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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan Carlos
«El Rey»
La
corrupción del poder y el poder como corrupción
Rafael
Cid 28 de Febrero
de 2005
El
problema más grave de las desigualmente desarrolladas sociedades del primer
mundo
(hablar
hoy de sociedades de ocio o consumo es un espejismo, salvo que la denominación
se complete con el adjetivo basura) no es la dominación política. Ni la
explotación económica. Ni siquiera la esquilmación del medio ambiente. Ni
todavía la desvergonzada manipulación de las masas. El principal problema, la
madre de todos los problemas, el problema químicamente puro, es la corrupción.
En el anidan todos los problemas. Es el basurero de los problemas. Su
sincretismo más contagioso y devastador. Porque ya no se trata del viejo
expolio feudal, con su abismo entre nobles y vasallos, entre reyes y súbditos.
Hoy, el turbocapitalismo global vive a costa nuestra, de los abajo y los de
enmedio, estos últimos cada día más cuesta abajo. Es con una trama que teóricamente
principia en la vigencia de la soberanía popular como se legitima la nueva
servidumbre voluntaria. Se llama corrupcracia.
Un
sistema consistente en la opulencia de unos pocos que parasitan a los muchos. El
gobierno despótico o placebo de una “nomenclatura” gracias al trabajo, el
patrimonio, la permisibilidad y la resignación de la mayoría. Un modelo “monárquico”
que recompensa la cleptomanía; castiga a damnificados y víctimas; escarnece la
virtud; socorre al gran delincuente; promueve la opulencia y oprime al
gobernado. Un saber-hacer necrófago, incensiado bajo el palio de los medios de
comunicación y los púlpitos encargados de fabricar falsas conciencias, que
reina sobre el sufrimiento ajeno. Por eso, las acciones suben cuando las
empresas destruyen empleo. Por eso, el hombre más rico del país puede decir
con desparpajo de gañan de alta alcurnia “que gran equipo tiene el banco de
Santander que ni un juicio al presidente afecta a su cotización”.
Es
el imperio de la corrupcracia y tiene nombres y apellidos, fechas y nichos: el
fango político del Carmel y su caja negra del 3 por ciento; los insondables
misterios del 11-M; el beltenebros
de la torre Windsor; el pacto de
lobos en el ayuntamiento madrileño de Majadahonda; el golpe de talón que hizo
repetir las elecciones en la Comunidad de Madrid; la rebatiña
de tahúres entre los medios para arrancar una concesión televisiva al
gobierno o, en fin, la surrealista
ceremonia del papa-momia y su corte de los milagros. Todo por la corrupcracia.
Destilando sobre la pobre gente su veneno artillero para, con la excusa del
despilfarro (¿no pagamos Lemoniz en nuestra factura de la luz, un voraz
presupuesto militar y la reconversión bancaria?), desacreditar un informe sobre
la radio-televisión pública que no se ha plegado a los intereses de los
oligarcas (la información veraz es tan importante como el aire polucionado que
respiramos). La corrupcracia a manos llenas. A destajo. Mientras desde el fondo
del “Siempre Casina” los ahogados nos interpelan con ojos de ahogados.
Y
frente a eso, lo que se nos ofrece es concursar en el juego de la competencia
del más de lo mismo. Elegir entre un operador político u otro de la misma
iglesia pero diferente secta. Agentes representativos que hablarán en nuestro
nombre con todas las de la ley. Legítimamente. Y así, por hache o por be, el círculo
se va cerrando sobre nuestros pescuezos. Cebo y anzuelo a la vez, y siempre
carnaza lista para la ofrenda. Oferta y demanda, según convenga. Eternos
convidados de piedra. Porque la gran hazaña de la corrupción democrática ya
no es que los ricos manden como Dios manda, con sus fortunas cadavéricas y
hemofílicas (decía un escritor francés que detrás de una gran fortuna hay
siempre un crimen). La última pirueta del sistema consiste en institucionalizar
el robo nuestro de cada día. Se trata de una fórmula endogámica. La gente
trabaja, consume, paga impuestos, procrea poco, sufre y muere sin ser feliz. Los
gobernados eligen a la clase política para que administre lo público común. Y
los gobernantes negocian y trafican con este legado de infraestructuras, trenes
de alta velocidad y recalificación de suelos con sus pares de bancos,
constructoras o multinacionales
para engordar la nómina de sus partidos-casta. Luego, el equilibrio se
restablece cuando esos mismos interlocutores que han pagado un sobreprecio al
regulador político repercuten al alza el coste-astilla en los costos finales.
Y
claro, como ya sabemos por la señora Joan Robinson y otros economistas sinceros
que la competencia perfecta es una quimera y que el equilibrio general
oferta-demanda es transitorio, el fallo de este periplo “doy para que me
des”, que hace que las virtudes públicas produzcan suculentos negocios
privados, viene a ratificar la venalidad de la democracia realmente existente.
De ahí a la incómoda demagogia de los hechos hay un paso. Porque lo cierto es
que cada vez las estadísticas dicen que el PIB es mayor, que hay más coches y
más viajes de placer, pero también que la renta disponible confirma que las
desigualdades sociales y vitales se abisman. Luego no tiene nada extraño
deducir que la escandalosa concentración de riqueza de la minoría dirigente es
en buena medida culpable del paro
estructural, del ínfimo gasto social, de la generalizada precariedad laboral,
del endeudamiento hipotecario de los más y hasta de la enorme tasa de fracaso
escolar de esos estudiantes nuestros (Informe Pisa) que en sus cortas biografías
anticipan un proyecto de excluidos en el tiempo. Son vasos comunicantes. Nos
necesitan. Somos la multitud (tesis de Negri y Hardt) sobre la que construyen su
fatal prosperidad.
