Transición
política española: la utilidad del recuerdo
CAES
12
de Septiembre de 2005
La transición constituyó un ejercicio de amnesia colectiva sobre los
fundamentos del régimen que se clausuraba. La vorágine del cambio,
compartida por la mayoría de la sociedad, nos ha llevado a borrar de nuestra
memoria el pasado y a constituir el futuro como la principal referencia
temporal. Así estamos en un presente vacío, en una nada subjetivizada,
inermes ante las propuestas irracionales del poder.
30 AÑOS DESPUES
Alrededor del 20 de noviembre de 1975 convergen en el Estado Español dos
procesos de signo diferente. Por un lado, se agudizan las insuficiencias del
modelo de acumulación capitalista, en particular la falta de adecuación del
marco de relaciones laborales vigentes. Por otro, se agrava la crisis de un régimen
político que, con la muerte de su fundador, acelera su descomposición.
En la última etapa de la dictadura franquista, un nuevo movimiento obrero,
ilegal pero de masas, se abre paso combinando el hambre de salarios de
millones de trabajadores, con el hambre de libertad de una valerosa y bien
organizada minoría, mayoritariamente comunista.
Este movimiento conquista mejoras sociales, impone su representatividad frente
al sindicalismo oficial, e impide, hasta finales de los años 70, la aplicación
de políticas duras de ajuste.
Por la brecha que abre el movimiento obrero, emerge un torrente de movimientos
sociales: movimiento ciudadano, mujeres, presos, minusválidos, homosexuales,
ecologistas, antimilitaristas, etc. que expresan las necesidades y deseos de
la mayoría de la población.
Aparece así un poder constituyente que, sin tener la magnitud que le ha
adjudicado la izquierda, sobre todo su sector radical, alcanza cotas
importantes de participación y combatividad.(1)
La posibilidad de que la naciente democracia sirviera para alentar ese poder
constituyente que, confrontándose con las fuerzas que sostuvieron el
franquismo, acometiera una democratización, no sólo en las formas políticas
sino también en el terreno económico y social, se canceló en base a los
acuerdos entre un sector de las élites del antiguo régimen y la gran mayoría
de la oposición democrática. Es de destacar la participación de la dirección
del PCE en la corresponsabilización del movimiento obrero con dichos
acuerdos. (2)
Este cambio de rumbo frena la lucha, desencanta a miles de activistas, que por
primera vez tenían enfrente, no a los reaccionarios sino a sus propios compañeros,
y ya sin la fuerza de la movilización, convierte en marginal cualquier
propuesta que quisiera llevar más lejos los cambios.
A partir de aquí, la razón de Estado impone, entre otras cosas, que la
defensa de las necesidades sociales solo es viable a través del crecimiento
económico que tiene como condición el beneficio del capital y exige la paz
social. También las reivindicaciones nacionales deben sujetarse a una
Constitución tan democrática, que niega el derecho de autodeterminación y
confía a la Fuerza Armada el mantenimiento de la unidad de España. La dinámica
que se abre a continuación, produce la derrota material y moral en la que se
mueve hoy la causa popular. También tiene su explicación en esta dinámica,
el grado de crueldad y la cronificación del conflicto que el Nacionalismo
Español ha creado y mantiene vivo en Euskadi.
La defensa de la democracia frente a la amenaza de golpe militar fue un
argumento fuerte para legitimar estas políticas. Este argumento, cierto, no
constituye la única explicación. También operan de manera intensa muchas de
las concepciones de la izquierda: identificación de democracia con
capitalismo, separación entre intereses e ideología, entre organizaciones
que gestionan los intereses (sindicatos) y partidos que se ocupan de lo político,
confianza en que el desarrollo tecnológico y económico, nos conducirán a
una sociedad igualitaria, productivismo, consumismo, etc..
De esta forma la transición, como paso de la dictadura a la democracia, se
convertirá en un proceso funcional a las necesidades de modernización del
capitalismo y de las relaciones laborales. La democracia será el marco en el
que se opere la recomposición del modelo de acumulación. Las características
de la transición explican como el régimen resultante legitima en primer
lugar la reestructuración neoliberal de las relaciones entre el trabajo y el
capital.
En este proceso, la monarquía ha sido una pieza clave en la configuración de
la democracia como la nueva cobertura política del capitalismo, al ser el
punto fijo que enlaza el régimen viejo con el nuevo.
Los sindicatos emergen de la clandestinidad con una enorme fuerza social y un
prestigio que les convierte en señas de identidad de la democracia española.
Sin embargo, al asumir la estrategia de sus partidos patrocinadores,
confundieron la democracia con su propia legalización y entraron en una senda
de desmovilización y despolitización. (3)
A pesar de que los sindicatos adoptaron el punto de vista del crecimiento económico
y la competitividad, la reestructuración de las relaciones laborales fue
convirtiendoles poco a poco en elementos irracionales desde el punto de vista
de la modernización, al no acceder al cien por cien de la flexibilización
del mercado de trabajo que dicha modernización requería. Su resistencia a la
reducción de salarios y prestaciones y a la precarización del empleo, les
han hecho merecedores de la acusación de corporativos.
