El
24 de junio de 2007, Associated Press reportó que en el período crítico
del debate en torno al inmigración el año pasado, de abril a junio de
2006, el número de arrestos de inmigrantes alcanzó una cifra superior al
doble de arrestos en el mismo período en 2005.
Según información obtenida por AP tras presentar una
solicitud en el marco de la Ley de Libertad de Información, se arrestó a
casi 5.000 inmigrantes.
Alrededor de 20.000 trabajadores fueron deportados en
2006. Los agentes de la Oficina de Inmigración y Aduanas hicieron redadas
en fábricas y comunidades de todo el país: por lo general, echaron abajo
las puertas de los hogares en las primeras horas de la mañana o entraron a
las fábricas con ametralladoras y máscaras.
A este clima de terror se suman noticias como la
siguiente: el 8 de julio el Miami Herald reportó que se cree que 630.000
inmigrantes en Estados Unidos han recibido órdenes de deportación.
Se trata de madres, padres, hijos e hijas, esposas,
esposos, compañeros —todos ellos trabajadores— que viven inmersos en el
miedo de las redadas y las deportaciones sinfín mientras se diluye la
esperanza de la legalización.
Nuevas leyes como indicio de más ataques en contra
de los trabajadores inmigrantes
El gobierno de Bush asestó otro golpe contra los
inmigrantes al tiempo que otorgó una gran concesión a los intereses de la
derecha el pasado mes de agosto, cuando anunció importantes medidas
vinculadas a la política migratoria.
Posteriormente, el 10 de agosto de 2007, funcionarios
del Departamento de Seguridad Nacional anunciaron un nuevo paquete de
planes relativos a la inmigración que, según declaraciones del gobierno,
se apoyarían en múltiples redadas en los lugares de trabajo. (New York
Times, 8 de agosto de 2007).
Según el Centro de la Ley Nacional de Inmigración, los
planes incluyen:
• una mayor militarización de la frontera entre México
y Estados Unidos (en julio, el Senado añadió 3 mil millones de dólares al
rubro de seguridad nacional; la mayor parte del monto habría de asignarse
a la frontera);
• la ampliación de instalaciones de detención sin
reparar en las generalizadas violaciones a los derechos humanos que ahí
tienen lugar;
• un menor acceso a audiencias en tribunales para
cuestionar órdenes equivocadas de deportación;
• la “eficientización” de programas de trabajadores
temporales en los que se cometen abusos aún no atendidos, y
• la ampliación de la lista de presuntas “pandillas”
internacionales a las que se niega el derecho de entrada a Estados Unidos.
La elaboración de las medidas anunciadas —que en total
son 26— estuvo a cargo de una apabullante coordinación de entidades
gubernamentales, como los Departamentos de Estado, Trabajo, Comercio,
Seguridad Nacional, Educación y Tesoro, además de la Administración de
Seguridad Social.
Sin embargo, los principales voceros de la propuesta
fueron Michael Chertoff, Secretario del Departamento de Seguridad Nacional
y Carlos Gutiérrez, Secretario de Comercio.
La preponderancia del Departamento de Seguridad
Nacional en el tema es una prueba de la actitud punitiva y represiva del
gobierno hacia la población inmigrante.
Si bien la mayoría de las propuestas recientes
continúan o amplían las políticas vigentes, anuncian un ataque despiadado
no sólo en contra de los trabajadores inmigrantes sino, en realidad, en
contra de todos los trabajadores estadounidenses.
Dos de los elementos clave de las medidas anunciadas
que más prensa reciben están vinculados a la política de seguridad social
y las sanciones a los empleadores, es decir, más multas para los patrones
que, a sabiendas, contratan trabajadores indocumentados.
Esas medidas indican que con ellas la clase dominante
pretende no sólo empujar aún más a los inmigrantes a la economía informal
y provocar el miedo entre la población, sino bloquear cualquier intento de
organización.
La adopción de tales medidas pretende aliviar la
creciente crisis económica y evitar así que estalle una revuelta masiva
entre la población.
Bajo pena de sanción, los empresarios deberán despedir
a los trabajadores que utilicen números falsos de la Seguridad Social. Se
espera que estas directrices entren en vigor dentro de 30 días.
Los empresarios han ignorado durante décadas las
notificaciones de la Administración de Seguridad Social según las cuales
los nombres y los números de la seguridad social de los trabajadores no
coincidían con los datos que tenía el gobierno. Son las denominadas
“discrepancias” (no-match).
