La exhibición del número
de enemigos muertos en las guerras fue el orgullo de los Ejércitos. Las
cifras se falseaban siempre, por exceso o por defecto. Las cosas empezaron a
cambiar tras la guerra de Corea, donde murieron 25.000 estadounidenses, y
sobre todo tras la del Vietnam, donde cayeron 57.000. Hace quince años,
tras la Guerra del Golfo, el entonces presidente de Estados Unidos, padre
del actual, puso en circulación el concepto de “guerra rápida y cero
muertos americanos”. Y desterró el concepto “victoria igual a
aniquilación”.
Su hijo, George W. Bush cifró ayer en 30.000 el número de civiles muertos
en acciones de combate o terrorismo en Irak desde el la invasión de marzo
de 2003. La cifra es prácticamente la misma que reveló la Iraq Body Count,
una organización asesorada por el Oxford Research Group, que reúne a académicos
de Estados Unidos y Gran Bretaña. En mayo pasado estimó que las bajas
civiles podían oscilar entre 27.383 y 30.892 mientras que las militares
estarían comprendidas entre 4.895 y 6.370. Se basaba en más de 10.000
informes de organizaciones no gubernamentales y medios de comunicación
independientes. Pero advertía de que eran sólo un primer recuento
detallado. Porque el año pasado por estas fechas, The
Lancet , primer periódico de los médicos británicos, calculaba que el
número de civiles iraquíes muertos podría llegar a los 150.000.
Cualquiera que sea el número de víctimas en Irak y sabiendo ya que los
muertos estadounidenses se acercan a los 2.000 parece claro que ha fracasado
aquel propósito de conseguir que la medida del éxito fuese lograr los
objetivos político-militares con cero bajas propias y pocas víctimas
civiles del enemigo.