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El debate
Rafael Torres
Diarios del Siglo XXI
Serán dos los debates que finalmente
retransmita en señal libre la Academia de la Televisión entre Zapatero y
Rajoy, pero igual daría que fueran siete o ninguno: como mucho,
asistiremos a un duelo dialéctico, pero en ningún caso a un debate
verdadero, pues faltarán en el plató los que aspiran a representar a los
millones de españoles que no votarán al PSOE ni al PP. Diríase que en el
actual diseño electoral el resultado de los comicios es cosa sabida de
antemano (o uno, u otro), mucho más incluso que en el fútbol, donde de vez
en cuando se dan marcadores sorprendentes, y el Real Madrid, por ejemplo,
puede perder contra el Baracaldo, el Écija o el Pontevedra.
Sin embargo, esa misma polarización bipartidista, que "garantiza" una
cosecha de votos similar para el PP y el PSOE, deja al arbitrio de otros
partidos menores (Izquierda Unida y los nacionalistas) la clave de la
gobernación, por lo que la participación de éstos en unos debates con
tantas ínfulas institucionales como los que va a organizar la Academia de
la Televisión (a la que, por cierto, ya se le ha encontrado algún uso), es
no sólo deseable, sino fundamental para que esos debates sean debates, y
no sólo la pugna sobrada y narcisista de dos grandes partidos, de dos
grandes empresas casi, para cautivar a la audiencia.
Rajoy y Zapatero, por lo demás, ya hablan todos los días, dirigiéndose
mensajes, réplicas y contra réplicas desde sus respectivos mítines de
campaña, de modo que el juntarles físicamente en un estudio de televisión
para que no se escuchen, que es lo que solemos hacer los españoles cuando
debatimos, resta antes que suma interés a su diálogo, por llamarlo de
algún modo. Dos debates, pues, para averiguar únicamente quién ha estado
mejor, más lúcido, más incisivo, más desenvuelto, más sereno, que no para
desentrañar el guiso político que se cocina con el concurso de otros
cocineros, que es el que, al final, nos tendremos que comer.
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