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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
Harold Pinter. La verdad no es relativa, los relativos somos nosotros.
Rafael Torres
Faro
de Vigo 11
de Diciembre de 2005
La verdad
no es relativa, los relativos somos nosotros. Contra lo que hoy se vende en el
mercado de las ideas, de la política, del arte o de los sentimientos, que la
verdad no existe, que, como mucho, vagabundea fragmentaria e inaprensible, un
intelectual de prestigio, el Premio Nobel de Literatura Harold Pinter, ha tenido
el gesto gallardo, de gran estilo, de rebelarse.
La verdad no es fragmentaria, sino poliédrica y compleja, y no es inaprensible mas que para los que no quieren hallarla o, sobre todo, para los que no quieren que la conozcan los demás, pero, sea como fuere, sin ella, sin su conocimiento y su ejercicio, no podemos ser libres, que es, como ha recordado Pinter en su discurso de aceptación del Nobel, lo que en última instancia persigue el discurso político imperante, que se alimenta del escamoteo constante de la verdad.
Harold Pinter, inspirado poeta y notable dramaturgo, lo tendría todo para
mantenerse callado o, como tantos otros intelectuales, connivente con el orden
brutal impuesto al mundo que cada día se cobra cantidades ingentes de sangre y
sufrimiento. Tiene talento, posición, reconocimiento social, vida desahogada,
recompensas por su trabajo, fama internacional y una edad en la que se desea
vivir tranquilo, pero también tiene algo que le impide utilizar todo eso para
ser cómplice de la injusticia: dignidad. Quebrada su salud, pero no su rigor ético
e intelectual, Pinter conmocionó a los espectadores de su alocución filmada
refiriéndose al asesinato de la verdad perpetrado por los gobiernos de
Washington y Londres para justificar el despojo y la destrucción de Irak. Ni
vinculación alguna de Sadam son el atentado terrorista del 11-S, ni posesión
de armas de destrucción masiva, ni cruzada de la Democracia contra el tirano...
Ante ese horror diario a borbotones, ante esa tragedia que no cesa, Pinter,
sumiso a la verdad que él sí busca y que por ello encuentra, dejó una
pregunta en el salón de la Academia Sueca para que vaya rebotando por el mundo
y por las conciencias: "¿Cuántos seres humanos deben morir para que
califiquemos a sus responsables como criminales de guerra?".