Los empresarios dispondrán de un período fijo,
posiblemente de hasta 90 días, para resolver las discrepancias. Si los
documentos de los trabajadores no se pueden comprobar, deberán despedir a
los trabajadores o arriesgarse a multas de hasta 10.000 dólares.
Las nuevas medidas estipulan la colaboración entre el
Departamento de Seguridad Nacional y la Administración de la Seguridad
Social, lo que presagia la conversión de la Administración de Seguridad
Social en una herramienta para la aplicación de la ley de inmigración. Se
espera que la Administración de Seguridad Social envíe en un breve período
alrededor de 140,000 cartas de “discrepancia” que implicarán a ocho
millones de trabajadores.
Uno de los mayores centros de detención del país,
situado en Raymondville (Texas), aloja de manera inhumana a 2.000
inmigrantes, encerrados durante 22 horas al día a un costo de 65 millones
de dólares. En el centro no sólo hay adultos, también niños, vestidos con
uniformes de color naranja, exactamente iguales que en todas las cárceles
del país. Ésta es una prueba de que hoy en día las únicas opciones que le
quedan a la clase obrera son cada vez más la cárcel o alistarse en el
ejército, mientras que los ricos, que son los auténticos criminales, son
libres de hacer lo que deseen.
Alrededor de 230.000 personas al año pasan por alguna
fase del sistema de detención.
No hay ningún tipo de legislación o debate de
importancia que se ocupe de los verdaderos problemas.
La
inmigración es un fenómeno internacional
La gran mayoría de los inmigrantes que vienen a Estados
Unidos no lo hacen por gusto; vienen porque no les queda más remedio.
Vienen arriesgando sus vidas porque las medidas estadounidenses,
económicas y políticas, han arruinado sus países. Vienen porque Estados
Unidos patrocina el terrorismo en sus países, como la política
estadounidense en Centroamérica en la década de 1980 y el golpe de Estado
en Haití en la década de 1990 y, más tarde, el secuestro de Aristide, el
presidente de Haití en 2004 o la represión neofascista de Colombia con el
régimen de Uribe.
El mayor porcentaje de inmigrantes hoy en día procede
de México. Entre los años 2000 y 2005, México perdió 900.000 puestos de
trabajo rurales y 700.000 en la industria, todo ello debido al Tratado de
Libre Comercio (TLC).
En la actualidad, la política de inmigración representa
un fenómeno que va más allá de los asuntos que comenta todas las noches el
racista Lou Dobbs para provocar el miedo. A las fuerzas productivas del
capitalismo actual y a la expansión económica imperialista se les suele
dar el nombre de “globalización”. Las masas oprimidas en todos y cada uno
de los continentes del mundo se han alzado para exigir el fin de la
globalización.
La histeria contra la inmigración es un fenómeno
mundial que se observa en todos los países capitalistas desarrollados. En
Francia, por ejemplo, se ataca y apalea a los inmigrantes africanos o
turcos.
¿Por qué se produce este fenómeno internacional? Porque
existe un flujo de emigrantes que cruzan la frontera en busca de trabajo y
que hoy alcanzan la cifra de más de 200 millones de personas en todo el
mundo. Es una ola de trabajadores en movimiento, de emigración forzosa de
gran parte de la humanidad, que ha alcanzado proporciones épicas.
Es el resultado del sistema capitalista que está sumido
en una profunda y grave crisis. La clase dominante del capitalismo no
puede frenar la resistencia del pueblo iraquí, que lucha heroicamente
contra los ocupantes. No puede detener el flujo humano que lucha contra
las condiciones de vida desesperadas en todo el globo.
Es una crisis en la que los trabajadores no pueden
comprar los productos que ellos mismos producen.
Es necesario utilizar el racismo para dividir a una
clase trabajadora multinacional, de forma que su rabia y su energía se
dirijan contra ellos mismos en lugar de contra la clase capitalista. El
racismo tiene que tratar de impedir que Estados Unidos se “coloree”, pues
considera que ésa es la auténtica amenaza debido a la historia de opresión
contra los negros.
¿Cuál es la solución para la desesperación y la
frustración que atenaza a los activistas por los derechos de los
inmigrantes? Construir un movimiento independiente, ajeno a los dos
partidos pro-capitalistas, que han demostrado a lo largo del tiempo y
durante toda su historia que siempre defenderán los intereses del
capitalismo por encima de los derechos de las personas.
