Pequeña fábula inmoral
Denis Sieffer
www.michelcollon.info 8 de
Marzo de 2008
Érase una vez, en los Estados Unidos, ese país
donde atan a los perros con longaniza, unos bondadosos filántropos que habían
acudido a la ayuda de los pobres (no demasiado, pero algo pobres no obstante)
para ayudarles a que se comprasen una casa. Esos benefactores prestaban dinero,
casi sin contrapartidas, a quienes no lo tenían. Los pobres sólo tendrían que
rembolsar poco a poco, de la forma y en el momento que pudiesen, disfrutando
desde aquel primer momento de su nueva casa con su jardín, una recompensa
inesperada tras una vida dedicada al trabajo.
Desafortunadamente, era demasiado hermoso para ser verdad. Y es que el generoso
donante no era sino un granuja. Basándose en la firma sonsacada al incauto
pobre, el prestamista notificaba que aquel préstamo (en principio prácticamente
gratuito) dejaría de serlo poco después. Y que la firma obligaba al pobre a
rembolsar muchísimo más de lo que se le había prestado. La proporción de
endeudamiento era tan elevada que el pobre, se encontraba rápidamente ante la
imposibilidad de hacer frente a su deuda y no tenía más remedio que cederle su
propiedad. A él o a otro, ya que, mientras tanto, el primer granuja había
vendido el acta de propiedad a otro tan granuja que, a su vez, también se había
apresurado a traspasársela a un tercero a cambio de una elevada suma de dinero.
Sin embargo, cuando el acta de propiedad llegaba a las manos del último
comprador el acta ya no tenía valor, ya que todo el gremio de granujas había
decidido vender las casas mal adquiridas en el mismo momento. Entonces ¿acabo
perdiendo quien creía ganar? ¿Es moral esta fábula de las "subprimes"? No
exactamente. Mientras que los pobres eran cada vez más pobres y sólo tenían ojos
para llorar, el primer granuja y los demás, se habían enriquecido con creces
antes de escabullirse en una naturaleza salvaje.
Pero "¿qué fue del último?" me preguntará usted. Él también perdió mucho dinero.
Perdió mucho más que el pobre pero, a la vez, mucho menos en comparación con su
fortuna. Pero él pertenece a la raza de los pudientes. Y si cae, todos saben que
puede arrastrar en su hundimiento a muchísima gente. Especialmente todos
aquellos que necesitan su dinero para inventar, el día de mañana, otras hermosas
y verídicas historias como el de las "subprimes". Gracias a Dios, en ese país
donde atan los perros con longaniza, existe un gobierno que hace valer la
Justicia....y devolverles el dinero perdido. Pero ¿qué hace el Gobierno para
poder devolver el dinero al último granuja? Pues nada : recauda un impuesto. Y
¿quién paga el impuesto? Pues el pobre, evidentemente, él y todos sus
semejantes.
¿Cree que exageramos ? No exactamente ya que si nuestra fábula - totalmente
inmoral - terminase aquí, estaría casi alcanzando la realidad. Cada día es más
probable que el Estado norteamericano no tendrá otro remedio que garantizar esos
préstamos inmobiliarios reducidos a nada. Según la declaración de un economista,
citado el pasado lunes en Le Monde, eso "costaría a los contribuyentes
estadounidenses unos quinientos mil millones de dólares por lo menos."
Eso significa que muchos pobres tendrán que pagar durante muchísimo tiempo, para
poder rembolsar una deuda que no es suya y borrar así una infamia de la que no
son culpables y de la que algunos de ellos fueron las primeras víctimas. Y si
esto no se produce, significará el hundimiento de todo el sistema, relegando a
la miseria a millones de pobres. Los mismos, siempre los mismos.
Esta historia es edificante. Sólo tiene un defecto. En la vida real esos
granujas no son verdaderamente granujas. Los conocemos : son los inversores y,
al final de la cadena, banqueros. Sólo están haciendo su trabajo. No cometen
ningún delito. El "granuja" es el sistema en su conjunto. Esa estafa no es una
estafa, es lo que solemos llamar "capitalismo financiero" o "neoliberalismo".
Los peces gordos especulan y los pequeños se ven despojados de sus bienes. Es
natural. Es la regla de un sistema sin reglas. Y son los políticos quienes han
decidido esta desregulación planetaria. Se podría imaginar que están
arrepentidos. Sobretodo cuando son...¡ ay ! ¿ cómo se decía ? - "de izquierdas"
- y alardean de defender a los más necesitados. Pero este no es el caso, sino
todo lo contrario, ya que empeoran la situación.
El recentísimo Tratado de Lisboa (que ni siquiera ha sido sometido al voto
popular) confirma este sistema, instituyéndolo en Europa. Lea usted el artículo
56 que prohíbe cualquier traba a la circulación de los capitales y prohíbe a los
políticos aplicar cualquier tipo de intervencionismo. Asociándonos a la petición
de un grupo de economistas europeos que piden su derogación del Tratado no
pretendemos, desde luego, detener la crisis que se avecina casi por arte de
magia. Con ello pretendemos, al menos, bloquear la situación para devolver a los
políticos su poder en materia de finanzas. Finanzas que resultan tan creativas
cuando se trata de explotar todas las riquezas del planeta.
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Traducido por Manuel Colinas y
corregido por Investig'Action