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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
El otro estatuto
Eduardo Haro Tecglen
Artículo póstumo fue escrito el lunes 17 de Octubre, y publicado por El
País el pasado jueves en el homenaje llamado 'Desaparece un periodista total'.
Se está discutiendo en el Parlamento otro estatuto menos llamativo que el catalán,
pero no menos inquietante: el de los periodistas. Suele ocurrir a cada cambio de
régimen, y éste se hace muy tarde con respecto al régimen anterior, el de
Franco. Aquél, con Juan Aparicio ―tercer carnet de la Falange Española―
cubría todos los aspectos de la vida del periodista, desde su título original
hasta su castigo. Lo odié y lo cumplí, como tantas cosas de cada vida de
hombre, y lo transgredí abiertamente cuando encontré la manera o la
circunstancia por las cuales se podía burlar. Únicamente: no firmé la
declaración de una página del carnet que contenía la aceptación de
principios del Movimiento Nacional. Si me hubieran obligado, lo hubiera hecho.
El sentido político de mi vida iba más allá de eso. Un régimen totalitario
requiere siempre una respuesta posible. Ah, y si me hubieran obligado me hubiera
puesto el uniforme de periodista, que aparece dibujado y relatado con la Gazeta
de la Prensa Española: gris, con gorra de plato... Como no se ha derogado,
todavía tenemos ese derecho: pero no es una obligación. La realidad es que sólo
se pusieron ese uniforme los que tenían que trabajar en actos oficiales que se
requería. El periodista repele el uniforme como repele el estatuto: quiere
tener toda la libertad de trabajar, y un poco más allá.
Con respecto a este estatuto, naturalmente menos fascista que aquél, puedo
decir que me siento molesto de una manera general. Un periodista no debe tener más
ni menos obligaciones que una persona cualquiera: las labores deben estar
regidas por los acuerdos de su sindicato y sus patronos, en este régimen, y las
de la posibilidad de escribir no deben tener más límites que los del Código:
es decir, lo que pesa sobre cualquier ciudado. Como la libertad de prensa no es
un derecho del periodista, sino del ciudadano: el periodista es quien la trabaja
hasta el punto en que le dejen, y eso no lo va a resolver un estatuto, por
muchas cláusulas de conciencia que establezca. Peor: porque cada definición
que se haga de la libertad de prensa es, al mismo tiempo, una definición de cuántas
cosas se pueden hacer al margen de ella. Y siempre, en esta profesión y todas
las actividades de la vida, el derecho y la ley son siempre las del poder. Se ve
cómo la Constitución, ley de leyes, ha servido para todo contrario, si se
quiere, para ser más dura que la falta de constitución.