Revanchistas contra la República y la Memoria
José Luis Pitarch
UCR 26 de Marzo de 2008
Uno anda tejiendo un libro, para una Colección
llamada “Con Franco vivíamos peor”.
Trata de la “memoria irredenta del franquismo”, y la
“reconciliación del embudo” o trágalas. Esto es, de las hipotecas
del franquismo que seguimos pagando. Ahora que hay que reconstruir,
tras el 9-M, algo importante a la izquierda del PSOE, porque hueco hay,
y mucho, permítanme transmitirles algunos de mis apuntes para dicho
libro.
Giremos breve ojeada a ambos puntos, irredentismo y embudo, tantas veces
constituidos en matrimonio. Acostados sobre el cañamazo de la “política”
(en la definición de ésta, o definiciones, que a ustedes más gusten:
organización de la convivencia social, relaciones de poder, arte --y
trampa-- de lo posible, etcétera; incluyendo, obviamente, los intereses,
miedos, calidades y perversiones de “los políticos”). Porque el
asunto de la memoria embargada, abolida, expoliada (la memoria de una de
las dos partes del conflicto feroz de hace siete décadas, legatario,
continuador del de varios siglos anteriores) es asunto de hoz y coz
político. Sometido a todas las trápalas, no sólo trágalas, de la
política.
Irredentismo, condición de irredento, irredenta, veamos. Equivaliendo a
sin redimir, sin libertar o excarcelar. Esto es, memoria no rescatada,
no restituida. Que fue robada, aherrojada, y aún no ha sido dignamente
restablecida, recuperada, reparada. Disculpen la demasía de palabras,
pero la dignidad, como la virginidad -–en hombre o mujer-- se tienen
enteras o no se tienen, y estamos hablando de la dignidad de la mitad de
los españoles. Con la circunstancia de que la dignidad de la persona es
“fundamento del orden político y de la paz social”, proclama el
Punto 1 del primerito de los Artículos del Título Primero (“derechos
y deberes fundamentales”) de la Constitución vigente. Artículo que
pisotean quienes ponen trabas y zancadillas, por acción u omisión, a una
devolución “completa” de la memoria secuestrada y en parte
importante no devuelta.
Tales sepultureros de la memoria nos llaman revanchistas a quienes
exigimos una reconciliación entera, sin guetos y agujeros negros. Mas
son ellos los de la revancha. La revancha, todavía rabiosa, contra la
República, la revancha contra la mejor Europa, que nunca admitió a
Franco, la revancha contra la cultura, el laicismo, la pluralidad, la
revancha contra cualquier idea de España diferente a la
ultranacionalista de un único nacionalismo hipercentrípeto. No somos,
no, revanchistas, sino conocedores de la Historia y amantes de la
dignidad individual y colectiva. Uno mismo es hijo de un militar que se
sublevó con su regimiento de Valladolid en julio del 36, fue capitán y
comandante del Ejército faccioso en la guerra civil, y después de ella
coronel del “régimen”.
Mas esos que, con el subterfugio de “mirar al futuro”, siempre
han obstruido el nuevo “abrazo de Vergara” imprescindible para
este país, incluso cuando ya no pueden agitar el espantajo comunista
--incluso cuando los últimos soldados de la República, nuestros
guerrilleros o “maquis” antifascistas, son apenas un puñado de
ancianos, casi o por encima de los noventa años, a los que siguen
odiando y menospreciando--, se delatan demasiado. Delatan sus fuertes
anclajes retrofranquistas, y militaristas en su peor sentido --el del
militarismo como degeneración de lo militar--, delatan que aún fondean
sus barcos en el viejo “orden” inquisitorial y vengativo, el
que todavía en el siglo XIX ahorcaba en Valencia, en “auto de fe”,
al noble maestro Cayetano Ripoll.
Siguen creyendo en su derecho de victoria sobre media España, aunque no
se atrevan ya a decirlo en público porque no les deja la OTAN ni la
Unión Europea. Siguen estimando que su gran fuente de “legitimidad”
y apetito de conservación de poder es que Franco se murió en la cama. Y
Companys, Pérez Salas, Escobar, Núñez de Prado,
Batet, Romerales, fusilados. Es el “Derecho” que
reconocen.
