

La presidencia
imperial
Noam Chomsky
elperiodico.com 26 de diciembre de 2004
Todo lo que
ocurre en EEUU tiene un impacto enorme en el resto del mundo. Y a la inversa.
Acontecimientos internacionales constriñen lo que puede hacer incluso el
Estado más poderoso. Y también influyen sobre la fracción estadounidense de
la segunda superpotencia, el término usado por The New York Times para
describir a la opinión pública mundial tras las movilizaciones previas a la
guerra de Irak. En cambio, pasaron años desde el inicio de la guerra de
Vietnam hasta que se desarrollaron manifestaciones serias de protesta.
El mundo ha cambiado desde entonces, no gracias a líderes benevolentes, sino
a través de la lucha popular, tardía pero finalmente eficaz.
El mundo está muy mal, pero mucho mejor que ayer, si consideramos cuál es el
rechazo que generan las agresiones. Debemos tener muy claras las lecciones de
esa evolución.
No resulta sorprendente que a medida que los pueblos se hacen más
civilizados, los sistemas de poder extremen los recursos en sus esfuerzos por
controlar a la 'gran bestia' (el término usado por Alexander Hamilton para
designar al pueblo). Y la gran bestia es realmente temible.
La concepción de la Administración de Bush de la soberanía presidencial es
tan extrema que ha generado críticas sin precedentes de los más mesurados y
respetados medios de prensa. En el mundo posterior a los ataques del 11-S, el
Gobierno se comporta como si las normas constitucionales y legales hubiesen
sido suspendidas, señala Sanford Levinson, profesor de Derecho en la
Universidad de Tejas, en la revista Daedalus.
El argumento de que puede hacerse cualquier cosa en época de guerra podría
formularse también así: 'No existe ninguna norma que pueda ser aplicable al
caos'. Una cita, señala Levinson, que es de Carl Schmitt, principal filósofo
del Derecho en el periodo nazi, a quien Levinson describe como la verdadera
eminencia gris de la Casa Blanca.
Asesorado por Alberto Gonzáles (actual secretario de Justicia), el Gobierno
ha articulado una teoría sobre la autoridad presidencial muy cercana al poder
que Schmitt estaba dispuesto a acordar a su führer, dice Levinson. No es
habitual escuchar palabras como éstas desde el corazón mismo del
establishment.
Esta concepción de una autoridad imperial inspira la política de la Casa
Blanca. La invasión de Irak fue al principio justificada como un acto de
autodefensa preventiva. El ataque violó los principios del Tribunal de Nüremberg,
base de los estatutos de la ONU, que declaró que el comienzo de una guerra de
agresión 'es el crimen internacional más grave, y sólo difiere de otros crímenes
de guerra en el hecho de que contiene dentro de sí el mal de todos ellos'.
De ahí los crímenes de guerra en Faluya y Abu Graib, el incremento en un
100% de la desnutrición aguda entre los niños iraquíes (en la actualidad
está al nivel de Burundi, y es muy superior a la de Haití o Uganda) y el
resto de las atrocidades.
A comienzos de año, después de que se informó que abogados del Departamento
de Justicia de EEUU intentaron demostrar que el presidente podía autorizar el
uso de la tortura, el decano de la facultad de Derecho de Yale, Harold Koh,
dijo al Financial Times que 'la idea de que el presidente tiene el poder
constitucional de permitir la tortura es como decir que tiene el poder
constitucional de cometer genocidio'.
Los asesores de Bush, así como el titular de Justicia, no dudarán en
asegurar que posee realmente ese derecho. Si es que la segunda superpotencia
le permite ejercerlo.
El Gobierno trata de encontrar cómo liberar a sus principales funcionarios de
toda responsabilidad. La sagrada doctrina de autoinmunidad seguramente se
aplicará al proceso a Saddam Hussein. Cuando Bush, el primer ministro Tony
Blair y otros personajes lamentan los terribles crímenes de Saddam siempre
omiten unas palabras: con nuestra ayuda, pues a nosotros no nos importaba.
'Se están haciendo todos los esfuerzos para crear un tribunal que parezca
independiente. Pero funcionarios norteamericanos han impulsado medidas para
controlarlo, para que no quede en entredicho el papel de EEUU y de otras
potencias que respaldaron el régimen', dijo a Le Monde Diplomatique Cherif
Bassiouni, profesor de Derecho en la Universidad DePaul, y experto en la
legalidad iraquí.
Eso hace que todo el proceso parezca la venganza del vencedor, algo
previsible.
En EEUU disfrutamos de un legado de privilegios y libertades que resulta
remarcable si se compara con los estándares históricos.
Podemos abandonarlo y optar por la fácil senda del pesimismo: no hay
esperanza, por lo tanto, hay que abandonar la lucha. Pero también podemos
aprovechar esta herencia para ampliar una cultura democrática en la cual el
pueblo desempeñe algún papel y pueda decidir no sólo en el terreno político,
sino en la crucial área de la economía.
No se trata de ideas extremistas. Fueron articuladas, por ejemplo, por John
Dewey, el principal filósofo social estadounidense del siglo XX, quien dijo
que hasta que el feudalismo industrial no sea reemplazado por la democracia
industrial, la política seguirá siendo la sombra que arrojan las grandes
corporaciones sobre la sociedad.
Dewey se basó en una larga tradición de pensamiento y de acción que se
desarrolló de manera independiente en la cultura de la clase obrera desde los
orígenes de la Revolución Industrial norteamericana. Tales ideas permanecen
bajo la superficie y podrían llegar a formar parte de nuestras sociedades, de
nuestras culturas e instituciones.
Pero nada ocurrirá por sí solo. Una de las lecciones más claras de la
historia, incluida la historia reciente, es que los derechos no son
graciosamente concedidos, sino conquistados.