Sobre torturas
de la Guardia Civil
España: El silencio de los
lobos
Carlo Frabetti
Rebelión
Si en un
documental cinematográfico ampliamente difundido y comentado, y luego
en un libro de gran tirada y en una entrevista a doble página en un
diario que se vende en los kioscos de todo el Estado español, una mujer
acusara a Aznar o a Rajoy de haberla secuestrado, torturado y sometido a
vejaciones sexuales, es de suponer que algo pasaría. De ser falsa la
acusación, es de suponer que Moncloa la desmentiría categóricamente y
emprendería las oportunas acciones legales contra la calumniadora. Y de
no ser desmentida tan grave acusación pública, no tendríamos más
remedio que pensar que era fundada, y es de suponer que se le exigiría
al Gobierno que diera algún tipo de explicación y tomara algún tipo
de medida.
Pues bien, ha ocurrido algo equivalente (en realidad, todavía más
grave), y nadie parece darse por enterado. En el documental "La
pelota vesca", de Julio Medem, así como en el libro homónimo (que
recoge íntegras las declaraciones de las que en la cinta solo aparecen
fragmentos) y en una entrevista publicada por el diario Gara el 11 12
03, Anika Gil declara haber sido sometida a torturas y vejaciones
sexuales por la Guardia Civil durante cinco días, para luego ser puesta
en libertad sin cargos. Y no ha pasado nada. Ni un desmentido oficial,
ni una declaración oficiosa. Lo cual es gravísimo.
Porque si las acusaciones de Anika Gil son ciertas, significa que en la
Guardia Civil hay gente más despreciable, abyecta y cobarde que en la
peor organización criminal. Hay gente que deshonra el uniforme que
lleva y la bandera que juró. Gente --gentuza, mejor dicho-- que pisotea
la Constitución y el Estado de derecho. Si la acusación es cierta,
debería saltar la cúpula de la Guardia Civil por complicidad o
incompetencia, por corrupción extrema o extrema cobardía. Y si la
acusación es falsa, también, por no haber sabido defender el honor del
cuerpo.
Y lo mismo vale para el Ministerio del Interior y, en última instancia,
para el Gobierno. La falta de respuesta frente a las gravísimas
acusaciones públicas de Anika Gil nos obliga a sospechar que son
fundadas. Y nos da la exacta medida moral y política de la Administración.