La cocaína de los pueblos
Umberto Eco*
L'Expresso 29 de Febrero de
2008
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En un reciente debate sobre semiótica de lo sagrado, acabamos hablando
de esa idea que va desde Maquiavelo a Rousseau, y sigue, de una
“religión civil” de los romanos, entendida como un conjunto de
creencias y de obligaciones capaz de mantener unida a la sociedad.
Alguien notó que, partiendo de esta concepción, que de por sí es
virtuosa, se llega fácilmente a la idea de la religión como
instrumentum regni, expediente que un poder político (representado
incluso por escépticos o no creyentes) usa para controlar a sus
súbditos. |
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La idea estaba ya presente en autores que tenían experiencia en la
religión civil de los romanos y, por ejemplo, Polibio (Historia, VI)
escribía a propósito de los ritos romanos que “en una Nación formada
únicamente por sabios sería inútil recurrir a métodos como esos, pero
puesto que la muchedumbre es por naturaleza voluble y está subyugada por
pasiones de todo tipo, por una avidez desenfrenada y una ira violenta, no
queda más remedio que atajarla con semejantes instrumentos y con
misteriosos temores. Por este motivo, soy de la opinión de que nuestros
antepasados introdujeron con razón entre las multitudes la fe religiosa y
las supersticiones sobre el Hades y que son bastante necios los que
intentan eliminarlas en nuestros días. ... Los romanos, aun manejando
cantidades de dinero mucho mayores en los cargos públicos y en las
embajadas, se mantienen honestos sólo por respeto hacia el vínculo del
juramento; mientras que en los demás pueblos raramente se encuentra a
nadie que no toque el dinero público, entre los romanos es raro encontrar
que alguien se ha manchado con semejante culpa”.
Aunque los romanos se portaran de forma tan virtuosa en época republicana,
desde luego en un cierto punto dejaron de hacerlo. Y se puede entender por
qué, unos siglos más tarde, Spinoza daba otra lectura del instrumentum
regni, y de sus ceremonias espléndidas y cautivadoras: “Así pues, si es
verdad que el mayor secreto y el máximo interés del régimen monárquico
consiste en mantener a los hombres en el engaño y ocultar bajo el falaz
nombre de religión al miedo con el que deben ser sometidos para que
combatan por su esclavitud como si fuera su salvación ... es igualmente
verdad que en una comunidad libre no se podría ni pensar ni intentar
realizar nada más funesto” (Tratado teológico-político).
A partir de ahí no era difícil llegar a la célebre definición marxista de
que la religión es el opio de los pueblos. Pero, ¿es verdad que las
religiones tienen todas ellas y siempre esta virtus dormitiva? José
Saramago, por ejemplo, tiene una opinión absolutamente contraria, y más de
una vez ha arremetido contra las religiones como instrumento de conflicto:
“Las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para
aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y
siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de
monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los
más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana” (El País, 18 de
septiembre de 2001).
Saramago concluía en otras declaraciones que “si todos fuéramos ateos, el
mundo sería más pacífico”. No estoy seguro de que tenga razón, pero lo
cierto es que parece que el papa Ratzinger le ha contestado indirectamente
en su reciente encíclica Spe salvi, donde nos dice que, al contrario, el
ateísmo de los siglos XIX y XX, aunque se ha presentado como una protesta
contra las injusticias del mundo y de la historia universal, ha logrado
que “de esta premisa se hayan derivado las más grandes crueldades y
violaciones de la justicia”.
Tengo la sospecha de que Ratzinger pensaba en esos descreídos de Lenin y
de Stalin, pero se olvidaba de que en las banderas nazis estaba escrito
Gott mit uns (que significa “Dios está con nosotros”); que falanges de
capellanes militares bendecían los gallardetes fascistas, que el carnicero
Francisco Franco (dejando de lado los crímenes de sus adversarios, al fin
y al cabo empezó él) estaba inspirado por principios religiosísimos y
sostenido por los Guerrilleros de Cristo Rey; que religiosísimos eran los
vandeanos contra los republicanos que bien habían inventado una Diosa
Razón (instrumentum regni); que católicos y protestantes se han masacrado
alegremente durante años y años; que tanto los cruzados como sus enemigos
estaban empujados por motivaciones religiosas; que para defender la
religión romana se arrojaban cristianos a los leones; que por razones
religiosas se han encendido muchas hogueras; que religiosísimos son los
fundamentalistas musulmanes, los terroristas de las Twin Towers, Osama y
los talibanes que bombardearon los Budas; que por razones religiosas se
oponen India y Pakistán y, para acabar, que Bush invadió Irak invocando
“God bless America”.
Por todo lo cual, estaba reflexionando que, si a veces la religión es o ha
sido el opio de los pueblos, más a menudo, quizá, ha sido su cocaína. Al
final va a resultar que el hombre es un animal psicodélico.
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* Novelista y semiólogo italiano. c.2007 Umberto Eco/L'Espresso |