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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»

Globalización, neoimperialismo e identidad


Xosé Estévez y José Luis Orella Unzué.- Historiadores y profesores de Universidadç

IzaroNews  9 de Octubre de 2005

En principio se entiende por globalización, que algunos preferimos llamar mundialización, el fenómeno de trasvase financiero y de transacciones de bienes y servicios habido a nivel mundial al socaire de los avances tecnológicos y la apertura de los mercados de capitales y de fronteras.

Es este un tema tan candente y actual, que origina intensos debates, una fuerte contestación en los Foros Sociales, formulación de variadas alternativas y una numerosa saga de publicaciones de distinto cariz ideológico. Solamente en una semana hemos recibido para goce lector de profesores y estudiantes en el expositorio de libros nuevos de la Facultad varios interesantes libros de prestigiosos autores extranjeros, Held, McGrew, Kaldor y Falk, con sugestivos títulos como "Globalización/Antiglobalización. Sobre la reconstrucción del orden mundial" o "La Globalización depredadora. Una crítica".

La globalización fue concebida en círculos estadounidenses de negocios para dinamizar la transnacionalización del capital, encubriendo su naturaleza expansionista y sus calamitosos efectos económicos, sociales, políticos, culturales y ecológicos. Este proceso mundializador, neoimperialista y neocolonizador supone la imposición de un sistema de valores occidentales a las culturas indígenas y la pérdida de la diversidad enriquecedora, la globalización de la explotación, de la ley del valor, del poder del capital, de su dominio en la organización del trabajo (p. e. el toyotismo), la imposición de sus leyes y condiciones a los trabajadores, la estandarización de las normas laborales, la flexibilidad laboral, la precarización social, el incremento de la pobreza, los destrozos ecológicos, la pérdida de derechos adquiridos como el derecho a la huelga o a una pensión de jubilación, la deslocalización de las empresas y la segmentación e internacionalización de los procesos de trabajo. Todos estos efectos han sido analizados por distintos tratadistas. Sen embargo, el eje central que caracteriza esta globalización capitalista reide en la vieja ley del valor, formulada por Marx, según resaltan Adrián Sotelo, Silvio Baró, Ricardo Antunes, José Valenzuela Feijóo y Ruy Mauro Marini.

Todos estos elementos conforman una fase neoimperialista de carácter monopolístico, directamente conectada con el neoliberalismo dominante, dos caras de la misma moneda. En esta nueva fase del imperialismo se detectan una serie de rasgos novedosos, que paso a explicitar.
El predominio del capital financiero especulativo no genera riqueza ni remuneración para los trabajadores.

Mientras el viejo imperialismo se caracterizaba por la hegemonía de la exportación de capitales por encima de la de mercancías, en el neoimperialismo actual el sistema de relación centro-periferia es más complejo y contradictorio. Los países periféricos dependientes, a la vez que exportan remesas de productos agrarios, mineros y de fuerza de trabajo (emigrantes), también suministran mercancías industriales y tranfieren recursos tanto materiales (petróleo y otros) como monetarios y financieros hacia los grandes centros del poder imperial. Las instituciones supranacionales capaces, en principio, de corregir y poner coto a esta concentración capitalista, ONU o FMI, se hallan en grave declive y son rehenes y prisioneros de los macrocentros de poder imperial.

La revolución informática ha incrementado la velocidad de circulación de capital, provocando fusiones y adquisiciones de empresas y otros medios de producción y consumo, que han contribuido a la concentración capitalista en manos de unos cuantos millonarios, de tal manera que en el mundo existen, según el Financial Times (14-noviembre-2004) unos 600 "milmillonarios" con un patrimonio personal superior a mil millones de dólares. La riqueza acumulada por estos potentados alcanzaría los 9 billones de dólares, riqueza igual al producto anual bruto de EEUU. Sólo a Bill Gates, el gran magnate de la informática, se le imputa una riqueza de 80.000 millones de dólares, con cuya cuantía se podrían comprar los bienes y servicios producidos por Bangladesh, que tiene 133 millones de habitantes. Frente a ello la pobreza alcanza cifras escalofriantes, a pesar de los propósitos incumplidos de la ONU por erradicarla. Entre los "pobres de solemnidad", 600 millones, que malviven con un euro diario, y los "sencillamente pobres", 1.200 millones, que sobreviven con dos euros diarios, suman 1.800 millones, un 28,13% de la población mundial.

Aunque el reparto del mundo terminó formalmente después de la II Guerra Mundial, actualmente el neoimperialismo y neocoloniasmo han impuesto una dinámica militarista a favor de los intereses estratégicos de la burguesía estadounidense. La proliferación de bases estadounidenses no deja de expandirse por el mundo, a pesar del fin del sistema bipolar de la Guerra Fría. Un reciente estudio de Kohan ("Rebelión", 6-febrero-2005) proporciona datos alarmantes al respecto. De los 189 estados miembros de la ONU en 121 hay presencia militar yanqui, que mantiene 700 bases fuera de su territorio, con la presencia aproximada de 250.000 efectivos militares.

Podríamos seguir analizando otra larga lista de rasgos y consecuencias, pero no quiero ni deseo omitir finalmente uno, de orden más cualitativo, que afecta directamente a la supervivencia de las culturas minorizadas, y es la neocolonización cultural y su repercusión inmediata, la desaparición de la diversidad y de las identidades a riesgo de sumergirse en el magma insondable de la homogeneización. Estoy de acuerdo con el jurista Javier de Lucas en que la reivindicación del reconocimiento de la especificidad identitaria no es sólo una reacción contra el movimiento homogeneizador del modelo imperante de globalización, sino que es un factor decisivo en el proceso de transformación de la política, de sus categorías y de sus intituciones. Frente a Vargas LLosa, Joseba Arregui, Habermas y otros que se empecinan en calificar la defensa de las identidades y de los fenómenos nacionales como la prisión de la libertad, del yo o de la ciudadanía, creo con Francesc Torralba y algunos más que la idea de comunidad identitaria es un antídoto contra el colectivismo globalizador gregarista, sumiso y desnaturalizador. Considero que en la diversidad se halla la riqueza del mundo y desde la ventana de una pequeña patria se puede admirar perfectamente la grandeza del universo.

Muchas de estas cuestiones y otras pasarán por el cedazo de reconocidos especialistas durante la celebración del ciclo sobre globalización, codirigido por los abajo firmantes. Manuel Parès, Xosé Manuel Beiras, Francisco Fernández Buey, Salvador Giner y Fernando de la Iglesia, en la semana del 17 al 21 de octubre, disertarán sobre el tema en el Centro Koldo Mitxelena, de Donostia, entidad imprescindible en la revitalización cultural donostiarra acertadamente dirigida por la experta batuta de Francis López de Landatxe.

 

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