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consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
El
motín es la única salida
Naomi Klein
¿Podemos
por favor dejar de hablar de un cenagal cuando nos referimos a Irak? En
Irak, los Estados Unidos no se están hundiendo en un pantano, ni en una ciénaga:
están en caída libre de un precipicio. Lo único que cabe preguntarse
ahora es: ¿quién seguirá a Bush en este precipicio, y quién se negará a
saltar?
Afortunadamente, cada vez son más los que eligen la segunda opción. El último
mes de la agresión estadounidense en Irak -mayo- ha inspirado lo que sólo
puede ser descrito como un motín: de repente, oleadas de soldados, de
trabajadores y de políticos bajo el mando de las autoridades de ocupación
estadounidenses han empezado a negarse a obedecer las órdenes y a abandonar
sus puestos. Primero fue España quien anunció que retiraría sus tropas,
después Honduras, República Dominicana, Nicaragua y Kazajstán. Las tropas
de Corea del Sur y Bulgaria se replegaron en sus bases, y Nueva Zelanda está
retirando a sus ingenieros. Es muy probable que El Salvador, Noruega, los Países
Bajos y Tailandia sean los próximos en seguir sus pasos.
Y está también el ejército iraquí, controlado por EEUU. Desde la última
oleada de combates, sus soldados están entregando las armas a los
combatientes de la resistencia del sur y se niegan a luchar en Faluya. A
fines de abril, el comandante general Martin Dempsey, comandante de la 1ª
División Acorazada, informó de que “cerca de un 40% han abandonado sus
puestos de trabajo debido a la intimidación. Y, de hecho, más o menos un
10% ha estado trabajando en contra de nosotros”.
Y no son sólo los soldados iraquíes lo que han estado abandonando la
ocupación. Cuatro ministros del consejo de gobierno iraquí han dimitido
como protesta; y la mitad de los iraquíes que trabajan en la impenetrable
“zona verde” –como traductores, conductores, personal de limpieza–
no acuden a sus puestos. Pequeños signos de amotinamiento están
apareciendo incluso entre los rangos del ejército estadounidense: los
soldados Jeremy Hinzman y Brandon Hughey han solicitado asilo en Canadá
como objetores de conciencia, y el sargento Camilo Mejía se enfrenta a un
consejo de guerra por negarse a volver a Irak alegando que ya no sabía para
qué se estaba luchando.
Rebelarse contra la autoridad estadounidense en Irak no es un acto de traición,
ni supone dar “un falso consuelo a los terroristas”, tal como George
Bush advirtió recientemente al presidente español. Es una respuesta
totalmente racional y de principios a las políticas que han puesto a todos
los que viven y trabajan bajo el mando estadounidense en una situación de
peligro muy grave e inaceptable. Esta visión la comparten los 52 ex-diplomáticos
británicos que, en una carta a Tony Blair, afirmaron que aunque respaldaban
sus intentos de influir sobre la política estadounidense en Oriente Medio,
“no hay nada que justifique apoyar políticas que están condenadas al
fracaso”.
Y cuando sólo ha pasado un año, la ocupación estadounidense parece estar
condenada en todos los frentes: político, económico y militar. En el
frente político, la idea de que los EEUU podían llevar la verdadera
democracia a Irak está ahora irremediablemente desacreditada: demasiados
parientes del consejo de gobierno iraquí han recibido chollos y contratos a
dedo, demasiados grupos que exigían elecciones directas han sido
suprimidos, demasiados periódicos se han cerrado y demasiados periodistas
árabes han sido asesinados. Las bajas más recientes han sido las de dos
empleados de la televisión Al-Iraqiya, asesinados por la balas de soldados
americanos mientras grababan un puesto de control en Samarra. Al-Iraqiya es
el canal de propaganda controlado por EEUU que tenía que debilitar a Al-Jazeera
y Al-Arabiya, que también han perdido a varios reporteros por la acción de
las armas y cohetes estadounidenses durante el último año.
El plan de la Casa Blanca de convertir Irak en una economía de libre
mercado modélica tampoco pasa por su mejor momento, asolado por los escándalos
de corrupción y la rabia de los iraquíes, que no han visto ningún
beneficio -ni en los servicios ni en el empleo- de la reconstrucción. Las
exposiciones comerciales se han cancelado en todo el país, los inversores
se están trasladando a Amman y el ministro de vivienda iraquí calcula que
más de 1.500 contratistas extranjeros han abandonado Irak. Mientras tanto,
Bechtel ha admitido que ya no puede operar “en los puntos calientes”
(los fríos son pocos), los camioneros tienen miedo de viajar con mercancías
valiosas y General Electric ha suspendido el trabajo en centrales eléctricas
clave. El momento no podía ser peor: se acercan los calores del verano y la
demanda de electricidad está a punto de aumentar.
