Significado de la República

en el Estado español

      Por Juan Luis Utrilla

             A menudo ciudadanos demócratas nos plantean, basándose en ejemplos de distintos estados europeos,  la similitud existente entre la forma de un  estado monárquico  y republicano. Indudablemente bajo un punto de vista puramente pragmático, podrían tener razón, siempre y cuando admitamos que la cúpula del estado – su primera magistratura – es elegida de forma no democrática. Numerosos ejemplos nos demuestran que el estado republicano, no siempre va acompañado de un significado profundamente democrático.  Pero a menudo también se olvida el significado que tiene republicanismo en España, como exponente de liberación y democratización popular. En definitiva el valor en sí de un estado republicano es nulo de no ir acompañado de ese  exponente democratizador y liberador.

 En el caso concreto del Estado Español, la República siempre supuso la superación de una historia peculiarmente alejada de los procesos revolucionarios experimentados en otros estados de nuestro contorno geográfico y cultural. La República Española no solo pretendió en su primera y segunda experiencia acabar con la monarquía, ya que  su primer objetivo siempre fue la modernización del estado oligárquico, omnipresente en nuestra historia, superando así los injustos repartos de riqueza, poder, justicia, cultura, y libertades. Esta modernización, o más bien democratización del estado, siempre se encontró con la oposición de la monarquía.

Hoy en día y a pesar de estar amparados por una Constitución supuestamente democrática,  no hemos conseguido superar la endémica situación de injusticia de nuestro país, no garantizándose al ciudadano ese equitativo reparto de derechos y deberes. Si junto a una Constitución insuficientemente democrática, se une el factor de un sistemático incumplimiento de la misma, ya sea por la vaguedad  de su redacción, ya por la mala voluntad de su interpretación, se comprende que nos encontramos ante un problema de falta de voluntad democrática en las propias raíces del Estado. Estado que arrastra la peculiar transición de la dictadura a la monarquía, efectuada desde el poder y no por la toma de la ciudadanía del poder. Este hecho implica que es el poder el que cede aquello que está dispuesto a ceder, ya que nadie lo había conquistado. El nuevo Estado nacido de la transición, modernizó su estructura mediante un nuevo sistema parlamentario y la descentralización de la administración, pero mantuvo órganos centralistas tales como los gobernadores civiles y las diputaciones provinciales, no accediendo  al federalismo ni al reconocimiento de las naciones que lo componen. Así el Nuevo Estado impuso el concepto de democracia que le convenía, y que de ninguna manera acababa con la secular oligarquía española, presentando como logro de la ciudadanía, una situación impuesta desde el poder y no conquistada por el pueblo. Sabido es que los logros siempre se conquistan, jamas se ceden. Esta situación de continuismo, impidió que se juzgaran los delitos cometidos desde y por la dictadura, permaneciendo impunes. De esta situación se podría deducir que la dictadura fue un régimen legalmente constituido, ya que desde el Nuevo Estado jamás se deslegitimó.

             Cierto es que este proceso podría haberse efectuado bajo una monarquía o una república, pero también es cierto que se utilizó la figura del monarca como catalizador de unos y de otros. Pero esta figura es profundamente ilegal, no sólo por tener su origen en la dictadura, si no por el significado que se le ha dado. El rey, en un alarde de cinismo,  perdona los excesos de la dictadura, al igual que perdona lo que él entiende como excesos de aquellos ciudadanos que se opusieron a ella, propiciando un falso estrechamiento de manos entre vencedores y vencidos de la guerra civil. Estrechamiento de manos que se produce bajo los gobiernos de antiguos elementos de la dictadura. Arias Navarro – Presidente del Gobierno de la monarquía que anteriormente lo fue de la dictadura, conocido como Carnicerito de Málaga por las terribles matanzas represivas llevadas a cabo por su voluntad en dicha ciudad -, Fraga Iribarne – ex ministro franquista y represivo Ministro del Interior ya en el período monárquico -, Adolfo Suárez – ex ministro del Movimiento y ex Director General de Radio-Televisión Española, durante la dictadura -. Es algo tan irregular como si en la Alemania de pos guerra, antiguos dirigentes “nazis” hubieran creado las bases del nuevo Estado. En definitiva, el rey una vez mas ejerce su papel clásico de defensor del inmovilismo, que escuda las tropelías de unos pocos sobre el conjunto de  la ciudadanía.

             Somos conscientes de las dificultades existentes hoy en día, de cualquier lucha encaminada hacia el desarrollo de la democracia. Vivimos un momento histórico en el que la Globalización, hija del Nuevo Orden, impuesto por Los Estados Unidos de América tras la desaparición del bloque socialista, trata de impedir el desarrollo democrático de los estados, desviando sus objetivos hacia conceptos mercantiles, en los que se basa las democracias occidentales. Este hecho, pretende desviar la atención del ciudadano de sus problemas locales,  haciéndole creer que forma parte de un fatídico todo sobre el que nada puede. Se repiten en distintos estados esquemas encaminados a alcanzar una sociedad dividida nuevos estratos: Una mínima clase dirigente – prácticamente inamovible y por lo tanto oligárquica -, una amplia falsa clase media, formada por las antiguas clases medias y obrera, constantemente amenazadas por su desplazamiento a una tercera clase marginal compuesta por elementos interclasistas – jóvenes, mujeres, ciudadanos de avanzada edad, jubilados, parados e inadaptados sociales -. Se iguala bajo la amenaza constante de caer en el pozo de la marginalidad. Así, el estado ufano de poseer una macroeconomía superior a la de décadas pasadas, ignora la angustia del ciudadano aferrado a su estatus social, al  permanecer este sobre un plano inclinado que le conduce a la marginalidad, cuando no es que se encuentre inmerso en ella.

             Este tipo de sociedad ajeno a planteamientos de derechas o izquierdas, pues generalmente,  ambos admiten esta situación, es a la que hay que combatir mediante la aportación cívica en defensa de sus intereses. Insistimos en que no es un problema de planteamiento ideológico, es un problema de estado, donde este ha perdido parte de su identidad, ignorando los intereses del ciudadano, sobre la base de planteamientos puramente económicos. Esta situación hace válido todo lo que produzca beneficio, desarrollándose factores económicos especulativos, cuando no delictivos. Téngase en cuenta que en España, como en otros muchos países, los mayores movimientos de capital se producen en el ámbito de la especulación del suelo, cuando no en el tráfico de drogas y la prostitución.

             Reclamamos pues un Estado de los ciudadanos para los ciudadanos, donde prevalezca una sociedad libre, justa y equitativa y donde desde la elección de la Jefatura del Estado – Presidente de la República -, hasta la menor de las leyes, sean producto de la voluntad popular y controlada por ella, lográndose así la democratización del Estado Español. Este logro del pueblo vendrá de la mano de  nuestra III República.

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