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No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
Los silencios del franquismo
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El
silencio se prolongó tras la muerte del dictador: hablar no sólo era
doloroso, a muchos les parecía inútil
En el
silencio del vencedor está el temor a su memoria, y a la memoria que
puedan guardar de él los demás
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Durante
siete años recorrí pensiones de Madrid con
un compañero de curso de la Facultad de Medicina de Madrid. Nos
considerábamos íntimos. Después de muchos años, indirectamente supe
que era hijo de uno de los fusilados por los falangistas en el
monasterio de San Marcos en León... Muerto Franco, grabé una
entrevista a Concha Castillo (que publiqué en el primer volumen de mi
autobiografía, Pretérito imperfecto), testigo de la matanza que
moros y falangistas llevaron a cabo en San Roque en 1936: el miedo a
hablar la paralizaba; los hijos la incitaban a seguir hablando, advirtiéndole
que hacia dos años que había muerto Franco, que estábamos ya en
democracia, etc. El silencio de los vencidos se prolongó hasta después
de la muerte del dictador. No había necesidad de decirles que callaran:
lo estaban desde hacía más de cuarenta años. Tenía, pues, su lógica
(una lógica personal) que permanecieran en silencio. Pero hubo muchos a
los que hablar, además de doloroso, les parecía inútil, porque ¿era
posible hacerles comprender a los demás lo que realmente sintieron?
Tengo la convicción interna de que el suicidio de Primo Levi fue
motivado (lo infiero de sus textos) por la imposibilidad de hallar
palabras para la descripción del universo que le fue dado vivir.
Fueron
tantos los años de la dictadura franquista que muchos de los
silenciados han desaparecido sin que hayan tenido ocasión de decir.
Pero no se puede decir por ellos. No es posible hablar por otro de lo
que, por las razones que fuera, calló. Que cada cual diga lo suyo. La
memoria es personal; no hay otra. Y lo perdido, perdido está.
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Como metáfora (impropia, por lo demás) se dice que la historia es la memoria
colectiva. No lo es; por eso no sustituye a la memoria en sentido estricto que,
convertida en discurso oral o escrito, se denomina testimonio. Mientras el
testimonio lo es de la vida de uno, y por lo tanto drama, la historia es crónica,
necesariamente despersonalizada, de una sociedad y en una época determinada. El
testimonio, pues, no suple a la historia. Y sin embargo, ésta precisa y se
nutre de testimonios. Estas líneas mías son, pues, una invitación no a
recordar -seguro que nada de cuanto habría que decir ha sido olvidado- sino a
testimoniar. El testimonio es una manera de seguir viviendo. Uno no muere del
todo mientras reside en el recuerdo de los demás. Sólo cuando estos han
desaparecido y nadie nos recuerda, nos hemos muerto definitivamente. Dar
testimonio como respuesta a aquel silencio forzoso es un requerimiento que en
todo caso nace de uno mismo para sobrevivir en sus palabras; y es también una
obligación moral, la de hacer saber a los demás lo que es el miedo, el dolor,
el sufrimiento personal, que así pueden transferir a los que se fueron sin
contarlo.
He tenido el privilegio de oír lo que algunos contaban de aquellos años, los
veinte primeros de franquismo, cuando una mínima ruptura del silencio (una imprudencia)
entrañaba el máximo riesgo.Y he visto, y no me tenía que ser contado, el
miedo a que se oyera la más leve crítica del régimen, o que se supiera de una
amistad peligrosa, incluso a que, no ya no con palabras, sino por una
forma de mirar se sospechase "desafección al régimen" (ésta era la
temida calificación). No sólo no se podía decir; había también que
disimular cuando se oía.
Porque, ¿qué hacer si alguien criticaba al régimen? ¿Asentir? Era un riesgo
temerario y gratuito. ¿Callar? Podía ser una manera oculta de asentir. Se podrá
aducir, en contra del paisaje de terror que describo, que jamás hubo suficiente
policía para conseguir el silencio generalizado de los vencidos. No era
necesaria, porque en funciones lo fue buena parte de la sociedad civil, que podía
obligar a callar, o marcaba haciendo saber dónde parece que éste está,
y dejarlo así en el punto de mira. Es cierto que pasados los primeros
veinticinco años el riesgo inmediato disminuyó, pero (los mayores se
encargaban de advertirlo) "¿y si la situación volviera a ser la de
antes?". España en silencio...
Toda dictadura hace silencios, distintos silencios. Desde luego el de los
vencidos, al que me acabo de referir. Pero también el de los vencedores, de
otra índole, pero inquietante y desde luego perturbador. Si son pocos los
testimonios de vencidos, los de los vencedores, en tanto que tales, no existen.
