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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
La “balcanización”, según Aznar
José A. Alemán 10 de Septiembre de 2005
www.canariasahora.com/
Con
ese salero tan suyo, Aznar advierte desde Argentina, oye, que el Gobierno
psocialista, el peor desde los tiempos de Ataúlfo, Recaredo y Wamba, lleva a
España a la “balcanización”. Según el ex presidente del Gobierno, los
nacionalistas están que se salen de envalentonados al enfrentarse a un
“gobierno equivocado y débil”.
Yo, comprenderán, no me meto en cosas de personas mayores. Si el Gobierno
psocialista es tan horrible, a Zapatero le corresponde demostrar lo contrario.
Si Aznar se equivoca, es su problema; el que le deja a Rajoy.
De todos modos, diréles que la visión de Aznar es la mesetaria tradicional
de la derecha española, que continúa inasequible al desaliento con sus
viejos hábitos de imposición por los medios que sean, a pesar de los
disgustos que ha dado al país.
Habla Aznar de “balcanización” y no acabo de ver si es que le dura todavía
el coraje de perder las elecciones, si se funda en su análisis de la realidad
o si sólo expresa un deseo. Aunque imagino que se referirá a los tiras y
aflojas con la reforma de los estatutos. En especial, en lo que concierne a
los vascos (y las vascas) y a los catalanes.
No sabría decirles en el caso de los primeros (y las primeras) porque, la
verdad, me cansa tanto el raca raca la matraca que apenas sigo el proceso.
Hace un par de días, Zapatero e Ibarretxe se vieron en Madrid y la versión
del encuentro del Gobierno central fue desmentida por el vasco, de modo que no
sé si el primero miente o si es cosa del dicho raca raca del segundo.
En cuanto a los catalanes, que sí responden a una lógica entendible, hay
encuestas reveladoras de que la reforma del Estatut no les quita el sueño. Y
no he observado allí el menor indicio de que vaya nadie a coger el mosquetón
y balcanizarse todo. Es más: llama la atención el escaso seguimiento del
debate político, a pesar de las opiniones y las tomas de postura constantes
en los medios de comunicación y en los foros políticos. Lo que pudiera
deberse a que si en 1979, año del Estatuto catalán, se discutía el
autogobierno y en consecuencia la estructuración del nuevo Estado, hoy el
autogobierno es un hecho por lo que la cuestión, privada de aquel dramatismo
“fundacional”, se reduce a la confrontación partidista dentro de un ámbito
de normalidad democrática. Sólo quien, como Aznar, no admita las
discrepancias, puede ver el peligro de que alguien agarre el fusil y se eche
al monte.
Así, en ese ámbito partidista, han tenido sus más y sus menos el PSC y CiU.
Pero para los observadores, el encuentro de Maragall y Artur Mas desbloqueó
la situación y las negociaciones han entrado en su tramo final, en el que
cada partido quemará los últimos cartuchos. Entre los que figura la reforma
electoral porque los psocialistas no están de acuerdo con que CiU tenga
cuatro diputados más que ellos con 7.915 votos menos.
La reforma estatutaria catalana está, pues, tan dentro de la normalidad
democrática que Aznar tuvo que irse a Argentina a ver si alguien lo cree.
En las comunidades con menor nivel político, por no haber balcanización no
hay ni debate. En Canarias, la propuesta de reforma ni enfría ni calienta.
Quizá porque aquí es necesaria una reforma bastante más radical, si
convenimos que nuestra realidad física, política y económica no se
corresponde con los estatutos estándares. Está muy bien eso de alcanzar las
mayores cotas de autogobierno y mejor conferirle al presidente capacidad para
disolver el Parlamento y anticipar elecciones; pero creo que el verdadero
problema radica en el Gobierno de Canarias. No por su existencia, a pesar de
ser institución de nuevo cuño, lo que sería otra discusión, sino porque ha
desarrollado concepciones centralistas en lo administrativo e
intervencionistas en lo económico, en perjuicio de los cabildos y con
abstracción de que la islas son competidoras entre sí. Por no hablar de la
ley electoral. No hace falta alentar a los isleños para que pasen ampliamente
de la política y son muchos los estímulos actuales para que lo hagan. Las
mutuas desconfianzas no son de los menores.
Pero a lo que iba: aquí tampoco se da la balcanización porque preferimos la
playa.