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los agujeros del Carmel
Antón Corpas
Cádiz Rebelde 26 de Febrero de 2005
[Cronología
de los hechos]
La mañana del 27 de enero, un túnel para la prolongación de la Línea 5 del
Metro que ya había provocado el desalojo de dos edificios dos días antes, y
que según el presidente de la Asociación de Vecinos de El Carmel no aparecía
"en los últimos planos que nos mostraron antes de comenzar la
obra", abre un socavón de 35 metros de profundidad y 30 metros de diámetro.
Pone en peligro 84 edificios, dos colegios, 500 viviendas, y 1054 personas. El
suelo temblando o a pique de hundirse bajo los pies de medio barrio, y un número
indeterminado de trabajadores, sometidos hasta a 11 horas diarias y 72 horas
semanales de trabajo según hemos sabido, en un lugar que "si se hubiera
reforzado quizás (las cursivas son mias) no hubiera pasado nada" (Joaquín
Nadal, Conseller de Política Territorial, El Mundo 10/2/04)
Hablamos de una obra fruto de una planificación urbanística, que cuenta con
recursos económicos y técnicos mas que suficientes, y que no es un
experimento sino un tipo de obra mil veces practicada, en un terreno que no es
Marte sino un desnivel cuyos componentes serán de sobra reconocibles por los
instrumentos a disposición de los técnicos. Las declaraciones de Joaquim
Nadal, Conseller de Política Territorial e Infraestructuras, hablan por si
mismas: "no estoy diciendo que hubiera ninguna evidencia de que era
necesario hacerlo... pero los datos geológicos podrían haberlo
previsto" (¿?) (Joaquim Nadal, Conseller de Política Territorial y
Obras Públicas, El Mundo 10/2/04). Después del primer agujero, el 1 de
febrero, un ingeniero de minas, otro de caminos y el gerente de la Unión
Temporal de Empresas (formada por FCC que ostenta la concesión de todo el
subsuelo en Barcelona, Comsa y Vimsa) responsable de la obra, entregaban a los
vecinos un certificado que garantiza que el desprendimiento "no ha
influido en las condiciones del subsuelo". El Colegio de Aparejadores y
Arquitectos, el mismo día en una escueta nota, da por bueno el certificado
expedido por TEC 4 y Geocontrol, y afirma que "salvo vicio oculto o causa
sobrevenida" los edificios desalojados "reunen las condiciones de
solidez y seguridad suficientes para ser ocupados" (La Vanguardia,
4/2/05). El 3 de febrero se abre el segundo agujero, y los vecinos tienen que
abandonar sus viviendas por segunda vez.
El sábado 5 el gabinete de crisis, formado por Joaquim Nadal, Anna Simó de
Bienestar y Familia, Montserrat Tura de Interior, el hombre de los cien cargos
públicos Xavier Casas, y el Alcalde Joán Clós, deciden el sellado del tunel,
contra el criterio del Colegio de Geólogos de Catalunya: "Puede ser
contraproducente. Va a dar mas consistencia al macizo, pero no es descartable
que desestabilice la parte más debil". (La Vanguardia 6/2/05). Bajo la
coartada de evitar males mayores, desaparecen pruebas decisivas, y la versión
oficial o cualquier estudio independiente que trate de contrastarla, no podrán
aportar ninguna base documental, científica o fotográfica del estado del túnel.
A partir de ahora será cuestión de fe, resignación o imaginación saber
como y porque ocurrieron las cosas. El fallo técnico y la cabeza por caer, ya
lo determinarán entre la Generalitat, el Ajuntament y la UTE L5, según sus
propias necesidades, sobre todo cuando las pruebas están bajo 16.000 m3 de
hormigón, y después de que nadie, ni vecinos, ni prensa, ni partidos políticos
pidieran una sola dimisión hasta este sábado 12 tras la ruptura entre los
vecinos, provocada por la actitud complaciente de los interlocutores
oficiales. Tal y como se ha abordado la cuestión desde casi todos los ámbitos,
no parece que las consecuencias vayan a pasar de la destitución selectiva algún
cabeza de turco y decisiones testimoniales de cara a la galería
[Negligencias técnicas, negligencias apolíticas]
La gestión de la crisis ha sido acotada a un terreno aséptico, tecnicista y
apolítico, con pinceladas partidistas de baja intensidad. La debilidad política
del PP en Catalunya, la corresponsabilidad de CiU en los hechos por su tiempo
en el Govern, y la luna de miel tripartita, han reducido el enfrentamiento a
un baile de salón de pocas pretensiones y ninguna sustancia. Por su parte,
los medios de comunicación, además de asimilar una vez mas tragedia y espectáculo,
han centrado la crítica en la fiabilidad o incluso el "gafe" de los
técnicos municipales, la desconfianza en la administración o la falta de
liderazgo y la imprevisión. En algún caso, como el editorial firmado por el
Director Adjunto de La Vanguardia Alfredo Abián el 29/1/05, con un tono de
indignación y apariencia de radicalidad, se limita el problema en el tiempo y
el territorio: "aquí, decíamos, también se hunden los pisos. Cierto es
que esta perturbación arquitectónica no afecta a toda la urbe. Es más, la
experiencia reciente demuestra que las demoliciones sólo afectan a dos de las
colinas de una ciudad, sobre las que alguien trazó hace décadas una línea
invisible que dividió las zonas altas, concentrando en una de ellas la
civilización desarrollada y convirtiendo la otra en un campo de hacinamiento
para las sucesivas oleadas de inmigración". Esto, que automaticamente
descarga de su responsabilidad material y política a los altos cargos de
infraestructuras, al Govern actual y anterior, al Ajuntament, a TMB y a las
cabezas de la planificación urbanística, ha contribuido a que la autocrítica
institucional haya sido tibia y ruborizante, aplicando la lógica de uno de
los cuadros militares que magistralmente retrata Stanley Kubrick en Senderos
de Gloria: "para que soportar mas críticas de las necesarias".
