“Que mi nombre no se borre en la historia”
Rafael Escudero Alday
Público 30 de Marzo de 2008

Tras una azarosa tramitación parlamentaria, el 26 de diciembre de 2007 se aprobó por fin la conocida popularmente como Ley de la Memoria Histórica. Una ley que viene a cubrir un vacío triste y largamente sentido. A pesar de las medidas implantadas años atrás para ir resarciendo a las víctimas del golpe de Estado franquista, la Guerra Civil y la posterior dictadura que asoló este país durante 40 años, faltaba elaborar una ley que abordara la cuestión de forma decidida y con carácter integral. En concreto, que estableciera el marco institucional adecuado para la creación de políticas públicas sobre la memoria, que eliminara cualquier rastro del hipotético carácter jurídico que pudieran conservar las normas de la dictadura y que condenara de una vez por todas y sin ambages el golpe de Estado contra la República. Una ley que acabara con la amnesia colectiva y con la equidistancia entre la dictadura franquista y la Segunda República.
No está de más advertir que la ley no nació del impulso de los
políticos. Nace del esfuerzo colectivo por de-senterrar la
verdad. Nace de la tierra, de las fosas comunes, de todas y cada
una de las excavaciones realizadas en estos últimos años, de los
actos de recuerdo y homenaje que han tenido lugar en cada
pequeño rincón del país, de las entrevistas, programas y
documentales elaborados con ese objetivo de grabar lo olvidado
y, también, de las líneas escritas en ese afán por sacar a la
luz todo lo ocurrido y lo sufrido. Es, pues, una ley de
colectivos y asociaciones, de víctimas, de familiares de
víctimas y de voluntarios, de arqueólogos e historiadores, de
literatos y artistas; en definitiva, de todos los que durante
años han derrochado tiempo, recursos y, sobre todo, mucha
ilusión para devolvernos la dignidad tantos años perdida.
Pese a constituir un texto fundamental en la reconstrucción
democrática del país, pocas han sido las referencias a la ley
durante la pasada campaña electoral. Algunas conviene no
olvidarlas nunca. Mariano Rajoy se comprometió a terminar con
este asunto de la memoria una vez llegara a La Moncloa.
Afortunadamente, los electores han vuelto a darle la espalda.
Desde las filas socialistas se ha optado por el silencio,
pasando de puntillas sobre esta cuestión. Sólo Izquierda Unida,
con sus iniciativas tendentes a involucrar a la Fiscalía General
del Estado en la revisión de aquellos simulacros de juicio
celebrados durante el franquismo, ha mostrado interés en
mantener viva la llama de la memoria. Esta ley ha de ser
entendida como un punto de partida –y no de llegada– en el largo
proceso de recuperación de la memoria. Por ello, la legislatura
que ahora se inicia ha de ser la del desarrollo de sus puntos.
En este sentido, la Generalitat acaba de aprobar un proyecto de
ley –pionero en el Estado– sobre localización e identificación
de las personas enterradas en fosas comunes, comenzando así a
cumplir con la previsión legal de que las comunidades autónomas
puedan ampliar sus contenidos.
Recientemente la editorial Trotta acaba de publicar el primer
libro dedicado al estudio de la ley, titulado Derecho y
memoria histórica, coeditado por José Antonio Martín Pallín
–Magistrado emérito del Tribunal Supremo– y Rafael Escudero, en
el que participan especialistas en distintas ramas del Derecho.
En él no sólo se relatan y comentan las previsiones de la ley,
sino que también se presentan las claves que permitirán su mejor
desarrollo. En efecto, el jurista, el historiador y el ciudadano
encontrarán en este libro las posibilidades que ofrece la ley
para reparar a las víctimas no sólo en un plano moral, sino
también desde una perspectiva jurídica. Sin perder la actitud
crítica, sus trabajos pretenden servir de ayuda a quienes
necesitan de la aplicación y efectividad de la ley para recobrar
sus derechos y proclamar así la superioridad de los valores de
la democracia republicana sobre los que encarnaron los autores
del golpe de Estado que puso fin a su vigencia.
La estructura del libro responde a los puntos principales de la
ley, aunque en su contenido se vaya mucho más allá del
comentario a su articulado. En él se explican las razones por
las que era necesario aprobar un texto con rango legal referido
a estas materias y se analiza también el uso de la historia en
los discursos sobre la legitimidad de la Constitución. Atención
especial merece el que resulta ser uno de los aspectos novedosos
de la ley: el reconocimiento de un derecho individual a la
memoria histórica como expresión de plena ciudadanía
democrática. Su genealogía, concepto, contenidos y límites
convierten este nuevo derecho en una buena razón para apostar
por la ley. Del mismo se deriva un mandato para que las
distintas Administraciones realicen políticas públicas sobre la
memoria. Políticas –como la contenida en el proyecto de ley
catalana– que tienen que ver con el apoyo a particulares y
asociaciones para la recuperación de restos, el acceso a fondos
y archivos públicos y privados, la retirada de símbolos
franquistas de las calles de nuestras ciudades y la mejora de
derechos económicos para las víctimas y sus familiares. Destaca
en este punto la inclusión legal del derecho a una indemnización
para los beneficiarios de quienes fallecieron entre 1968 y 1977
en defensa de las libertades. Finalmente, en el libro se analiza
la forma como se resuelve en la ley la cuestión del tratamiento
jurídico que ha de darse a las sentencias, sanciones y condenas
dictadas por los órganos franquistas.
Sirva este libro –de juristas– de homenaje a todas las personas
que hicieron posible la ley, a su esfuerzo y a su trabajo. Así,
juntos podremos hacer realidad las palabras que Julita Conesa
–una de las Trece Rosas fusiladas por ser comunistas,
anarquistas o socialistas– dirigió a su madre horas antes de su
ejecución: “Que mi nombre no se borre en la historia”.
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Rafael Escudero Alday es profesor de la Universidad Carlos III de Madrid y coeditor del libro ‘Derecho y memoria histórica’.
Ilustración de Mikel Jaso