Lo
más curioso de este panorama que los instalados llaman demagogia es que esta
creciente desorganización social se produce en ausencia de conflicto. La clase
media, cada vez más empobrecida y al mismo tiempo cada vez más mayoría
silenciosa, no protesta. Como mucho, tal que en las últimas dobles elecciones
europeas, da la espalda y se queda en casa a la hora de votar. Pero de ahí no
pasa. Y es que en la porfía por progresar en la cucaña del sistema, ella misma
ha sido blanco de la corrupcracia. En un estado más primitivo de desarrollo del
capitalismo, cuando el autoritarismo político no espantaba a los mercados,
buena parte de esa clase media revanchista podía ser clientela del fascismo.
Pero hoy no. Los mercados respiran en sistemas desintervenidos. ¿Entonces por
qué la pobre gente sólo revienta
contra ella misma?
Posiblemente
son muchos los factores que impiden a sus actores conocer que en vez de
protagonistas son las víctimas de la tragedia que representan. Asistimos a una
refeudalización de la convivencia (Jurgen Habermas) que está permitiendo la
aceptación de un postmodernismo basado en el fin del progreso y del
racionalismo como desarrollo histórico. La instauración de un nuevo
intercambio desigual a perpetuidad que exige el retroceso de los más para
compensar el progreso irrefrenable de los menos. La exclusión social y política
fruto de la robotización y del fin de la guerra fría. El desmantelamiento del
Estado de Bienestar con la excusa de una sobrecarga de la demanda. La vulneración
del derecho fundado en una perentoria elección de seguridad que recuerda a la
totalitaria preferencia de Goethe por la injusticia frente al desorden (que ha
tenido su piedra de toque en la ocupación bélica de
Irak). Y el decisivo ventrilocuismo que aportan los medios de comunicación
de masas, serian algunas de las claves de este agujero negro. Que ya importa
poco el principio democrático lo demuestra la respuesta de Giscard D´Estaing
cuando se le recordó que en la Constitución europea no existía una clara
separación de poderes. “Este tratado es la obra del Montesquieu del siglo
XXI”, dijo el futuro presidente de Europa.
Un
Montesquieu del siglo XXI, puede ser, pero con evidente y peligroso mal de
altura. Porque aparte de la amnesia en
el capítulo de frenos y balazas de poderes, el texto del Tratado ignora
igualmente toda referencia a los paraísos fiscales existentes en la Unión
Europea que conforman un espacio de impunidad para mafias del narcotráfico,
crimen organizado, alta delincuencia internacional, trust de tráfico de armas,
terrorismo y corrupción de Estado (caso GAL y Filesa), ingeniería financiera
(Caso Ercros) y economía de casino. En total 10 paraísos fiscales de los 30
existentes en el mundo, que suponen el 20 por ciento del comercio global y un
volumen de depósitos de más de cinco billones dólares a través de 3 millones
de sociedades-fantasma. Que no es lo mismo que el perseguido micronegocio del
top-manta.
Aquí
y ahora, de lo que ya no cabe duda es que existe una clase política que no sólo
está integrada por los poderes clásicos, sino que además engloba a otros más
sutiles, como los medios de comunicación, para conformar un circuito cerrado
totalizante, mitad panóptico mitad jaula de oro. Si Gaetano Mosca volviera a
definir hoy el concepto de “clase política” como esa elite que manda sobre
la masa, a buen seguro que incluiría a los medios de comunicación.
Sustancialmente son la voz de su amo y no la crítica del poder al que sirven en
bandeja.
Hay
un periódico de circulación nacional y merecida influencia que no ha informado
de la vista del “caso AVE” donde se juzga a un ex ministro socialista y al
secretario de fianzas del PSOE; que tampoco ha dicho una palabra sobre el
proceso del capoabogado Emilio Rodríguez Menéndez; que borró , en texto y
foto, de un crónica en torno a la Constitución europea
a un catedrático disidente; que al día siguiente de las elecciones
europeas del 13-J tituló “Ganó la abstención” y el 20-F, con mayor
abstención, voceaba “Aplastante
victoria del sí en el referéndum”, y que al informar del juicio de Emilio
Botín -¡nunca hubo blasón para un banquero mejor hallado!- y la cúpula del
BSCH en un 99 por ciento de las ocasiones ha titulado con la posición
mancomunada y exculpatoria del fiscal y la defensa. Y pasa por ser el mejor periódico
del país, pues es fama que lo que en él puede ser excepción en los otros es
regla.
Aunque
por ahí fuera la cosa no es mejor. Por ejemplo, en Francia, donde sobre la gran
prensa ya no sólo se cierne la sospecha de oficiar como armas de manipulación
masiva. Como prueba la toma de control de Le Monde y Le Figaro por dos
consorcios de la industria militar, Hachette y Dassault, los media están a
punto de ser también vistos con toda propiedad como armas de destrucción
masiva. Así se escribe la historia, mon patron. La grande y capitular, por los
vencedores. La pequeña y menuda de los hechos cotidianos, por los gurús mediáticos.
Por eso los archivos están blindados a prueba de intrusos, las hemerotecas
llenas de mentiras y las conciencias oxidadas.
Corrupcracia
es cuando los ricos roban a los pobres y estos creen que son Robin Hood.