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'Encuadrando'
el problema vasco
Ferrán Gallego
El Mundo 6 de Agosto de 2005
El sociólogo
de origen polaco Bauman nos recuerda que el sentimiento comunitario es una
construcción tranquilizadora, que necesita esquivar su carácter de artefacto
cultural para constituírse en una suerte de naturalidad perpetua, ajena a los
deseos del individuo. Eric Hobsbawm indica que cualquier entidad con ánimo de
ser nación debe inventarse una tradición histórica, dotándose de un
prestigio que aturde la libre decisión de sus propios sujetos individuales y
obligándolos a transitar por lugares donde no se cotizan los valores de la
democracia. George Steiner ha descrito cómo ha pavimentado su recorrido la
modernidad laica, a través de recursos religiosos de gran capacidad
persuasiva: la búsqueda de un origen sagrado, la concepción unánime de la
comunidad de creyentes, la constancia ritual que da forma al pueblo elegido.
Estos autores tan diversos en especialidad, formación y opción ideológica
son los que me han venido a la memoria, a bote pronto, al leer los dislates de
un texto que cumple todos los requisitos comentados. El 21 de mayo de este año,
Civiltà Católica, publicaba un artículo de Angelo Macchi, Los problemas de
los Países Vascos, que pretende enmarcar históricamente el plan Ibarretxe.
Lo curioso del texto es que, deseando clarificar el paisaje, ha conseguido
embarrarlo hasta el punto de hacerlo poco menos que intransitable.Lo
importante es que, como sucede en las caricaturas, tal vez el retrato ayude a
destacar el perfil del personaje, y el texto haya pulsado la fibra donde aún
late la insoportable levedad del ser nacionalista.
Angelo Macchi plantea hacer una «crónica» en la que «expondremos los datos
que consideramos necesarios para encuadrar el problema».Nada mejor que
empezar buceando en una sulfurosa «identidad del pueblo vasco», con una
precisión cronológica tan encomiable como informar de que existe «desde
hace varios siglos», hundiéndose en «tradiciones muy antiguas». Y lo hace,
esta vez sí, en un territorio concienzudamente ensartado en cuatro provincias
españolas y tres francesas, manteniendo el rotundo perfil en su singularidad
de «la raza, la lengua y las costumbres», un carácter que se ha afirmado en
la terca disposición a «sentirse, declararse y comportarse de una forma
independiente respecto al Estado español».Con los datos cronológicos
aportados, cabe preguntarse si aquellos seres, tan conscientes de su
corpulencia comunitaria como de su insignificancia individual, pudieron
indicar sus preferencias en declaraciones y conductas contra una realidad de
estados nacionales aún inexistentes.
Según Macchi, fue en el siglo XIX, justamente, cuando se perdieron libertades
tan precisas para la identidad nacional como el «comercio con la sal y el
tabaco». Si se piensa en los fueros disfrutados por buena parte de los
municipios españoles, uno se pregunta si el escritor tiene la menor idea de
lo que eran exactamente tales concesiones regias, habituales antes de que el
liberalismo considerara la ausencia de sentido de algunos privilegios que
algunos se empeñan en considerar derechos. Macchi añade, sin embargo, que la
etapa liberal española es la crónica de una «sistemática violación de
privilegios (sic) y libertades», que incluían medios tan «refinados» como
nombrar jueces que no conocieran la lengua vasca, redactando las actas
notariales en un castellano «poco conocido por la mayor parte de la población».
Los jóvenes que emigraron a América no lo hicieron para obtener fortuna y
mejorar su suerte, sino para evitar convertirse en españoles a través del
servicio militar. Al autor se le ha escapado, nada menos, el color político
que tenían las guerras carlistas, incluyendo el más rancio de los españolismos
basado en la lealtad al trono, al altar y a los residuos premodernos que
protegían a todos los españoles -y no sólo a los vascos- de la irrupción
del liberalismo.
Dado que el texto examina la emigración con esos parámetros, no sorprenden
los criterios aplicados al fluido contrario. «Un vasco no aceptaría jamás
condiciones laborales consideradas inhumanas», lo cual obligó a la «importación»
de mano de obra. Las víctimas dejan de ser constructoras de la prosperidad,
para convertirse en patéticos esclavos voluntarios, flagelos deshumanizados
organizando tramas socialistas y comunistas que, por definición, no podían
ser propias de los verdaderos vascos. La República agravó el problema, por
algo que el autor por fin se atreve a señalar abiertamente: el nacionalismo
vasco era integrista e independentista. El régimen republicano era
anticlerical y centralista. Macchi no acierta a recordar el pacto sellado
entre carlistas y nacionalistas para formar grupo parlamentario en las Cortes
Constituyentes. Y le interesa menos considerar la importancia que llegó a
tener entre los socialistas vascos lo que Prieto llamó el «Gibraltar
vaticanista».Además, considerando que el autor ha incluido a Navarra en su
apretada descripción, sorprende su escaso interés en señalar la función
desarrollada por el tradicionalismo en la conspiración antirrepublicana.
La confusión expositiva se hace indigesta cuando trata de explicar la
conducta del nacionalismo vasco durante la República sin desguazar las cañerías
ideológicas de su crónica. A la evidente simpatía por el resultado de las
elecciones de 1933, que iba a acabar con la legislación anticlerical, se suma
la preocupación por el españolismo de la derecha triunfante. Cuando tiene
que relatar lo sucedido en las elecciones de 1936, el redactor no puede evitar
la repugnante enunciación de las tendencias que forman el Frente Popular. Lo
único que parece quedar claro en ese desdeñoso estrabismo con que se
contempla el drama que lleva a la Guerra Civil es que el problema pertenece a
los españoles, incapaces de hacer lo que los vascos han resuelto hacia dentro
desde siempre: la lealtad a su patria y a su religión.
Por ello, la dictadura franquista se liquida afirmando que «era impensable
que las instancias de los Países Vascos consiguiesen la independencia sin
recurrir a la violencia». Al parecer, la democracia para todos los españoles
importaba bastante menos que la soberanía, entendiéndola sólo como lo hacen
los nacionalistas, sin dejarse contaminar por la lucha de cualquier otra
tendencia política que combatiera en el propio territorio vasco por la
libertad en España. Tal encuadre histórico en la lucha por la democracia no
es casual. Justifica el proyecto nacionalista alzado a la gobernación de las
provincias vascongadas tras la muerte del dictador. Si la lucha que interesa
recordar es solamente la protagonizada por los militantes de ETA y por los ideólogos
del nacionalismo vasco, el pacto de la Transición contiene la imperfección
esencial de ser un acuerdo entre españoles libres y diversos, no un pacto
entre vascos y españoles clonando su propio arquetipo.
La Transición se ve como restauración de una soberanía imaginaria que nunca
existió, construida sobre la necesaria invención del pasado. Las referencias
a las elecciones del 17 de abril, aludiendo a los partidos constitucionalistas
como «centralistas» -es decir, como ajenos a lo vasco- desmantelan los analgésicos
llamamientos para rebajar el tono de una función cuya puesta en escena
corresponde al nacionalismo, aunque ahora goce de un extraño compañero de
cama. El problema es que siempre hay alguien que recuerda el guión original,
aunque sólo sea con ánimo de «encuadrar el problema».
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Ferran Gallego es historiador y autor de Al otro lado del paraíso y de
Neofascistas, democracia y extrema derecha en Francia e Italia, entre otros títulos.