LA SEGUNDA REPUBLICA ESPAÑOLA:

 JOSE MARIA LASO PRIETO

 

El 14 de abril de este año, se ha cumplido el LXXl aniversario de la II República Española. Con la perspectiva que facilita el transcurso del tiempo, podemos valorar objetivamente el significado que tuvo tal institución para el pueblo español. Como ya sostuvimos, la República es la forma más democrática de gobierno. La única en la que el pueblo es totalmente soberano y nadie es discriminado por razones de su nacimiento, sexo o color. También es la única en la que todas las magistraturas del Estado son electivas y por un plazo determinado.

 

En España contamos con la experiencia de dos repúblicas. La primera durante 1873, no llegó a durar un año. Según hemos podido comprobar, aunque contó con presidentes tan prestigiosos como Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar, de gran honestidad y capacidad política, no pudo resistir a una conjunción de fuertes factores desfavorables, como el carlismo, el cantonalismo, la falta de republicanos formados y la actuación de los espadones. No obstante dio el ejemplo de la honradez de sus gobernantes frente a la corrupción generalizada del régimen d la Restauración monárquica. Como símbolo de tan extraordinaria corrupción, no sólo económica sino también política, con las prácticas electorales que extendió Romero Robledo, basta con mencionar que aquella España era conocida internacionalmente como “La España de los burgos podridos”.

 

La II República Española se produjo como consecuencia de la culminación del desgaste de la monarquía borbónica originado por el desprestigio del Rey, Alfonso XIII, derivado de sus arbitrariedades, aventuras bélicas marroquíes y el perjurio que llevó a cabo de la Constitución, por su complicidad en la instauración de la Dictadura del General Primo de Rivera. Después del desastre electoral monárquico del 12 de Abril, el pueblo español vivió el 14 de Abril de forma alborozada la proclamación de la República.

 

Se abría para España la posibilidad de un régimen democrático que llevase a cabo las reformas democráticas que ya se habían realizado en casi todos los países de la Europa Nórdica y Occidental. Es decir, lo que en la terminología marxista se denomina “Revolución democrático-burguesa”. Sin embargo, la situación general no era nada propicia para ello. Europa estaba sumida en la gran depresión económica iniciada en los EEUU, en 1929, con el “crack” de la bolsa de Nueva York. Tal excepcional desempleo agudizaba las contradicciones sociales del capitalismo y propiciaba el auge del fascismo.

 

Empero todavía era más grave que España estuviese dominada por una oligarquía financiero-terrateniente cerrilmente reaccionaria. A ello se debe que, desde el mismo momento de su proclamación, la oligarquía comenzase a conspirar contra la República, como muy bien expone el historiador Antonio Ramos Oliveira, en el III Tomo de su “Historia de España”... Con una suma no despreciable para comenzar, iniciaron los monárquicos la guerra civil. Acordaron crear una sociedad de estudios que recogiera y divulgara textos de grandes pensadores sobre la legitimidad de una sublevación, para lo cual se creó la organización Acción Española el 15 de Diciembre de 193 1. También decidieron la preparación de ambiente en el Ejército, para lo cual ayudaron desde el primer momento algunos generales. Y, por último, decidieron crear un partido, con plena legalidad, cuando menos aparente, que justificase reuniones, suscripciones y enlaces (...).

 

“Independientemente de las gestiones en curso, para poner en marcha la nueva organización oligárquica, la aristocracia había establecido contacto con algunos de los generales más exaltados y perturbadores. No más allá del 10 de Junio de 1931 esto es, al mes y medio de la República, buscaban ya, y encontraban, los monárquicos a los generales Ponte, Calvacanti, Barrera y Orgaz para sumarse a la conspiración antirrepublicana”. (12)

 

Para el debido rigor histórico, hay que plantearse cuales eran las fuerzas sociales que constituían la base para tal conspiración incivil. Se trataba de las dos caras de la oligarquía terrateniente. Como muy precisa Ramos Oliveira: “la oligarquía cerealista castellana, inspirada por el diario católico “El debate”, creadora con la Iglesia, de la Confederación Nacional Católico-Agraria y acaudillada en la república por José maría Gil Robles, profesor de la Universidad de Salamanca y miembro del gran diario católico citado, tenía por Egeria política al Vaticano. No se declaraba monárquica ni republicana. En punto a la forma dc gobierno era pragmática y oportunista. La Santa Sede vislumbraba incalculables peligros en el desafío tranco y violento de la revolución. Por tanto, la táctica de la oligarquía cerealista católica en la República. consistiría en tratar de abrir una brecha por donde invadir cautelosamente el régimen, vaciarlo de sus esencias revolucionarias e instaurar la dictadura del clero y de los agrarios’’.