(Los recuerdos de éstos se refieren a la época en la que eran también
vencidos: refugios en embajadas, ocultaciones, etc.). Pero ¿qué nos dicen de
ellos como vencedores? Nada. El libro de Ronald Fraser (Recuérdalo tu, Recuérdalo
a otros) es una prueba del contraste, ya en las postrimerías del franquismo,
entre el discurso dramático del vencido y el mutismo del vencedor. Si el
discurso de los vencidos es el del perseguido o encarcelado, o el del hijo o la
esposa del ejecutado, ¿cuál es el de los que, como vencedores, persiguieron,
encarcelaron o ejecutaron? Después de terminada la Guerra Civil, los
franquistas podían seguir gritando "Franco, Franco, Franco" en los
actos del régimen (el último, en la plaza de Oriente, unas semanas antes de la
muerte del dictador). Pero con cualquiera de ellos, a solas, apenas logré
hacerles hablar de qué hicieron en la retaguardia durante aquellos años de la
Guerra Civil. ¿Por qué no hablar si podían hacerlo? ¿Qué tenían que
callar? Tenían que guardar silencio. Ojalá hubieran podido borrar o cuando
menos olvidar su pasado. Serrano Súñer lo intentó, inventándoselo; Ridruejo
también, pero calló dolorosamente lo que pudo; Laín nos invitó a aceptar que
él ignoró.Son sólo ejemplos que podría multiplicar. El franquismo, que no
acabó con la memoria, hizo callar, desde luego, a los vencidos. Pero, aunque
parezca paradójico, provocó, poco después de su victoria, el silencio (de
otro carácter, claro está) de los vencedores. A ese silencio le llamo mutismo.
(Un ejemplo de ello, sobre otro lado del problema, fue La Muralla,de Joaquín
Calvo Sotelo, de 1954. Pero es interesante saber acerca de la repercusión
social que por entonces tuvo). En Casa delOlivo he descrito con alguna amplitud
este tipo de silencio que viví en la intimidad de la consulta en muy contadas
ocasiones. ¿Por qué el mutismo? La calma en la retaguardia franquista fue
absoluta. Tras las bandas de ejecutores estaban las de los que ordenaban
ejecutar; más atrás, las de los que señalaban a los que deberían ser
ejecutados; a espalda de ambos, los que asentían sobre las ejecuciones. En esta
pirámide social invertida se asentó la paz que el franquismo otorgó a todos
los españoles. Porque una actividad tan frenética como la que acabo de
describir no es obra de unos pocos, ni siquiera de las autoridades de entonces:
es tarea de muchos. El franquismo tuvo, además, buen cuidado en complicar
(aunque algunos no lo necesitaran) a cuantos más mejor en esa tarea de
pacificación, de la que algunos comenzaron a distanciarse. De esta forma
quedaron moralmente tullidos muchos miles de personas, y aún hoy los
supervivientes lo están, pero en secreto (hace poco me enteré de las
actividades de una persona que durante años he tenido cerca de mí). Pasados
los años en los que se hizo lo que había que hacer, sin reproche social
ostensible, incluso más bien como mérito, emergió un malestar interior ante
el que no cabía otra defensa que el mutismo y el deseo de que lo supieran los
menos posibles, de olvidar todo ante la repugnancia del recuerdo. Un silencio
activo, un "aquello ya pasó y mejor no hablar"; o esa forma de
defensa que es la disolución de la culpa en el grupo ("todos hicimos lo
mismo"); o la de la obediencia debida ("hicimos lo que nos
mandaban"). Porque los vencedores, pasados los años en los que se podía
decir en voz alta que lo que se había hecho tenía que hacerse,y utilizaron su
victoria como prueba de que la razón estaba de su lado, iniciaron su íntima
reconsideración. No todos hicieron, ni todos hicieron lo mismo. También en esa
dramática tarea hubo una división social del trabajo. La tarea de los
vencedores hasta lograr el silencio absoluto y prolongado de los vencidos fue de
tal magnitud que resulta ridículo pensar que fuera labor de unos cuantos... Si
hablo de ello ahora no es con ánimo de un tardío ajuste de cuentas, sino para
señalar la imposibilidad de completar, en la conjunción vencedor/vencido, la
del vencedor, hasta ahora poco conocida, saber qué fue lo que este último
hizo, sintió y pensó como para que, años después, no quiera o no pueda
reconocerse en ese sector de su pasado. Si el vencido temía al de fuera, el
vencedor ha temido siempre al de dentro,a su memoria, y a la memoria que de
ellos puedan guardar los demás.