El movimiento por los derechos de los inmigrantes debe
confiar en que la gente unida tiene poder y no contar con los poderes
vigentes. La legalización y los derechos para los trabajadores inmigrantes
no surgirán de los grupos de poder en Washington, sino de las calles de
este país.
El movimiento por los derechos de los inmigrantes en
Estados Unidos no puede avanzar sin establecer lazos con otras luchas
aquí, en nuestro país. Eso significa solidaridad con las mujeres, con los
supervivientes del Katrina, con los trabajadores de Delphi, con los
movimientos contra la guerra, contra el racismo, contra el sexismo y
contra la opresión del colectivo lésbico-gay. Como los militantes de los
movimientos de trabajadores repiten una y otra vez, los derechos de los
inmigrantes son los derechos de los trabajadores.
En la semilla de esta lucha está la construcción de un
mundo sin fronteras, sin explotación y sin guerras.
Resistencia en México
El pasado 31 de enero, decenas de miles de campesinos y
pequeños agricultores llegaron con sus tractores y otros vehículos desde
todas partes de México para reunirse en el DF. A ellos se unieron
activistas de destacados sindicatos militantes en una tremenda muestra de
unidad entre trabajadores del campo y de la ciudad. ¿Qué exigían? La
revocación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, mejor
conocido como el TLC.
Con esta acción, los campesinos mexicanos sacaron a
relucir un fenómeno mundial que nunca aparece en las feroces diatribas de
los expertos derechistas de la CNN, como Lou Dobbs o los candidatos
republicanos, que se esfuerzan por culpar a los inmigrantes de los
problemas de la sociedad. Más de 180 millones de trabajadores en todo el
planeta se han visto obligados a abandonar sus países a causa de las
políticas económicas capitalistas en una de las migraciones más colosales
de la historia de la humanidad.
Esta emigración forzada es cruel y martirizante. Todo
aquel que deja su país en África, Asia, el Caribe y América Latina
arriesga su vida en busca de subsistencia. Los magnates en los centros
imperialistas han utilizado esta mano de obra barata y prescindible para
expandir el capitalismo, ese mismo sistema en el que sus políticos hacen
campaña para deportar inmigrantes en números récord.
Al igual que en épocas anteriores del crecimiento
capitalista, como sucedió en la genocida y brutal trata de esclavos —que
dio lugar a la masacre de decenas de millones de africanos— los
trabajadores de hoy también reciben un trato de mercancía desechable.
¿Cuál es la causa de de esta emigración sin precedentes
de trabajadores desde los países oprimidos hasta los países capitalistas
económicamente dominantes?
El presidente Bill Clinton firmó la ley del Tratado de
Libre Comercio en diciembre de 1993 y forzó a millones de trabajadores y
campesinos mexicanos a salir de sus tierras y cruzar la frontera de
Estados Unidos.
Cruzar esa frontera —con o sin documentos— no es nada
nuevo para los trabajadores mexicanos, cuya relación con ella tiene
siglos. Pero el TLC ha intensificado la situación de extrema pobreza del
pueblo mexicano.
Los mexicanos han rechazado el TLC desde el primer día.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), compuesto
principalmente por indígenas, irrumpió en el mundo político exactamente el
1 de enero de 1994, el mismo día en que el TLC entraba en vigor en México
y precisamente para oponerse a él.
Un punto principal de la lucha en México en contra del
TLC ha sido una enmienda a un importante artículo de la Constitución
Mexicana, el Artículo 27, obtenido durante la Revolución de 1910, que
prohibía la venta de tierras campesinas comunales conocidas como ejidos.
La victoria de los imperialistas estadounidenses al añadir esta enmienda
se convirtió en una pesadilla para los campesinos mexicanos.
Hoy la lucha contra el TLC no solo continúa, sino que
se está intensificando.
Uno de los lemas fundamentales de este floreciente
movimiento popular que se congregó el 2 de enero para organizar la acción
del 31 de enero es “sin maíz no hay país”. Los grupos campesinos, todos
ellos miembros de Diálogo Nacional, exigieron que el Congreso mexicano,
así como las Comisiones Agrarias y Permanentes Mexicanas revoquen el TLC.
La declaración, que representa a cientos de grupos,
dice en parte: “Durante los 14 años del TLC, el desempleo, la inmigración,
la destrucción de nuestras actividades agrícolas, la concentración de
recursos en pocas manos, el deterioro del poder adquisitivo y de los
salarios y la pobreza extrema han aumentado de forma alarmante”.