A medida que este desastre predecible (y predicho) se hace evidente, muchos
recurren a las Naciones unidas en busca de ayuda. Ya en enero, el Gran
Ayatollah Ali al-Sistani pidió a la ONU que apoyara su demanda de
elecciones directas. Más recientemente, pidió a la ONU que se negara a
ratificar la odiada constitución provisional, que la mayoría de iraquíes
ve como un intento estadounidense de seguir controlando el futuro de Irak
mucho después del “traspaso” del 30 de junio, dando, entre otras
medidas, un total poder de veto a los kurdos, el único aliado que les queda
a los estadounidenses. Antes de retirar sus tropas, José Luis Rodríguez
Zapatero, el presidente español, pidió a la ONU que ocupara el lugar de
EEUU. Hasta Moqtada al-Sadr, el clérigo chiíta “prófugo”, ha pedido a
la ONU que evite un baño de sangre en Nayaf.
¿Y cual ha sido la respuesta de la ONU? Peor que el silencio: se ha
alineado con Washington en todas estas cuestiones clave, haciendo añicos
cualquier esperanza de que pueda proporcionar una verdadera alternativa a la
ilegalidad y brutalidad de la ocupación estadounidense. Primero se negó a
apoyar la exigencia de elecciones directas, alegando motivos de seguridad,
una respuesta que debilitó al moderado Sistani y reforzó a al-Sadr, cuyos
partidarios siguieron exigiendo elecciones directas. Esto es lo que provocó
la decisión de Paul Bremer de eliminar a al-Sadr, lo que a su vez llevó a
la provocación que incitó el levantamiento chiíta.
La ONU ha hecho los mismos oídos sordos a las peticiones de sustituir la
ocupación militar estadounidense por una operación de pacificación. De
hecho, ha dejado claro que sólo volverá a Irak si los EEUU son los que
garantizan la seguridad de su personal, ignorando, aparentemente, que estar
rodeado de guardaespaldas americanos es la mejor forma de asegurar que la
ONU se convierta en un objetivo.
La mayor traición de la ONU está en la forma en que está volviendo a
entrar en Irak: no como agente independiente, sino como un pretencioso
subcontratista de EEUU, el brazo político de la ocupación estadounidense.
El gobierno de transición post-30 de junio que está organizando el enviado
de la ONU Lakhdar Brahimi estará sujeto a todas las limitaciones de la
soberanía de Irak que provocaron la rebelión actual. EEUU mantendrá el
control total de la “seguridad”. Controlará los fondos de reconstrucción.
Y lo que es peor, el gobierno de transición estará sujeto a las leyes
establecidas por la constitución provisional, incluyendo la cláusula que
dice que debe hacer cumplir las órdenes escritas por los ocupantes
estadounidenses. La ONU debería estar defendiendo a Irak de este intento
ilegal de socavar su independencia. En cambio, vergonzosamente, lo que está
haciendo es ayudar a Washington a convencer al mundo de que un país bajo
una ocupación militar permanente por parte de una potencia extranjera es en
realidad soberano.
Pero la ONU podría redimirse: podría decidir sumarse al motín, aislando aún
más a EEUU. Esto ayudaría a obligar a Washington a entregar el poder real,
en última instancia a los iraquíes, pero en primer lugar a una coalición
multilateral que no hubiera participado en la invasión y ocupación, y que
tuviera la credibilidad suficiente para supervisar unas elecciones directas.
Esto podría funcionar, pero sólo a través de un proceso que protegiera
encarnizadamente la soberanía de Irak. Esto supondría:
- Deshacerse de la constitución provisional: es tan odiada, que cualquier
entidad gobernante que estuviera sujeta a sus disposiciones sería
considerada ilegítima. Algunos dicen que Irak necesita esta constitución
provisional para evitar que unas elecciones abiertas entreguen al país a
los extremistas religiosos; sin embargo, según una encuesta reciente de
Oxford Research International, los iraquíes no tienen ningún deseo de ver
como su país se convierte en otro Irán.
También hay formas de proteger los derechos de las mujeres y de las minorías
sin obligar a Irak a aceptar una constitución escrita bajo una ocupación
extranjera. La solución más simple sería recuperar ciertos pasajes de la
constitución provisional iraquí de 1970, que, según Human Rights Watch,
“garantizaba formalmente la igualdad de derechos de las mujeres y
aseguraba explícitamente su derecho a votar, ir a la escuela, ser
candidatas en las elecciones y tener propiedades”. Además, esta
constitución consagraba la libertad religiosa, las libertades civiles y el
derecho a organizarse en sindicatos. Estas cláusulas pueden rescatarse sin
ninguna dificultad, eliminando las partes del documento diseñadas para
reforzar el dominio del Baaz.
- Poner el dinero en fideicomiso; uno de los puntos clave de la gestión de
la transición de Irak hacia su soberanía es la protección de sus activos:
los ingresos del petróleo, lo que queda del dinero del programa petróleo
por alimentos y lo que queda de los 18,4 mil millones de los fondos de
reconstrucción. Actualmente, los EEUU planean seguir controlando este
dinero hasta mucho después del 30 de junio. La ONU debería insistir en que
se pusiera en fideicomiso, para que lo gastara un gobierno iraquí elegido
en las urnas.