Reestructurar la empresa GISA de la Generalitat, revisar todas las obras del
metro y túneles del Area Metropolitana, y extraer de la crisis un punto de
partida para la reforma integral de El Carmel, han sido todas las decisiones
tomadas hasta ahora.
30 años después de la retirada del alcalde Porciolés y con casi tres décadas
administración autonómica, es absurdo considerar los hechos como un lastre
del urbanismo franquista, y limitar su peso político a una cadena de errores
técnicos o imprevisiones. Debatir sobre imprevisión o negligencia, ha sido
entablar un debate falso que ha tardado en morir el tiempo de nacer porque sus
conclusiones estaban cerradas de antemano. Debatir sobre imprevisión o
negligencia, ha sido en este caso una forma de no-hablar de política y economía
política, de la explotación del suelo y el subsuelo, de los barrios acosados
por una ciudad en obras que nunca se acaban, o de la complicidad entre las
instituciones y el "interés privado".
Hay un dato que ofrece un punto de partida para abrir el debate real. Cuando
ya enfrascadas en una cadena de acontecimientos de difícil control y
obligadas a tomar una decisión, las autoridades se encuentran con que las dos
decisiones posibles, rellenar el túnel o dejarlo abierto, tienen un riesgo
similar. Cabe preguntarse entonces como se llega a un punto en el que
cualquiera de las opciones a mano puede multiplicar las dimensiones del
desastre. La dinámica que conduce a este callejón sin salida, no es una
casualidad técnica ni una negligencia circunstancial, sino un modus operandi
generalizado e inseparable del modelo político y económico de Barcelona. Es
además, en un sentido mas amplio, un ejemplo de la dinámica capitalista,
empeñada en doblegar hasta el límite las fuerzas y las capacidades de las
personas, el territorio, la existencia, hasta que provoca crisis en las que cínicamente
sus representantes políticos se erigen como los cirujanos que arreglarán el
problema en nombre del interés general.
[Valoraciones y lugares comunes]
Sobre los hechos ha planeado todo el rato la idea de la "trágica
paradoja", el metro reivindicado y esperado durante años que cuando
llega trae la destrucción y el miedo. Los lugares comunes y las
simplificaciones que se están deslizando alrededor de los hechos, son fruto
precísamente de la descontextualización política e histórica de los
acontecimientos Un titular de La Vanguardia hablaba de "La fatalidad del
Carmel", como si aún los redactores no tuvieran muy claro si atribuir lo
ocurrido a una responsabilidad material o a una metafísica mala suerte.
Cuando un acontecimiento de esta magnitud trata de comprenderse como un hecho
fortuito y aislado, es natural que haya una parte que se remita siempre a una
mala jugada del destino. Así especie de resignación optimista, que considera
barbaridades como la que hemos podido presenciar en estos días, son "los
costes del progreso", se hace un lugar privilegiado en la conciencia.
En estos momentos el Carmel no forma parte de los 50 proyectos prioritarios de
la planificación estratégica, pero se encuentra rodeado por los cuatro
costados, de un proceso de expansión y transformación, al que no es ajeno, y
que incluso estando en un segundo plano ya le ha costado caro. Que intereses y
que necesidades median para que el metro llegue hoy a El Carmel, hay que verlo
dentro dos ámbitos. La fase actual del proyecto Barcelona empeñado en
"optimizar la explotación del 'poco' suelo apto para usos urbanos,
aplananddo para este fín todos los obstáculos históricos, ambientales y
sociales que ofrezcan resistencia". Y su espacio geográfico e histórico,
la explotación de Collserola y su valor potencial para la economía
especulativa.