 

El otro núcleo oligárquico, el representado por el diario ABC, era partidario de la agresión violenta contra la República. Era el grupo de la aristocracia de sangre y de la plutocracia que se dan cita en el Consejo del Banco de España. Para El Debate”, la forma de gobierno no llegaba a constituir el verdadero problema. El contenido, no el continente, era lo que importaba. Solo hay un rey dice la iglesia que no puede abdicar ni ser destronado porque no fue coronado por los votos de los hombres; solo el reinado de Jesucristo es eterno. Más para el ABC la forma de gobierno era esencial, y la monarquía consustancial con España.”

 

El ABC, fundado por don Torcuato Luca de Tena, marqués de Luca de Tena, a expensas de una fortuna con origen en los olivares andaluces de su propiedad, era la voz misma de la aristocracia olivarera y de los grandes propietarios del Sur de España, la nobleza latifundista andaluza no podía pasarse sin monarca. “Pas de roi, pas de aristocrats” y defendía la continuidad de la institución porque, privada del vértice monárquico, la pirámide faraónica de la propiedad española quedaba truncada e incompleta.”

 

 

“El movimiento oligárquico representado por el ABC- del cual aparecía, por ciento, una edición en Sevilla, nada más que en Sevilla, tenía por base, como acabábamos de indicar, a los grandes propietarios territoriales del mediodía español, y entre estos grandes propietarios, descuella la aristocracia. Pero también comprendía a los banqueros más influyentes y poderosos, obsequiados por la monarquía con títulos nobiliarios”.

 

“Así se nos presenta la oligarquía en la República. No tiene ya dos caras, como en el régimen de la Restauración, sino dos cabezas: es una hidra bicéfala; y se ofrece ante nuestros ojos sin disfraces seudoconstítucionalistas y sin un Cánovas y expulsada del Gobierno. Pero la oligarquía no está vencida. Medita su venganza y se va a defender.”

 

Con su poder económico, la oligarquía tiene desde el primer momento sitiada socialmente a la República, pero la República la tiene, a su vez, sitiada políticamente.

 

“Para la aristocracia, monárquica por naturaleza, la República significaba particularmente una declaración de guerra. Además, el gobierno republicano, ingenuamente, sin fuerza para destruirla, se complacía en humillarla. Había abolido, los títulos nobiliarios, como en 1873, y los duques, con la ley al menos, ya no eran duques, sino simples ciudadanos dueños de tina inmensa extensión del territorio nacional. No tan simples, seguramente. Estas clases sociales no se detendrían en ningún crimen, por horrendo que fuese para recuperar el poder.”

“Repitámoslo, la aristocracia española no cuenta para nada constructivo Sedentaria y oscura, nadie diría que España tiene aún una nobleza. Su influjo moral es nulo; y parece inofensiva porque ha desaparecido como estamento político. Pero posee vastísimos estados y es demasiado soberbia para que la República pueda despreciarla impunemente. La aristocracia se hallaba a la cabeza de la contrarrevolución, organizando la guerra civil y apercibida a luchar, desde el 15 de Abril de 1931” (13)

 

Con esa finalidad, supieron aprovechar todas las oportunidades. Una de ellas fue la desaforada campaña contra don Manuel Azaña, por haber afrontado éste las reformas militares, tan necesarias para la modernización del país. Con ese motivo, tanto la oligarquía como los militares antirrepublicanos, realizaron una ofensiva contra tan gran estadista, al que convirtieron en “El Monstruo”, tal y como lo denominaba la prensa reaccionaria. Además, apoyándose en la Iglesia retrógrada, que encabezaba el Cardenal Segura, calificaron de “campaña contra el catolicismo”, la revisión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, hoy imperante en todos los Estados modernos, incluida España. Así crearon el clima necesario para derrocar violentamente a la República.

 

Sin embargo, las reformas republicanas no podían ser más moderadas. Una vez más es el historiador Ramos Oliveira el que caracteriza muy bien tal situación, cuando precisa:

 

“Con todo, la revolución no podía ser más comedida: Mejor dicho, no había, no se quena que hubiera revolución. Pero si tenía España un gobierno que se proponía gobernar. Cualquier gobierno, por conservador que fuese, tendría que hacer, para merecer tal nombre, más o menos lo que había comenzado a hacer, la coalición republicano-socialista. Sin duda alguna, la Constitución lastimaba intereses y hería sentimientos, pero también consignaba el procedimiento para su revisión. Es decir, existía una vía legal despejada. Todo era revisable en aquel régimen. Más ciertas medidas aunque revisables de la República, no se debían rectificar, si se quería que hubiese paz en España. En las manos de los conservadores estaba el destino de España, su bienestar o su perdición.”