En agosto de 2007, un instituto mexicano señaló lo
siguiente: “México tiene más de 6.4 millones de personas desempleadas, lo
cual representa un 13% de los 49,35 millones de mexicanos en edad de
trabajar. Durante los seis años de la presidencia de Vicente Fox, 3,26
millones de personas emigraron, es decir, un promedio de 500,000 al año”.
La declaración continúa diciendo que “según las
estadísticas de octubre de 2004, se calcula que 1,5% del total de la
población nacional controla aproximadamente la tercera parte del valor
total de bienes y servicios” y “las familias más pobres sobreviven con 86
pesos por día, mientras que las más ricas reciben 1.296 pesos diarios”.
La organización campesina también exige que el TLC sea
remplazado por un nuevo modelo “basado en el respeto, que desarrolle la
propiedad social de la tierra y facilite un presupuesto federal para
ayudar a los pobres” y a los campesinos de ingresos medios.
Exige que “la soberanía y la autosuficiencia en la
alimentación sean las metas de la trasformación de la economía nacional,
porque sin maíz y frijoles no hay país”.
Otra exigencia revolucionaria es la de “evitar la
proliferación de los organismos genéticamente modificados (OGM) que son
nocivos para nuestra salud”. Los campesinos mexicanos están documentando
que las semillas naturales del país están empezando a desaparecer. Los
campesinos se ven forzados a sembrar semillas híbridas procedentes de
corporaciones imperialistas como Monsanto (de EE.UU.) y Bayer (de
Alemania). Las plantas que crecen de estas semillas no producen nuevas
semillas, lo cual aumenta aún más la dependencia de tales compañías.
“Los campos no pueden aguantar más”, dice una de las
consignas en las protestas.
Lucha Castro, prominente abogada y activista de la
mujer, dijo durante un mitin contra el TLC que “el TLC y las políticas del
gobierno relacionadas con él son responsables de la expulsión de 5
millones de personas de las zonas rurales de México. Apenas 2% de las
unidades productivas agrícolas de México se beneficia del tratado,
mientras que 80% de las exportaciones agrícolas mexicanas está controlado
por capital extranjero.
“Durante todos estos años, los bosques y la tierra han
sido devastados para competir con Estados Unidos y nuestros acuíferos han
sido sobreexplotados”, siguió Castro.
“Los consumidores mexicanos no se han beneficiado de
mejores precios. En 1994 se podían comprar 20 kilos de tortillas y ocho
kilos de frijoles con un salario mínimo. Hoy en día sólo se pueden comprar
seis kilos de tortillas y tres kilos de frijoles.”
El movimiento contra el TLC toma fuerza
Estas duras circunstancias están despertando una lucha
militante. Un destacado periódico del norte de México, Frontera
Norte-Sur, señaló que el TLC está despertando “el espíritu de Pancho
Villa”, líder de la Revolución Mexicana, especialmente en el norte del
país.
El 18 de enero, en una fría mañana, trabajadores y
campesinos del Movimiento de Resistencia Campesina Francisco Villa se
reunieron en Ciudad Juárez para iniciar una caravana de tractores hacia la
Ciudad de México. Las bajas temperaturas causaron muertes por hipotermia y
envenenamiento por monóxido de carbono, según informó Frontera
Norte-Sur.
El MRCFV exigía que el gobierno mexicano renegociara el
TLC bajo la consigna de la “Campaña Nacional ¡sin maíz, no hay país!”.
La caravana de tractores siguió la misma ruta de Pancho
Villa en su marcha hacia la capital en 1914 y debía reunirse con otros
manifestantes el 31 de enero en la Ciudad de México.
Uno de los líderes veteranos del movimiento le
manifestó a la prensa que “los viejos tractores de la caravana son lo
mejor de la cosecha en un campo donde los bueyes y las mulas todavía dejan
surcos en la tierra”. Tan distinto del negocio agropecuario
estadounidense.
La oposición al TLC siguió creciendo. Miembros electos
de ambos partidos principales respaldaron el llamado del movimiento.
Legislaturas estatales aprobaron resoluciones en apoyo a las demandas.
Varios obispos prominentes se han adherido a la campaña. Organizaciones
campesinas que en un principio aprobaban el TLC ahora exigen revisiones.
Campesinos de varios estados se quejan de que el TLC
viola la Constitución Mexicana y dichas acusaciones pueden forzar a la
Corte Suprema a revisar la constitucionalidad del TLC.