[Explotación del territorio y colaboración público privada]
A principios de enero, en el auditorio del Colegio Oficial de Arquitectos de
Barcelona, un arquitecto "joven y brillante", defendía sus
proyectos en Valencia, Zaragoza, Logroño y por supuesto Barcelona, como una
lección de "cuanto puede dar de sí una zona verde", mediante el
uso y la explotación del subsuelo, con soterramientos, plataformas elevadas,
etc. Su entusiasmo coincide con las exigencias de los técnicos y los teóricos
del urbanismo capitalista, que consideran obsoleto el actual sistema de
planificación urbanística, y reclaman una planificación en tres
dimensiones: vertical, horizontal y subterránea. Paradójicamente, el aula
donde se celebraba la conferencia coincidía con la exposición Parks Attacks,
que recoge zonas verdes conquistadas por luchas vecinales en algunos barrios
de la ciudad, y que en el caso del Forat de la Vergonya, un proceso que hoy ya
dura cuatro años, en el que los vecinos han conseguido frenar la intención
municipal de instalar un parking.
La explotación del subsuelo se ha convertido en un aspecto imprescindible del
desarrollo urbano. El negocio subterraneo va incluido en el pack de la inmensa
mayoría de grandes edificaciones. Instalaciones deportivas, hoteles, museos,
edificios singulares o grandes bloques de viviendas, incluyen plantas de
subsuelo, para parking o para el propio espacio comercial de la edificación.
Este uso generalizado está normalmente asociado a necesidades logísticas o
posibilidades de negocio, pero nunca a mejorar las necesidades y la calidad de
vida de los barrios. El caso del barrio de Sants es significativo. Mientras la
ampliación de la estación que incluye un gran centro comercial, un edificio
de 22 plantas y el soterramiento de los aparcamientos, conlleva la expropiación
y el derribo de tres manzanas, la reivindicación de soterrar las vías que al
otro lado del barrio se reclama desde hace años, es una cuestión sistemáticamente
desatendida.
Volviendo a lo que nos ocupa, las infraestructuras son una de las principales
señas de identidad del stablishment político catalán, y en el caso de
carreteras o ferrocarriles, incluyen la perforación del subsuelo o de los
obstáculos naturales que se interpongan en su camino. Mas allá de
controversias coyunturales como la referente al paralizado tunel del Horta, la
interminable transfiguración de la ciudad y la multiplicación de las
comunicaciones externas, con el fin de potenciar el transporte privado o la
reducción de los tiempos del transporte colectivo, está fuera de cualquier
discusión. El crecimiento de estas infraestructuras, que se financia con
inversiones fundamentalmente estatales, se ha convertido en una de las
principales fuentes de negocio para las multinacionales de la construcción,
uno de los ámbitos donde se puede observar con mayor claridad el método
empresarial aplicado desde las instituciones, y donde se plasma de manera mas
estrecha la llamada "colaboración público-privada".
Este modelo ha parido en los últimos años un proceso, en el que la mínima
estabilidad de la vida y el paisaje urbano es imposible, donde los derribos y
las calles abiertas en canal son la normalidad en vez de la excepción. Esto
refleja la velocidad, el corto plazo y el delirio que hoy está conformando el
alma de esta ciudad. El documental "El Forat" de Falconetti Peña,
dedicado a la lucha vecinal en el Forat de la Vergonya, realiza un acertado
paralelismo entre los estragos causados por los bombardeos del ejército
fascista durante la guerra civil, y el estado de las calles por el sinfín de
obras, derribos, deshaucios, solares, desalojos, que hoy componen el paisaje
cotidiano de barrios como el Besòs o Ciutat Vella. En el caso concreto de
Ciutat Vella operaciones como la de Illa Robadors, el solar de las antiguas
piscinas Folch i Torres o el Mercat de Sta. Caterina, reiteran un esquema
basado en la conquista del territorio y la imposición de un agujero en el
espacio, donde el vacío mismo o las obras que pueden durar hasta casi una década
(es el caso del Mercat), degradan la zona provocando la hemorragia vecinal, el
cierre de comercios y la desertificación social y económica de la vida en la
zona. Este proceso se acompaña de la acción incesante de inmobiliarias y
grupos financieros, para adquirir edificios y solares al precio mas bajo
posible, con métodos que van desde la adquisición masiva como el caso
reciente de un pasaje en la calle Hospital, o formas de presión y amenazas
que incluyen la degradación física e intencionada de los edificios, las
amenazas o los falsos argumentos legales para intimidar a personas mayores.
