La alianza del silencio
Íñigo Sáenz de Ugarte
Guerra Eterna 21 de Enero de 2008
Antes de empezar a hacer chistes, admitamos una realidad. La imagen que el cine de Hollywood da de los árabes es deplorable. En el mejor de los casos, aparecen como un pueblo retrasado, inculto y exótico. ¿En el mejor? Sí, porque en el peor de los casos, son sólo unos terroristas que te arrancarán la cabeza a la menor oportunidad. Por eso, no es tan hilarante como parece la noticia de que una de las iniciativas que han surgido del I Foro de la Alianza de las Civilizaciones es un fondo de 100 millones de dólares para que se hagan películas que combatan esos estereotipos.
Lo que resulta descorazonador es que la cita
de Madrid haya renunciado a enviar un mensaje claro y rotundo a favor
de la libertad, en especial la libertad de expresión, y los derechos
humanos. Por razones obviamente diferentes, tanto la Administración
norteamericana como los impulsores de la Alianza de las Civilizaciones
no consideran que sea una prioridad defender el derecho de los
ciudadanos de las sociedades islámicas a decidir su propio futuro.
La idea, supongo, era crear un diálogo permanente en las dos direcciones que no se basara en la dominación, sino en el respeto. Que sirviera como defensa de las libertades frente a la intolerancia de los que sólo respetan una idea o una religión y desprecian a todas las demás.
Se suponía que los reunidos en el Foro de la Alianza iban a “explorar formas de afrontar el riesgo que para la paz y la seguridad internacionales representa la creciente polarización entre naciones y culturas de todo el mundo” y “estudiar el desarrollo de nuevas vías para el entendimiento multicultural a escala global”. Y no hay mayor riesgo para la paz y la seguridad que utilizar la amenaza del terrorismo de Al Qaeda para recortar o simplemente suprimir las libertades. Como se ha dicho tantas veces en España, no hay paz sin libertad.
Desde noviembre de 2006, Kareem Amer cumple en una prisión egipcia una condena de cuatro años por insultar a la religión y difamar al presidente, Hosni Mubarak. Kareem no es un extremista radical. Es sólo un joven egipcio de 23 años que criticó en su blog el autoritarismo del régimen de Mubarak y la intransigencia de las instituciones religiosas.
Fouad Ahmed al-Farhan, un blogger de 32 años, fue detenido el pasado 10 de diciembre por la Policía saudí sin que hasta hoy se sepa nada de las acusaciones que hay contra él. Su delito es similar al de Kareem. Escribía en una web de ideas reformistas donde criticaba a personalidades políticas y religiosas.
Reporteros sin Fronteras y el Comité para la Protección de los Periodistas escribieron a Bush y Sarkozy para que se interesaran por estos dos casos en sus recientes giras por Oriente Próximo. No consta que lo hayan hecho, quizá porque estaban muy ocupados en vender armas y alertar a sus interlocutores sobre el peligro que supone Irán. No tienen tiempo para los pobres desgraciados que defienden la libertad sin escoltas y a pecho descubierto.
Algunos creían que la Alianza de las Civilizaciones serviría para romper esa lógica perversa que dicta que los intereses de los países occidentales impiden reclamar a los Gobiernos de Oriente Próximo la protección de los derechos humanos. Se suponía que no estábamos metidos en eso con la intención de conseguir suculentos contratos comerciales con esos países o de formular las tradicionales y vacías relaciones de amistad.
Recibir con alfombra roja al libio Gadafi o al saudí Abdalá, como se ha hecho en Londres, París y Madrid, envía un desolador mensaje a las sociedades árabes. Significa que no tenemos ningún inconveniente en hacer negocios con dictadores y sátrapas, con Gobiernos que encarcelan a jóvenes por expresar opiniones y que niegan a las mujeres sus derechos políticos.
Lo cierto es que no tenemos nada en común con gobiernos que ejercen de subcontratistas de la tortura acogiendo a los presos que la CIA quiere interrogar sin mancharse las manos. Debemos mantener con ellos relaciones civilizadas, pero ellos no representan a ninguna civilización diferente con la que debamos convivir. No es que sus valores no sean los nuestros, es que ni siquiera definen a sus propios ciudadanos.
El silencio de la reunión de Madrid es una forma de decir a gente como Kareem Amer que en el diálogo que promovemos no tienen derecho a participar los valientes que luchan por la libertad.