Neofascismo siglo XXI. Déjenme redundar en uno de mis latiguillos
preferidos: la más vieja institución de la Historia no es la
prostitución, sino la impunidad.
Alardean de patriotas y son lo contrario, dichos revanchistas del
trágala que tanto dicen amar España y el orden. Porque, insistimos, sin
plena dignidad de las personas no hay orden político auténtico, ni puede
haber paz social, léanse, por favor, el Artículo 10 de la Constitución.
Nosotros, los que reivindicamos la reconciliación sin embudos, queremos
abolir la revancha. Y somos radicales, sí, porque ser irredento es ser
radical. Radical en sentido de progreso, de vanguardia, de impulso
democrático, de superación de muchas postergaciones e integrismos de
siglos. Porque aquí, señores, hemos de hacer (o acabar) la transición no
desde Franco sino desde el Concilio de Trento.
Transición desde Trento, desde “el trono y el altar” en coyunda
constantinista, desde los asesinos de don Rafael del Riego,
desde un modelo de Estado fraguado no por consenso y evolución armónica
sino por victorias en guerras civiles fratricidas (la del primer
Borbón, las carlistas, la del fusilamiento de la República por
el césar marroquí con su ejército de bereberes, legionarios extranjeros,
fascistas italianos, aviones y cañones de Mussolini y
Hitler como principales o decisivos combatientes). ¡Menuda
transición tenemos pendiente, menuda articulación política de España
--hecha a culatazos y paredones-- por reconstruir y dar cabo, sin dejar
tantos flecos malcosidos!
Me viene a mientes la desvergonzada y cínica “revolución pendiente” de
los girones y rodríguecesdevalcárcel francofalangistas.
Nosotros sí que tenemos una transmudación pendiente: enmendar atrasos,
atoramientos y marasmos de medio milenio, liquidar los poderosos
rescoldos franquistas (valga un ejemplo, el señor Aznar,
que hasta se opuso a la Constitución actual, y provocó en parte no
menor, desde las Azores, ciscándose en el noventa por ciento del pueblo
soberano, el espantoso 11-M-04). Formidables y apremiantes quehaceres,
de índole moral, histórica y política. Si cupiera resumir en pocas
palabras por qué abogamos, valdrían tres de ellas: abrogar el olvido.
El olvido infame forzado por una transacción bajo demasiadas trágalas, a
la que pudorosamente llamamos transición. Lo dejaron bien claro los
francofascistasmilitaristasclericalistasbonapartistas: o tragan ustedes
esto y esto y esto, o no hay democracia por ahora, y siguen los conesas
y ballesteros torturando, los partidos prohibidos, los políticos de
izquierda en la cárcel o el exilio. Tenemos suficientes generalitos
haciendo cola (iniestas, desantiagos, perezviñetas, garciarebulles) para
sustituir a Franco, al menos por un tiempo. Los
díezalegrías y gutierrecesmellados ya no tienen poder o aún no lo
tienen. Conque ustedes verán. Y de aquellos polvos, estos lodos o
embudos: no reconocimiento mínimamente suficiente de los dignos
oficiales de la Unión Militar Democrática, ídem de nuestros citados
combatientes antifascistas posguerra civil, roucostorquemadas y
cañizares apuntándonos con dedo acusador-amenazante mientras se llevan
buenos fajos del dinero público, lo que no ocurre en una hija predilecta
de la Iglesia como Francia… Quel pays!, solía decir con algo de espanto
mi amigo Claude de la Vallée de Chevreuse cercana a Versalles, enamorado
de España, refiriéndose a ella. ¡Cuánto desprecio todavía a la media
España que murió de la otra media! ¿O es miedo? Ya se lo digo: nosotros
no somos revanchistas.
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*José Luis Pitarch, vicepresidente de Unidad Cívica por la República