
Alameda,
5. 2º Izda. Madrid 28014 Teléfono:
91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04
Correo
No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan Carlos
«El Rey»
Franco sin burra
Antonio Núñez
Diario de León 24 de Marzo de 2005
![]()
QUE UNO
recuerde de sus años mozos Franco era un tipo bajo, decían que con muy mala
leche, como suele pasarle a casi todos los canijos, voz sospechosamente
aflautada, en absoluto castrense, y que sólo cuando salía al balcón de la
Plaza de Oriente parecía alto. Sus historiadores no lo citan nunca subido a
un caballo -aunque los pelotas de la época le encargaran luego innúmeras
estatuas ecuestres- seguramente por varias razones, tres como mínimo:
primera, que no se fiaba de nadie, ni siquiera del noble bruto; segunda, que
para montar ya tenía a la famosa guardia mora; y, tercera y la más probable,
que él mismo no llegara a los estribos. A pesar de todo cabalgó y pisoteó
el país durante cuarenta largos años, de los cuales una mitad larga por
desgracia eran de un servidor, y murió en la cama.
Hay algunos ahora que se creen con más cojones que el caballo de Espartero. A
poco que pase el tiempo para lo único que sirven las estatuas es para que se
caguen encima las palomas, con la única excepcion de la que tiene en Buenos
Aires el tanguero Carlos Gardel, que siempre luce un cigarrillo encendido
entre los dedos de admiradoras que aún le dan candela.
La última estatua de Franco ha sido retirada esta semana en Madrid.
Probablemente el ministro o la ministra que haya dado la orden presume ahora
de haber apeado al dictador de la burra y espera que por eso le den una
medalla. Pero no es para tanto. Ya lo enterramos otros, eso sí de cuerpo
presente, y a algunos nos costó dos años en el paro. A buenas horas,
Zapatero.
Y buenos cojones.