
Soldados
de EEUU pueden ultimar a civiles, decir que eran terroristas... y nada se puede
comprobar «Muchos
reporteros se ven ahora reducidos a telefonear desde sus habitaciones al ejército
de ocupación o al gobierno "interino" iraquí para pedir informes»
Por Robert Fisk Periodismo
de hotel" es la única forma de llamarlo. Cada vez más los reporteros
en Bagdad cubren la información desde sus hoteles, y no en las calles de las
ciudades y pueblos de Irak. Algunos van a todas partes acompañados de
mercenarios occidentales armados hasta los dientes. Unos cuantos viven en
oficinas locales, de las cuales sus jefes les tienen prohibido salir. La mayoría
usan "enlaces" iraquíes -corresponsales de medio tiempo que arriesgan
la vida realizando entrevistas para periodistas estadunidenses o británicos-, y
ninguno puede aventurarse a viajar fuera de la capital sin días de
preparativos, excepto si va "incrustado" en las fuerzas de ocupación.
Periodismo
de hotel en la guerra de Irak

The Independent
19/01/05, 09.25 horas
Rara vez, si acaso alguna, habían los reporteros cubierto una guerra en forma
tan distante y restringida. Los corresponsales del New York Times viven en
Bagdad detrás de una barrera provista de cuatro torres de observación,
protegidos por guardias de seguridad reclutados entre la población local, que
portan rifles y llevan playeras con las siglas "NYT". Los de la cadena
NBC tienen su madriguera en un hotel provisto de rejas de hierro, y sus
consejeros de seguridad les prohíben salir a la alberca o al restaurante,
"ya no digamos al resto de Bagdad", no sea que vayan a atacarlos.
Varios periodistas occidentales sencillamente no salen de sus habitaciones
mientras están asignados a Bagdad.
Tan graves son las amenazas a los representantes de la prensa occidental, que
algunas estaciones de televisión hablan de retirar de plano a sus reporteros y
técnicos. En medio de una insurgencia en la que los occidentales -y muchos árabes,
así como otros extranjeros- son secuestrados y asesinados, cubrir esta guerra
se está volviendo algo cercano a lo imposible. El asesinato videofilmado de un
corresponsal italiano, el homicidio a sangre fría de uno de los principales
reporteros polacos junto con su camarógrafo búlgaro, y el no menos sanguinario
asalto a un informador japonés en la notoria carretera 8, al sur de Bagdad, el
año pasado, han convencido a muchos periodistas de que una gran dosis de
discreción es la mejor parte del valor.
The Independent, junto con varios otros periódicos británicos o estadunidenses,
aún cubre en persona las noticias en Bagdad, moviéndose con vacilación -para
no hablar de trepidación- por las calles de una ciudad que poco a poco es
tomada por los insurgentes.
Drásticos cambios en unos meses
Hace apenas seis meses era posible todavía partir de la capital por la mañana,
trasladarse en auto a Mosul, Najaf o alguna otra ciudad grande para cubrir una
nota, y volver al anochecer. Ya en agosto me llevaba dos semanas negociar una
dudosa seguridad para un viajecito de 150 kilómetros fuera de Bagdad.
Encontraba desiertos los retenes militares en las carreteras, los caminos
tapizados de camiones estadounidenses destrozados y vehículos policíacos
incendiados. Hoy es casi imposible. Los chóferes e intérpretes que trabajan
para los diarios y la televisión están amenazados de muerte. Varios han pedido
ser relevados de sus funciones el 30 de enero, para que no los reconozcan en las
calles durante las elecciones.
En la brutal guerra del decenio de 1990 en Argelia, por lo menos 42 reporteros
locales fueron asesinados y a un camarógrafo francés lo mataron a tiros en la
casbah de Argel. Pero las fuerzas de seguridad argelinas aún podían brindar un
mínimo de protección a la prensa: en Irak ni siquiera pueden protegerse a sí
mismas. La policía y la Guardia Nacional Iraquí -esa que los estadounidenses
proclamaron con bombo y platillo su sucesora después de la retirada de las
fuerzas de ocupación- están fuertemente infiltradas por insurgentes. Puede que
haya policías en los retenes, pero ya no está claro para quién trabaja. Los
periodistas occidentales, a menos que estén "incrustados", esquivan a
los soldados estadunidenses que operan en Bagdad y sus alrededores de la misma
forma en que lo hacen los iraquíes, por miedo a la indisciplina que los impulsa
a abrir fuego sobre civiles a la menor sospecha.
En esta situación afloran las preguntas. ¿Cuánto vale la vida de un
reportero? ¿La nota vale el riesgo? Y algo mucho más serio desde el punto de
vista ético: ¿por qué no más periodistas informan sobre las restricciones
con las cuales realizan su trabajo?
Durante la invasión angloestadunidense de 2003, los editores, antes de
presentar envíos de reporteros desde el Irak de Saddam Hussein, insistían en
hacer una advertencia sobre las restricciones con las cuales operaban. Pero hoy,
cuando nuestros movimientos están mucho más circunscritos, ninguna tal
"saludable advertencia" acompaña esos reportes. En muchos casos los
televidentes y lectores se quedan con la impresión de que el o la periodista
tiene libertad de viajar por Irak para verificar las notas que con tanta
confianza envían. No es así.
"A los militares estadunidenses esta situación les cae de perlas",
dice un veterano corresponsal estadunidense en Bagdad. "Saben que si
bombardean una casa llena de personas inocentes, pueden afirmar que es una base
’terrorista’ y quedarse tan campantes. No quieren que andemos husmeando por
Irak, y de esa forma la amenaza ’terrorista’ es la gran noticia para ellos.
Pueden declarar que han matado a 600 o mil insurgentes y no tenemos forma de
comprobarlo porque no podemos ir al cementerio ni visitar los hospitales, pues
no queremos que nos secuestren o nos rebanen el pescuezo."
Así pues, muchos reporteros se ven ahora reducidos a telefonear desde sus
habitaciones al ejército de ocupación o al gobierno "interino" iraquí
para pedir informes, y quienes les pasan los "hechos" son hombres y
mujeres que están todavía más aislados en Irak que ellos, en la zona verde de
Bagdad, en los alrededores del antiguo palacio republicano de Saddam Hussein. O
bien reciben sus datos de los corresponsales "incrustados" en las
tropas estadounidenses, los cuales, por necesidad, sólo consiguen el lado estadounidense
de la historia.
Sí, todavía es posible informar desde las calles en Bagdad. Pero cada vez
menos de nosotros lo hacemos, y puede llegar un momento en que tengamos que
sopesar el valor de nuestras notas contra el riesgo de nuestra vida. No hemos
llegado aún a ese punto. Hasta ahora, todavía vemos un poco más de Irak que
la gente que afirma estar gobernando este país.