Catorce años de privaciones a causa del TLC han forzado
al pueblo mexicano a cruzar la frontera. Pero su lucha continua muestra
que la represión engendra resistencia y que los acuerdos imperialistas
como el TLC pueden y deben ser revocados y derrocados.
Lou Dobbs, la xenofobia y el intento de dividir a los trabajadores
Hace tiempo que a muchos militantes del movimiento por
los derechos de los inmigrantes y contra el racismo se nos ha advertido
del peligro de Lou Dobbs, locutor de noticieros de la CNN y presentador
del programa “Lou Dobbs Tonight”, que pasa buena parte de su programa
culpando a los inmigrantes, sobre todo a los que no tienen papeles, de
todos los problemas de la sociedad capitalista.
Veamos quién es y lo que representa.
Lou Dobbs es un licenciado por Harvard que proviene de
la clase obrera. En 1980, después de haber pasado por muchos empleos en la
industria de las noticias fue reclutado por la recién inaugurada CNN. Allí
trabajó como asesor económico en jefe y presentador del programa
“Moneyline” [La línea del dinero]. En junio de 2003, “Moneyline” se
convirtió en “Lou Dobbs Tonight”, programa del que ha sido director desde
entonces.
Los principales periódicos califican reiteradamente a
Dobbs de populista. Esta calificación se basa sobre todo en la cantidad de
programas que dedica a la pérdida de puestos de trabajo como resultado de
la “subcontratación”. Muchos trabajadores que han perdido sus trabajos o
tienen miedo de perderlos consideran interesante este punto de vista. La
revista Mother Jones, considerada progresista, publicó en 2005 una
entrevista muy cordial sobre este asunto.
Pero no nos equivoquemos, Dobbs es peligroso para los
trabajadores y los desfavorecidos. En un momento en el que se está
produciendo una temible crisis económica, en el que se están embargando
muchas casas, cuando Citicorp anuncia miles de suspensiones de puestos de
trabajo, las peroratas de Dobbs contra los inmigrantes no son sólo
perjudiciales, son extremadamente peligrosas.
El populismo a lo Dobbs es resbaladizo y tiene
similitudes con el fascismo. Al igual que los clásicos movimientos
fascistas de las décadas de 1920 y 1930, Dobbs mezcla un llamado al
sufrimiento de los trabajadores con un malévolo chivo expiatorio que son
“los otros”… y, en el caso de Dobbs, los otros son fundamentalmente
inmigrantes latinoamericanos.
Las chácharas nocturnas de su programa van dirigidas de
manera innegable a la clase trabajadora, pero sus puntos de vista no
representan en absoluto sus intereses. Las diatribas de Dobbs quieren
dividir al pueblo, desarmar a las masas, así como provocar divisiones
entre la propia clase obrera; quieren hacer fracasar la lucha de los
trabajadores contra esas personas a las que él afirma arengar contra los
ricos y poderosos.
Dobbs es, de hecho, un demagogo en el peor de los
sentidos, sus llamados al público se basan en los prejuicios y el racismo.
Su afirmación de defender al “pueblo trabajador estadounidense”, a la
“desprotegida clase media”, es una mentira. Sus arengas y sus puntos de
vista benefician sólo a una clase y sólo a ésa: a la clase dirigente
capitalista, que pretende obtener una gran ventaja del éxito de Dobbs.
Una clase trabajadora que lucha contra sí misma es una
clase que no puede enfrentarse a su enemigo real: el imperialismo
estadounidense.
¿Por qué está Dobbs llevando a cabo una campaña tan
odiosa, nauseabunda y racista contra los inmigrantes? Porque su formación
en Harvard le permite darse cuenta de lo que está por venir. En el
horizonte se percibe una grave crisis económica. Habrá más hipotecas
ejecutadas, los almacenes Home Depot obtendrán menos beneficios, se
perderán más empleos.
¿Acaso no es más conveniente echarles la culpa a los
trabajadores inmigrantes que a los empresarios? ¿Acaso no es más fácil
señalar con el dedo a uno de los sectores más vulnerables de la clase
obrera?
Sin embargo, en el horizonte también se vislumbra la
lucha de los trabajadores y de los oprimidos. Tarde o temprano, incluso
algunos de esos obreros hoy seducidos por la visión del mundo de Dobbs se
darán cuenta de que no son los trabajadores inmigrantes quienes están
llevando a cabo los despidos ni quienes ejecutan las hipotecas de sus
casas. No son los trabajadores inmigrantes quienes destruyeron los diques
en Nueva Orleáns o colgaron las sogas de ahorcar en el árbol en Jena