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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan Carlos
«El Rey»
Rafael
Cid 25 de
Enero 2005
La
realidad casi siempre supera a la ficción. En la literatura y en la vida. Por
eso en política lo que no es tradición termina siendo plagio, o al menos
traducción. La prueba está en lo ocurrido en Madrid durante la manifestación
del pasado domingo 23 de enero, patrocinada por la Asociación de Víctimas del
Terrorismo, donde al final se impuso la realidad y la tradición a la vez en una
misma fórmula: la estrategia de la tensión. Sobre todo en la petición de
linchamiento de los “antiespaña” y en la algarabía a favor de Acebes,
convertido en halcón favorito de la multitud. Dos actitudes que recuerdan
aquellas consignas de “Tarancón al paredón” y “Ejercito al poder” de
otros aciagos tiempos.
Porque
tanto hablar de que el PP es la derecha democrática y tuvo que ser una marcha
“pacifista” la que revelara el referente ultra que aún anida en la cúpula
del primer partido de la oposición. Mentón
decidido a lo duce; porte aristocrático a la joseantoniana manera; cierto
oficio de tinieblas como consecuencia de su paso por Justicia e Interior; una
pertinaz inteligencia para trabajar la mentira como demostró en su
comparecencia ante la Comisión del 11M y un nacionalcatolicismo de última
generación son los atributos que enarbola la nueva derecha española a través
de Ángel Acebes. El posible líder emergente del populismo-acebesismo,
pensamiento José María Aznar.
El
mito de una derecha civilizada, capaz de metabolizar la política como
alternativa al poder constituido en los estrictos cauces del parlamentarismo está
a punto de quebrarse. En realidad nunca existió total y definitivamente esa
quimera en la esfera pública nacional. La derecha española jamás abandonó
las prácticas hostiles y la guerra sucia para proteger sus privilegios. En ella
primó la fórmula carlschmittiana de entender la convivencia como una dialéctica
de enfrentamiento amigo-enemigo, aunque por imperativo de la oportunidad se
camuflara en modos externamente menos agresivos. En la masacre de los abogados
de Atocha, los sucesos de Montejurra, la Operación Galaxia, el 23-F, y otros
sucesos que marcaron la transición, pre y post, siempre existió una trama
civil ultra nunca desarticulada. Pero haberla hayla.
Esa
misma saga es la que ahora reverdece. En la pugna entre los centristas
representados por un Mariano Rajoy en el ocaso de su carrera política y un Ángel
Acebes como elegido de los halcones de Génova 13, en ayuntamiento con los
sectores tradicionalistas y españolistas, el asustadizo capital financiero, el
amigo bushiano, la Iglesia de todos los tiempos y las 500 familias del gotha ibérico,
está la deriva que compromete al sistema en su conjunto. Es la primera gran
crisis de la derecha reciclada desde que los barones de UCD y los resistentes
neofranquistas hicieron trizas el proyecto reformista de un Adolfo Suárez en caída
libre por el escrutinio adverso del partido militar y los poderes fácticos.
Y
ahora, como entonces, ante lo que consideran un ataque de los radicales de
izquierda y los nacionalistas periféricos, llevado a su interpretación paroxística
con las multitudinarias manifestaciones contra la Guerra de Irak y el Prestige,
esos sectores parecen decididos a autorizar acciones de desestabilización que,
a más de probar su fuerza, contribuyan a detener lo que estiman un ataque
frontal a los valores eternos. De
ahí las turbulentas algaradas ante obras de teatro que satirizan la beatería
ambiente y el creciente número de agresiones públicas que se están
produciendo en distintas ciudades contra sindicalistas, representantes de
colectivos gay o simples activistas sociales. Quieren que se sepa que la calle
vuelve a ser suya, como en los mejores tiempos del tardofranquismo.
Pero
esta vez no se trata de grupúsculos o simples exaltados, como nos quieren hacer
ver nuestros amilanados gobernantes y sus terminales mediáticas. La extrema
derecha del siglo XXI en España no es un anacronismo sin horizonte ni sentido.
Al contrario, tiene los píes en la tierra, ha conseguido insertarse en el
cuerpo social del nacionalcatolicismo militante
y posee un proyecto europeísta trabado en una cadena de intereses con sus homólogos
en otros confines. La Iglesia institución no les otorga su label oficialmente,
pero la empatía y el apoyo resultan evidentes al comprobar como el partido de
las sotanas refuerza con su complaciente aquiescencia los actos de afirmación
religiosa de estos entusiastas cruzados.
La
dimensión de la estrategia de la tensión, que nuestras autoridades se niegan a
ver incurriendo en una flagrante responsabilidad cara al futuro, tiene su
expresión más ajustada al analizar el perfil internacionalista que ha
adquirido el nuevo movimiento ultraconservador español. Como simple pincelada,
baste decir que en sólo año y medio, nuestro país ha servido de anfitrión
para dos congresos (el último en enero del 2005) de la internacional
neofascista y que a estas convocatorias de la cúpula negra mundial asistieron
significados miembros de su antigua red del terror.
Como Roberto Fiore, el fundador de Terza Posizione, que fue condenado en
rebeldía en 1980 por la masacre de la Estación de Bolonia, en Italia, atentado
que causó 85 víctimas mortales y más de 200 heridos, el más próximo
precedente de bárbaro 11M.
Esta
vez no nos hallamos ante una cuadrilla de nostálgicos, exaltados y piraos
dispuestos a cualquier barbaridad para hacer prevalecer los gritos de rigor, los
viejos estandartes y su apolillada parafernalia, prestos a servir de carne de cañón
a cualquier operación involucionista acuñada por los auténticos poderes en la
sombra. Con los datos que ya se disponen podemos decir que asistimos a un nuevo
retorno de los brujos que han aprendido los valores de la globalización, tienen
cumplida presencia en el Este postcomunista como tierra de promisión, juegan
como táctica a la política parlamentaria con sus afines en el Parlamento
Europeo y los gobiernos de Austria e Italia y saben que la supuesta ola de
laicismo imperante les proporciona su mejor argumento para vivir peligrosamente.
Como ejemplo elocuente de la eficacia de este aggionamento sirva el hecho de que
los nuevos alzados han logrado la unificación de la mayoría de los grupos
ultras de Europa bajo estos ideales y que, frente a arqueologías como Le Pen, piden decididamente el Sí para la Constitución
europea porque ven en éste envite la oportunidad
de ir hacia un Estado Único en el viejo continente.
Por
eso, el fascismo de nuevo cuño, ahormado en los odres de la defensa de los
valores tradicionales y cristianos, en momentos de progresiva pauperización de
las masas de trabajadores a consecuencia del voraz neoliberalismo rampante, pretende marcar la agenda política de las democracias que se
pretenden alternativa regional al imperio teocrático de Bush y su complejo
militar-industrial. Y en el caso de España, cogido a contrapié de un gobierno
infiel a la prédica del choque de civilizaciones; dado al esforzado intento de
desperezar a una sociedad civil enfeudada al pensamiento mágico y una derecha
revanchista que no acepta la derrota del 14 M y los legítimos deseos de
autodeterminación de las nacionalidades históricas, puede convertir a España
en el observatorio para una nueva estrategia de la tensión y el consecuente
fogueo del populismo-acebesismo en ciernes. Línea pensamiento camarada José
María Aznar, por supuesto.