todo siga igual, atrincherados en el:
aún puede ser peor con los otros, no puede ser nunca la salida de
esta ratonera donde nos condujeron los que antepusieron cuatro libertades
formales a la ideología de todos aquellos que en el pasado se dejaron las
pestañas en las bibliotecas para poner toda una ciencia (el marxismo) al
servicio de la clase obrera. Eso sin contar los ejércitos de miserables y
desposeídos que en el pasado dieron sus vidas por las ideas, por la
dignidad de la clase obrera. Esa dignidad que no pasa solo por votar a
aquellos que, en la actualidad, representan poco más que a aquellos que
ponen cada vez más lejos de nuestras economías la vivienda, la
alimentación y los bienes de consumo; reclutando para las banderas de los
nacionalismos voluntades que hace años, defraudados por políticos
entreguistas, se extraviaron en la maleza de lo regional y buscando ahora
sus raíces en la parcelita familiar y tradicional.
No quiero alargar más estas reflexiones, para no resultar cansino, ni quiero tampoco pedir la abstención, lo que sí quiero es insistir en que, sin organización y lucha, nos veremos siempre en el triste dilema de claudicar una y otra vez para no desaparecer como clase social, que no como siervos de un sistema inhumano. Podemos votar, que para eso, entre otras cosas, nos sacudimos el yugo de la dictadura fascista, pero sin renunciar a la lucha diaria que deberá llevarnos a ser protagonistas de un proceso que siente definitivamente las base para una sociedad auténticamente justa y democrática para todos los pueblos de la tierra. Se cumplen ahora 160 años del Manifiesto Comunista y sería un buen regalo de cumpleaños para aquellos dos venerables camaradas (Marx y Engels) que este año, entre las promesas que nos hicimos a nosotros mismos la noche de S. Silvestre, figurase la de, el 9M, no votar a nadie que no incluya en su programa luchar por la IIIª República, por la Paz, el Progreso de todos los pueblos, la autodeterminación del pueblo palestino y el saharaui, por el Socialismo, por una libertad libre de compromisos con las iglesias de Roma o de Wall Street. En definitiva, por un mundo a la medida de las mujeres y los hombres que lo habitan, sin exclusiones de ningún tipo. Porque se lo debemos a ese niño esquelético, con un buitre acechándole a escasos dos metros, y cuya foto nos llegan desde África; porque así se lo prometimos en el pasado a los camaradas asesinados en el despacho de la calle de Atocha, a los fusilados en los campos de tiro de Manzanares el Real y en las prisiones de Barranco Seco, de el Dueso, en Montjuich... Porque así se lo juramos a nuestros amados Miguel y Antonio al pie de las tumbas de Alicante y Colliure, y a Carlos, y a Arturo, a Pedro, a Gladis, a Mary Luz... porque así se lo prometimos a él cuando, hace cuarenta años, nos enteramos de que había sido cazado por los rangers, en la Quebrada del Yuro. ¡VIVA LA REPÚBLICA! |