La atracción del abismo
Higinio Polo
Mundo Obrero 27 de Mayo de 2008
Mientras
en toda Europa avanza la derecha, e incluso la xenofobia, el racismo y el
nuevo fascismo, y muchas fuerzas de izquierda europeas aceptan su rendición
política por el procedimiento de asumir propuestas y programas liberales, la
izquierda española se halla sumida en una grave crisis. Toda la izquierda se
halla ante esa singular atracción por el abismo y la renuncia, porque,
paradójicamente, aunque los socialistas hayan ganado las últimas elecciones
y se mantengan en el gobierno, han abandonado casi por completo su identidad
reformadora y suavemente progresista para adoptar la piel del liberalismo:
el triunfo de los planteamientos liberales en el PSOE es la derrota del
viejo socialismo español. Por su parte, Izquierda Unida, culminada una larga
etapa de desconcierto, confusión y renuncias, de sumisión acrítica al
gobierno de Rodríguez Zapatero, de incertidumbre ante el futuro, ha
comprendido que su tiempo ha pasado, aunque la inercia de los (malos)
hábitos adquiridos prolongue la agonía.
Las soluciones a esa crisis terminal de Izquierda Unida no son sencillas, y
su dificultad trae a la memoria los versos de Maiakovski, dedicados a Esenin:
“En esta vida/ morir no es difícil/ mucho más difícil/ es hacer la vida”.
Ese es el reto. No es una buena noticia para nadie, pero Izquierda Unida, en
la forma en que la hemos conocido, ha dejado de ser un instrumento útil. Se
trata ahora de articular una izquierda donde no sobre nadie, excepto el
sectarismo y las luchas cainitas que agotan las energías de la militancia.
Una izquierda sin innecesarias estructuras burocráticas que desperdician el
tiempo disponible, una izquierda que no sea el huésped ingrato que ocupa tu
casa sin agrandar el espacio habitable.
La hipotética refundación de Izquierda Unida llega tarde, porque se ha
prolongado demasiado la agonía, y creo que ante esa evidencia sólo hay dos
opciones para trabajar en la reconstrucción de la izquierda española. Una,
el fortalecimiento del Partido Comunista, incluyendo la presentación de
listas electorales propias: para ello es preciso congregar a la militancia
dispersa y renovar el proyecto comunista, que no puede ni vivir del pasado
ni prescindir de las nuevas realidades sociales. Dos, la creación de un
nuevo proyecto político sobre las cenizas de Izquierda Unida, a sabiendas de
que podría nacer con serios problemas de credibilidad, puesto que surgiría
haciendo de la necesidad, virtud. No se me oculta que también podría
llegarse a una fórmula que combine ambas posibilidades, atendiendo a la
fortaleza relativa del “pueblo de izquierdas” en cada territorio.
En la convicción de que es imprescindible el fortalecimiento del Partido
Comunista de España y el abandono de las tentaciones de aggiornamento que
apenas encubren una moderación de las propuestas políticas (como ha ocurrido
en Italia con el desastre de la Sinistra l’arcobaleno), tal vez la propuesta
más sensata a corto plazo sería articular el trabajo unitario de todas las
fuerzas de izquierda al margen del PSOE (sin que cada organización perdiese
su identidad) alrededor de un programa de cambio social progresista (dando
primacía a los contenidos sobre las formas, tal y como nos enseñó Julio
Anguita), programa que debería ser discutido y aprobado en todos los medios
de izquierda del país, en una convocatoria de fuerzas políticas y entidades
sociales de izquierda.
Mientras, el PCE, que sigue siendo, pese a sus debilidades, la organización
más significativa del espacio situado a la izquierda del Partido Socialista,
habla de un nuevo ciclo, y convoca a las fuerzas de izquierda con el
horizonte de la III República, apostando todavía por Izquierda Unida como
sostén principal de una nueva formación que define como anticapitalista,
federal y republicana. No es contradictorio con lo anterior.
De hecho, se trata de ser capaces de articular la independencia de cada
fuerza con la acción común. Probablemente, esa acción podría llevarse a cabo
con una fórmula que fuera al tiempo plataforma conjunta de acción social y
coalición electoral (donde los candidatos sean renovados en cada legislatura
y ejerzan de portavoces de la movilización social: el filósofo Miguel Candel
ha propuesto que la designación de candidatos se realice mediante sorteo,
como una forma de evitar las luchas fratricidas y la burocratización: no es
un disparate). Una Izquierda Unida residual (si prosigue su inercia y su
interminable agonía, algo que no por nocivo podemos descartar), que
conservase una cierta entidad organizativa, podría ser uno de los
integrantes de ese nuevo frente o coalición de izquierda, al igual que el
PCE. No deberían descartarse fórmulas electorales como PCE-IU, o similares,
porque es probable que quienes se enfrentan hoy en el seno de Izquierda
Unida podrían colaborar en la acción política si perteneciesen a
organizaciones distintas, sin sucumbir a la tentación de la absurda lucha
constante por espacios de poder internos y por puestos de trabajo políticos.
De cualquier forma, hay que descartar las viejas ideas de dobles o triples
estructuras organizativas, que no han servido más que para dispersar
fuerzas, y debería desterrarse esa cansina y estéril exigencia que postula
la liquidación del PCE por parte de quienes persisten en mantener el
espejismo de que su desaparición resolvería todos los males de la izquierda.
No es así, porque, además, en España van a seguir existiendo los comunistas,
al igual que los socialistas, los anarquistas u otras ideologías: nada puede
construirse exigiendo a tus posibles aliados su desaparición, porque,
además, el futuro está en la colaboración, y no en las exclusiones.
Una última cuestión. Hay que evitar la atracción por el abismo, porque uno
de los riesgos del momento actual es la persistencia de los viejos
comportamientos, de las luchas inútiles y cainitas, del desprecio de la
democracia, porque, además, la magnitud de la empresa libertaria que nos
estimula no esperará al vértigo y la cólera de la tempestad que nos amenaza.