Para entender la magnitud que alcanza todo esto, su velocidad y sus
dimensiones, es importante señalar como incluso población con un cierto
estatus económico instalada en el barrio en los últimos dos años y que paga
alquileres de por si desorbitados, están sufriendo presiones para dejar sus
viviendas, porque los promotores pueden llegar a cuadruplicar sus beneficios
alquilando a turistas y por días estudios de 25 m2 por los que hoy ya se
pagan entre 600 y 1000 euros. Esta relación entre velocidad, corto plazo y
beneficio, es uno de los fundamentos que atraviesan el modelo Barcelona, y
debería ser uno de los elementos claves para entender los hechos de febrero
en el Carmel.
[La explotación de Collserola]
El Carmel se encuentra en el corazón de un espacio natural reiteradamente
agredido y profúsamente agujereado por el sistema de comunicaciones de
Barcelona con el Area Metropolitana. De hecho, en 1974 el mismo barrio sufrió
una situación parecida, después de que dos familias tuvieran que abandonar
sus casas, por las grietas que provocaron las obras del Tunel de la Rovira.
"Collserola está atravesada por líneas de alta tensión, autovias yy
vias de tren que fragmmentan el territorio como una cuchillada" (Collserola
a Barcelona: Historia de un desencuentro, en "Barcelona Marca Registrada,
Un modelo por desarmar", ed Virus). La llegada del metro al Carmel forma
parte de un proceso histórico y una concepción del desarrollo, las
comunicaciones y la relación-gestión del territorio, que en las últimas
tres décadas lejos de atenuarse aumenta en velocidad y envergadura de la
invasión del parque natural: "7.500 hectáreas calificadas de espacio
forestal; contacto con la ciudad, a menos de cinco kilómetros de Pl
Catalunya; posición central en el área metropolitana, alrededor de la cual
giran las ciudades y las vías de comunicación". La primera fase de lo
que Can Masdeu, Can Pasquall y el Col·lectiu Agudell han definido como el
"sitio a Collserola" ocurre entre finales del siglo XIX y los años
30 del siglo XX, con la anexión paulatina al nucleo duro urbano de las zonas
que hasta entonces formaban su periferia rural. La segunda se extiende durante
el desarrollismo franquista de los 60 cuando se conforman los actuales barrios
"sin ninguna obligtación por parte del constructuro ni del municipio de
hacer escuelas, transporte público ni ningún equipamiento", y cuya misión
en el caso de los mas pobres y hacinados era canalizar, concentrar y controlar
a la población inmigrante. La tercera fase abarca desde 1976 cuando se
aprueba el Plan General Metropolitano, cuya filosofía de fondo desarrollista
se mantiene intacta a pesar de la "sensibilidad medioambiental"
incluida en normativas posteriores, hasta el 92 aproximadamente. En esta época
se realizan obras como el túnel de Vallvidriera con un presupuesto de 22.000
millones de pesetas, y que multiplicó por cuatro el volumen potencial de tráfico
en la zona, o la edificación en Vall d'Hebrón de infraestructuras para los
juegos Olímpicos. La cuarta fase, en la que nos encontramos, coincide con el
pistoletazo de salida que alrededor del 2004 y desde 1994 dicta un nuevo
proceso de transformación y expansión. Aquí el objetivo principal está en
la cara B del monte, la menos urbanizada y la mas codiciada por tanto, y
sometida a una la presión especulativa que pretende recalificar la mayor
extensión posible de terreno, o la rentabilización de zonas no urbanizables
con infraestructuras de ocio como campos de golf.
Esto no quiere decir que el metro llegara al Carmel como un daño colateral o
una respuesta real a las necesidades y las reivindicaciones vecinales. El
Carmel tiene en común con el Besòs la condición de ser un "marco
incomparable" incoherente consigo mismo. Un espacio privilegiado ocupado
por un urbanismo precario y una población cuyo poder adquisitivo e imagen de
marca, no se ajusta al valor de cambio que puede alcanzar el suelo en esta
zona. Si el Besòs es "la ciudad que se abre al mar", un valor añadido
que no puede desperdiciarse, el Carmel y toda la cara barcelonesa de
Collserola, es la ciudad que mira desde arriba, la posición elevada, un valor
añadido que no puede desperdiciarse. La instalación de infraestructuras
metropolitanas, en este caso de transporte, no tratan de arreglar o responder
a necesidades del presente sino imponer y crear las condiciones de "la
ciudad de futuro".
El agujero de El Carmel no es una excepción en el tiempo. El Futuro, con esas
mayúsculas de las que gustan el ejército de los negocios, los hombres grises
de la planificación urbanística y los dirigentes políticos, tardará poco
en llegar. Con todos sus costes.