La desregulación laboral y la fragmentación de la clase obrera han ido
erosionando su base social al aumentar vertiginosamente las diferencias
internas entre los trabajadores/as, de la mano del aumento del paro y la
precariedad.
Ante estos fenómenos, los sindicatos respondieron de forma defensiva,
profundizando en su despolitización y enrocándose en una representación de
alta intensidad de los sectores fijos de la mediana y gran empresa que
constituyen su base afiliativa. Al mismo tiempo, han permanecido pasivos ante
la acelerada disminución de su base social y el aumento de los sectores
asalariados impermeables al tipo de sindicalismo que practican.
Esta despolitización sindical ha sido decisiva en la eliminación de la
posibilidad de que los ciudadanos/as se cuestionen las claves del orden político
vigente. Así, dicho orden se convierte en intocable al estar fuera de discusión
y las minorías que lo cuestionan quedan condenadas a la marginalidad política.
LA UTILIDAD DEL RECUERDO
La valoración de los actos de las personas y de los grupos sociales debe
tener como principal referencia los resultados de dichos actos. Los resultados
de la transición en España contrastan con las grandes esperanzas que concitó
en amplios sectores sociales.
El desencanto y la automarginación de la actividad política son, hoy por
hoy, la respuesta a la pérdida de legitimidad de las instituciones políticas
y la creciente inseguridad para millones de personas. El progreso que se
predica desde las corporaciones de poder tiene como condición el aumento de
las diferencias sociales y la degradación de sectores crecientes de la
población. El desempleo y la exclusión rompen la sociedad, arrasan la
tradición y enfrentan a la gente a un porvenir de riesgo.
Las actividades criminales de los padres de la patria sumen a la sociedad en
un caos moral. El régimen político no suscita adhesión, pero sí
consentimiento. La pérdida de legitimidad es simétrica a la disolución de
cualquier alternativa política al orden vigente.
Esto no es el fascismo, sino el desarrollo lógico de la transición tal como
se hizo Es el desarrollo de la socialdemocracia de Felipe González a través
de la modernización del capitalismo en España.
Las interrogantes que nos formulamos sobre este proceso de la transición política
son intencionales. Pretenden obtener respuestas válidas para la revitalización
de un movimiento crítico que se oponga al despliegue de la lógica que nos
empuja desde hace más de 30 años y que pasó la crisis del régimen
franquista sobre el puente de la transición política, de la mano de Juan
Carlos I. Esta lógica es la de la incorporación de la economía española a
la economía mundo, o, dicho de otra manera, la lógica del progreso
identificado con la modernización capitalista.
La transición constituyó un ejercicio de amnesia colectiva sobre los
fundamentos del régimen que se clausuraba. La vorágine del cambio,
compartida por la mayoría de la sociedad, nos ha llevado a borrar de nuestra
memoria el pasado y a constituir el futuro como la principal referencia
temporal. Así estamos en un presente vacío, en una nada subjetivizada,
inermes ante las propuestas irracionales del poder.
El pasado no debe ser olvidado, sino negado en el presente. Sin esa negación,
el presente no construirá el futuro sino que será un tiempo vacío,
uniforme, en el que el pasado se soldará con el futuro.
El presente no sólo se explica por el pasado, sino también por el futuro.
Debido a que las decisiones que hoy tomamos prefiguran el futuro, sólo
contando con la realidades de ese futuro podremos tener elementos para
calificar las decisiones del presente.
Las circunstancias en las que se desarrolló la transición, que bien podríamos
llamar "la transacción ", explican sus consecuencias políticas y
sociales de hoy. Estas consecuencias permiten valorar las decisiones que
hicieron que la transición fuese tal como fue.
La abrumadora hegemonía de los elementos de continuidad sobre los de ruptura
entre el régimen franquista y la democracia parlamentaria, la suavidad con
que la transición trató a los poderes fácticos que sostuvieron la
dictadura, han dejado un cauce abierto para volver, con la misma suavidad, a
las formas políticas anteriores. Un ejemplo del carácter reversible de la
democracia española, lo constituye el golpe de estado del 23 de febrero de
1981, donde los mismos que fueron gozne para el viaje de ida del franquismo a
la democracia, se aprestaron a protagonizar el frenazo y marcha atrás
impulsado por autoridades, militares por supuesto, nostálgicas del antiguo régimen.
A diferencia de los años de la transición, hoy no hay fuerzas que se opongan
decididamente a la involución política y social que sufre la sociedad española.
Es más, esa involución autoritaria y antisocial se hace en nombre de la
democracia, es su contenido verdadero.
El sindicalismo está inerme ante ese proceso y aumenta su fuerza
institucional a costa de su papel de movimiento social, convirtiéndose cada
vez más en un aparato para el disciplinamiento de la fuerza de trabajo.