- Deschalabizar Irak: hasta ahora, los EEUU no han sido capaces de
instalar a Ahmed Chalabi como el próximo líder de Irak (su historial de
corrupción y de falta de base política son prueba de ello). Y sin embargo,
los miembros de la familia Chalabi han recibido, sigilosamente, el control
de todas las áreas de la vida política, económica y judicial.
Fue un extraño proceso en dos fases. En primer lugar, como jefe de la
comisión de desbaazización, Chalabi purgó a sus rivales. Después,
como director del comité económico y financiero del consejo gobernante,
colocó a sus amigos y aliados en los puestos clave de ministro del petróleo,
ministro del comercio, ministro de finanzas, gobernador del banco central,
etc. Ahora, el sobrino de Chalabi, Salem Chalabi, ha sido nombrado por EEUU
presidente del tribunal encargado de juzgar a Saddam Hussein. Y una empresa
muy cercana a Chalabi ha recibido el contrato para custodiar las
infraestructuras petrolíferas de Irak, lo que esencialmente supone un
permiso para crear un ejército privado. Dejar a Chalabi fuera del gobierno
provisional no es suficiente. La ONU debe desmantelar el estado a la sombra
creado por Chalabi iniciando un proceso de deschalabización igual al
ahora abandonado proceso de desbaazización.
- Exigir la retirada de las tropas estadounidenses: al exigir a EEUU que actúe
como su guardaespaldas como condición de su reentrada en Irak, la ONU ha
hecho lo contrario de lo que debería hacer. Debería entrar sólo si EEUU
se retira. Las tropas que participaron en la invasión y la ocupación deberían
ser sustituidas por fuerzas de pacificación de los países árabes vecinos
encargados de crear las condiciones de seguridad necesarias para las
elecciones generales.
El 25 de abril, el editorial del New York Times exigió exactamente
lo contrario, afirmando que sólo una gran inyección de tropas
estadounidenses y un “aumento real y a largo plazo de las fuerzas en
Irak” podía garantizar la seguridad. Pero estas tropas, si llegan, no
proporcionarán seguridad a nadie, ni a los iraquíes, ni a sus soldados, ni
a la ONU. Los soldados americanos se han convertido en una provocación
directa de violencia, no sólo por la brutalidad de la ocupación, sino
también debido al apoyo estadounidense a la mortífera ocupación israelí
del territorio palestino. En las mentes de muchos iraquíes, las dos
ocupaciones se han fusionado para convertirse en una única atrocidad anti-árabe.
Sin las tropas estadounidenses, desaparecería la mayor incitación a la
violencia, lo que permitiría al país ser estabilizado con muchos menos
soldados y una muy menor utilización de la fuerza. Irak seguiría enfrentándose
a desafíos a su seguridad, y seguirían habiendo extremistas dispuestos a
morir por imponer la ley islámica, e intentos de los leales a Saddam de
recuperar el poder. Pero por otra parte, con los sunnitas y los chiítas
estando ahora tan unidos en contra de la ocupación, éste es el mejor
momento posible para que un agente honesto negocie un acuerdo equitativo de
reparto de poderes.
Algunos dirán que los EEUU son demasiado fuertes y que no se les puede
forzar a abandonar Irak. Pero Bush ha necesitado desde el principio una
cobertura multilateral para esta guerra (esta es la razón por la que formó
la “coalición de los dispuestos”, y por la que acude ahora a la ONU).
Imagínense lo que podría ocurrir si más países salieran de la coalición,
si Francia y Alemania se negaran a reconocer al Irak ocupado como una nación
soberana. Imagínense que la ONU decidiera no acudir al rescate de
Washington. Se convertiría en una coalición de uno.
La invasión de Irak empezó con un llamado al amotinamiento -un llamado
realizado por EEUU. En las semanas anteriores a la invasión del año
pasado, el Mando Central estadounidense bombardeó al ejército iraquí y a
los políticos con llamadas telefónicas y correos electrónicos, instándoles
a que desertaran de los rangos de Saddam. Los aviones lanzaron ocho millones
de panfletos instando a los soldados iraquíes a abandonar sus puestos
prometiéndoles que no se les haría ningún daño.
Evidentemente, estos soldados fueron inmediatamente despedidos cuando Paul
Bremer asumió el mando, para ser ahora recontratados frenéticamente como
parte del cambio en la política de desbaazización. Este no es más
que otro ejemplo de la incompetencia letal que debería llevar a todas las
personas que aún apoyan la política estadounidense en Irak a una conclusión
inevitable: ha llegado el momento de amotinarse.
Título
original: Mutiny
is the only way out
Autor:
Naomi Klein
Origen:
ZNet - Activism; Domingo 01 de Mayo, 2005
Traducido por Gemma Galdón y revisado por Beatriz Martínez Ruiz