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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»

Memoria y “reciprocidad”

Emilio Silva Barrera. 3 de Noviembre de 2005

El 28 de octubre de 2005 se cumplieron cinco años desde que un grupo de arqueólogos, médicos y antropólogos forenses excavaron una fosa común en la localidad leonesa de Priaranza del Bierzo. En ella se encontraban los restos de trece civiles republicanos, asesinados por un grupo de falangistas, el 16 de octubre de 1936.

Lo que sucedió en esa excavación ha cambiado desde entonces la vida de cientos de familias. Cerca de cuatrocientas han podido encontrar los restos físicos de sus seres queridos desaparecidos. Otras han sabido lo que ocurrió después de casi siete décadas. Y miles han logrado romper un tabú que les impedía hablar de sus familiares, represaliados por la dictadura franquista, con la libertad con la que se tiene que hacer en una democracia.

Esa labor se ha llevado a cabo sin ayuda del Estado, con la de algunos ayuntamientos y sobre todo con el trabajo de decenas de voluntarios que han dedicado su tiempo, su esfuerzo y su dinero y a los que aprovecho para dar desde aquí mi más sincero agradecimiento.

En el artículo de Patxo Unzueta titulado “El honor de Carrillo” (27/10/05) hay una frase que me ha llevado a escribir estas líneas. Unzueta dice: “La amnistía de 1977 fue recíproca…”

En el año 1977 era imposible que hubiera una ley que pudiera tratar igual a los republicanos y franquistas, entre otras muchas cosas por que no eran iguales. Durante la dictadura del General Franco fueron fusilados entre 1939 y 1942, más de 40.000 republicanos (morir, matar, sobrevivir, Julián Casanova, Francisco Espinosa y otros). A muchos miles de defensores de la legalidad les fueron incautados sus bienes como consecuencia de la Ley de Responsabilidades Políticas de Jefatura del Estado, publicada el 13 de febrero de 1939.

Mientras los huérfanos de los republicanos (como lo fue mi padre) necesitaban con diez años el permiso de un cura para poder trabajar picando en una carretera, los huérfanos de los franquistas tenían ayudas del Estado para poder estudiar, como se recoge en la orden del Ministerio de Educación Nacional del 12 de enero de 1941, cuyo epígrafe dice: “Orden por la que se resuelve el concurso de Becas a favor de huérfanos de caídos en la Cruzada de la Liberación”.

Mientras el pueblo en el que vivió mi abuela, viuda de un rojo, se convirtió para ella en algo parecido a un campo de concentración donde la vigilaban, atemorizaban y castigaban; los asesinos de mi abuelo tuvieron cuatro décadas para tomarse el botín de guerra. Incluso en los años cincuenta, cuando las autoridades de la dictadura compraron las primeras vacunas contra la poliomielitis, era mucho mejor ser adepto al régimen para poder vacunar a un hijo. Y eso lo pueden testificar cientos de afectados por la enfermedad, que eran hijos y huérfanos de los que perdieron la guerra.

A eso hay que añadirle que para la aprobación de la Ley de Amnistía nadie consultó a las familias de ,los miles de desaparecidos que todavía hoy se encuentran enterrados en las cunetas. O que tras la muerte del dictador se quemaron innumerables documentos relacionados con la represión franquista. Y que con lo que ha llovido no podemos tener la cándida visión de que tuvimos la mejor de las transiciones posibles.

Por eso, desde el presente, debemos responsabilizarnos de ese pasado. La Comisión para las Víctimas creada por el Gobierno está trabajando en términos de reciprocidad y debería hacerlo en términos  de justicia histórica. Esta democracia no será suficientemente madura hasta que trate con justicia a los hombres y mujeres que escribieron el código genético de nuestra democracia cuando construyeron la II República.—Torrelodones, Madrid


 

 

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