El radicalismo, huérfano de un proyecto propio y en fase terminal, languidece
o se incorpora a la única vía posible de transitar hoy en día, la
burocracia sindical.
En medio de esta situación, los jóvenes menores de 20 años al ser
interrogados por las encuestas de opinión pública, colocan a los sindicatos
como las instituciones con menos prestigio social, muy por debajo del ejército
y la monarquía y dicen no saber si Franco era bueno o malo. Algunos saben que
hizo muchos pantanos y que con él no había libertad. Por otro lado el PP,
heredero legítimo de los poderes fácticos del franquismo, prepara una nueva
transición. ¿Hacia dónde?.
NOTAS
(1) Desde 1976 a 1979, participan en la movilización entre un tercio y dos
tercios de los trabajadores asalariados.
(2) Esta política de consolidar las instituciones a costa de desactivar el
movimiento, tiene como momentos más significativos los siguientes:
- Cté ejecutivo del PCE de Mayo/76. En él se aprueba la ruptura pactada
mediante la negociación con el ejército, la banca y la iglesia, apoyándose
esta negociación en el vértice inamovible de Juan Carlos de Borbón.
- Asamblea de CC.OO. de Barcelona. Julio/1.976. Celebrada entre la
clandestinidad y la tolerancia. El PCE copa casi todos los puestos de la
dirección y se decide la conversión de CC.OO. desde un movimiento sociopolítico
con aspiraciones unitarias a un sindicato de federaciones de rama cuya
actividad central se desarrolle en el terreno de las reivindicaciones
laborales.
- Pactos de la Moncloa. Octubre/77. Firmado por los partidos políticos
parlamentarios. Pone, en su parte económica, como primeros objetivos la lucha
contra la inflación, el déficit exterior y el paro. En su parte política
(que no firmó AP), se establece un calendario legislativo a corto plazo.
Estos pactos suponen que las fuerzas instaladas en el nuevo poder constituído
frenan el proceso innovador y democrático de la movilización popular. Se
pone de manifiesto la dependencia política de CC.OO. respecto del PCE al
aplicar la dirección de dicha organización la contención salarial en los
convenios, enfrentándose incluso con los sectores más combativos. La
continuidad de esta política se da en el Plan de Solidaridad Nacional contra
el Paro y la Crisis, estrategia implementada por CC.OO en 1.978, en la que se
continúa interiorizando que para defender las condiciones laborales es
necesario defender primero el beneficio empresarial.
- Enfrentamiento con el radicalismo vasco. El 10/11/1978, CC.OO., UGT y los
partidos parlamentarios convocan una jornada de manifestaciones y asambleas en
las empresas contra los atentados de ETA.
- Constitución española 6/12/78. Apoyada por CC.OO.,UGT, SU y CSUT. Lo
relevante no es tanto su aprobación sino la creación de las condiciones políticas
y sociales que harán posible una lectura jerarquizada de los derechos
contenidos en ella. Esta lectura nos conduce a la siguiente paradoja actual:
Todos los españoles tienen derecho al trabajo (art. 35.1 de la Constitución)
y 3.647.580 españoles están en desempleo forzoso (EPA 1er. trimestre/95).
- Estatuto del trabajador, Marzo/1980. Se debate a lo largo de 1979.
Contempla, entre otras cosas, la contratación no indefinida. Abre la puerta a
la precarización del mercado de trabajo. Apoyado por UGT.. A pesar de estar
en contra, CC.OO. no se decide a convocar una huelga general demandada por los
sectores radicales.
(3) Al hablar de "los sindicatos", lo hacemos desde el punto de
vista de su actividad como movimiento social. En este sentido, nos referimos
fundamentalmente a CC.OO. y a otras organizaciones y corrientes radicales
minoritarias. UGT queda al margen de este proceso porque pasó de ser mucho más
marginal que cualquiera de las corrientes minoritarias a ser la 2º fuerza en
las primeras elecciones sindicales de 1978 gracias a su enfrentamiento con los
elementos más democráticos y participativos del movimiento sindical.
Consentida por el franquismo en su última etapa e intensamente apoyada por la
socialdemocracia alemana, se opuso desde el principio a la unidad sindical, a
las asambleas, a la acción sindical basada en la movilización y a los comités
de empresa. Desde el primer momento actuó como un aparato cuyo papel fue
luchar por la burocratización e institucionalización del movimiento
sindical, dentro de una línea de apoyo a la modernización capitalista. La
UGT rompió la C.O.S. en Marzo/77, la Constitución en diciembre de 78, apoyó
el E.T. en marzo/80, el Acuerdo Económico y Social, que facilitó la
avalancha de contratos precarios, en 1984. Solamente se enfrentó con su
partido mentor, el PSOE, cuando la burocracia dirigente comprendió que no podían
prolongar por más tiempo su papel de correa de transmisión de la política
neoliberal del gobierno. La pérdida en las elecciones sindicales de 1986 de
su hegemonía en las grandes empresas públicas y de sectores estratégicos
fue el detonante que les hizo apartarse de los dictados del gobierno de PSOE.