
Alameda,
5. 2º Izda. Madrid 28014 Teléfono:
91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04
Correo
No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
Fósforo blanco y civilización
Rafael Morales
La arrogancia y el cinismo del presidente estadounidense George Walker Bush carecen de límites. Ahora se pasea por Asia ofreciendo lecciones en torno a la libertad, mientras las informaciones sobre sus propias violaciones de la libertad, los derechos humanos, la soberanía de las naciones y las leyes internacionales riegan el planeta. Y, sin embargo, pudiera ocurrir que Bush, si no se produce una reacción internacional adecuada contra estas prácticas, llegue a representar bastante fielmente a esta civilización tan sedada como bárbara. De la que algunos presumen como punto más elevado del progreso porque a ellos no les alcanza todavía el democrático fósforo blanco. Afortunadamente.
Mientras
los bienpensantes democráticos de andar por casa pasan el día tomándole el
pulso a las bajadas y subidas que las encuestas registran sobre la popularidad
de Bush, crece su imparable lista de delitos contra la humanidad. Los gringos
usaron fósforo blanco (arma química de destrucción masiva prohibida por la
Convención de Ginebra) durante la sangrienta ocupación realizada por su ejército
en la ciudad iraquí de Faluya. Contra la población civil. Este artefacto
respeta la ropa de la víctima, pero al depositarse sobre su piel quema y
destruye los músculos y los huesos. Nadie situado a 150 metros de la explosión
puede salvarse. El Pentágono respondió por medio de su portavoz Bryan Whitman
a la denuncia probada por un reportaje de la televisión italiana (RAI),
diciendo que “lo usamos (el fósforo blanco) como cualquier otra arma
convencional”. El Reino Unido, dicen, también recurrió en Irak a este
artefacto químico, subproducto del napalm lanzado en su día contra los
campesinos vietnamitas.
Espero, sin demasiada esperanza, que miembros del Consejo de Seguridad de la ONU
o jefes de Estado de algunos países propongan que el Tribunal Penal
Internacional siente en el banquillo de los acusados a Bush por crímenes
cometidos contra la humanidad. Que son muchos más añadidos, como el monstruo
inhumano en la base de Guantánamo, las prisiones ilegales de la CIA en
Tailandia, Egipto, Afganistán, Polonia Rumania y otros lugares, los vuelos
clandestinos con supuestos terroristas a bordo destinados a la tortura, que
afectan al uso de aeropuertos europeos (españoles y canarios incluidos). O los
nuevos descubrimientos sobre malos tratos contra 173 adversarios políticos del
régimen iraquí, donde el Partido Islámico de obediencia suní acaba de
solicitar una investigación internacional independiente.
Los lamentos de Kofi Annan sirven para poca cosa. Y menos las lágrimas de
cocodrilo de los bienpensantes. Tampoco respira demasiado crédito el comisario
de Justicia de la Unión Europea, Franco Fratini, quien promete sanciones contra
los países de la UE que hayan autorizado en cárceles clandestinas torturas a
manos de la CIA “si hay pruebas”. Fratini debería ocuparse (si aguarda que
alguien crea en su aparente voluntad justiciera) de exigirle a Washington los
nombres y apellidos de las víctimas para intentar salvarles la vida, así como
para recurrir a testimonios útiles en un hipotético proceso contra los
culpables de sus sufrimientos ante un tribunal penal internacional. No estoy
manejando una lista exhaustiva sobre los espantos del campeón mundial de la
libertad, sino apenas un leve resumen de algunas noticias surgidas esta última
semana. Suficientes como para que esta civilización registre sus bolsillos, sus
tópicos democráticos exportados a golpe de fósforo blanco y sus estúpidas
apariencias. Más que suficientes para poner contra las cuerdas judiciales a los
gobernantes de un país, Estados Unidos, dispuestos a convertir en definitiva
las leyes provisionales de excepción adoptadas tras los atentados terroristas
del 11 de septiembre. Aplicándolas en su territorio y en cualquier rincón del
mundo que estime conveniente.