 

El Gobierno no había permanecido inactivo desde Abril. La revolución se había disipado, pero el Gobierno estaba gobernando desde que se encargó del poder. Su error estribaba en que regia a España, no como poder revolucionario, sino como ejecutivo normal y corriente de un país constituido, cosa que no era España, ni siquiera después de promulgada la Constitución.

 

Gobernar es reformar. Pero la reforma es una cosa y otra la revolución. La revolución crea de nueva planta. Crea en la Francia de fines del siglo XVIII, cuatro millones de nuevos propietarios agrícolas, un Ejército. Un Estado.

 

En España se reformaba, pero no se fundaba no se creaba. No se creaba, por ejemplo, un Ejército sino que se reformaba el de la monarquía. Grave equivocación, como las implícitas en otras reformas; porque la revolución necesita su Ejército, una milicia propia. Pero ya hemos dicho que no se pretendía hacer una revolución.

 

Toda amenaza que se cernía sobre la oligarquía agrario-plutocrática consistía en que España tenía un gobierno, mejor o peor, pero un gobierno lo que no había habido en la península ibérica desde el siglo XVIII. No podía haber Gobierno porque los señores abominaban las reformas y preferían la anarquía apuntalada por el caciquismo.

 

En el fuero íntimo de estos grandes propietarios españoles alientan todavía los señores de otra época, turbulentos, anárquicos, hombres de presa. Son los nobles o caballeros. “Y llamo nobles o caballeros, en este caso dice Maquiavelo a los que viven ociosamente de las rentas de su numerosas posiciones, sin cuidarse para nada de cultivarlas, sin tener ninguna otra ocupación o profesión de los necesarios para la vida. De estas dos clases de hombres agrega están llenos el reino de Nápoles, la comarca romana y la Lombardía, siendo causa de que en estos países no haya república ni ningún gobierno estable pues tales hombres son completamente enemigos de todo régimen ordenado.”

 

Maquiavelo cita a continuación el ejemplo de Toscana, donde hay tres repúblicas:

 

Florencia, Siena y Luca. La paz de estas repúblicas nace de no haber en ellas ninguno o poquísimos nobles sino tanta igualdad que sería facilísimo a un hombre sabio y conocedor de las antiguas instituciones políticas establecer un régimen liberal

 

No tenemos de pasada, como considera Maquiavelo, a la igualdad como condición necesaria para establecer un régimen liberal. Pero ahora no nos urge tanto volver sobre este tema como prosiguiendo la presentación de la Oligarquía española, recordar que “tales hombres son enemigos de todo régimen ordenado” y de “todo gobierno estable”.

 

A los caballeros españoles les espantaba que se fuera a gobernar por fin en España. Esto es, que se reformase, porque no se gobierna sin reformar lo que demanda inmediata reforma. No les asustaba la revolución, en la que ellos mismos no creían; les atraía la guerra civil. No se olvide que el bando aristocrático de la oligarquía, el de los caballeros por excelencia, creía que el camino más corto para acabar con la democracia era la guerra civil.

 

No habían aparecido aún los primeros decretos del Gobierno, republicano y ya abandonaban el campo los grandes terratenientes que allí habitaban, en parte temerosos quizás tuvieran algo que temer, del proletariado campesino, en parte como ordenaban en muchos lugares la suspensión de las faenas agrícolas y dejaban las tierras sin labor.

 

Una numerosa fracción de la aristocracia, por otro lado, pasaba al extranjero. Comenzaba la fuga de capitales.

 

“El Debate”, que preconizaba la táctica fabiana de destruir la República sin violencia, lamentaba ese espectáculo insensato de los que escapaban de España y se llevaban sus capitales.

 

Los grandes que no habían huido, y aún los que habían cruzado la frontera, habían roto con sus hábitos de ocio; ahora no descansaban. . Porque incluso en España, a pesar de los que se dice de los españoles, organizar y desatar la guerra civil, requiere grandes esfuerzos y considerable paciencia.

 

Acababa de nacer la República y ya se exhibían los emblemas monárquicos en las calles, ya se entonaba la Marcha Real a balcón abierto, sin duda para que el pueblo, que tan caballerosamente se había conducido con sus opresores, se persuadiera de que lo que creía muerto estaba aún muy vivo y desafiante. Se vitoreaba al rey expatriado. Se fomentaba por todos los medios el incidente callejero. Se propagaba el desorden. Se trataba de impedir que viviera en paz la República que a nadie había declarado la guerra.

 

La insolencia monárquica provocó los sucesos del 10 de Agosto (la quema de iglesias y conventos) sobre la que volveremos” (14)

 

La II República Española no fue homogénea. De hecho, se dividió en dos bienios claramente diferenciados:

 

El bienio progresista 193 1-1933. Durante este bienio se realizaron reformas relevantes en la dirección de la democratización del país.

 

Es decir, la reforma militar, la reforma laboral, la reforma autonómica, la separación de la Iglesia del Estado, la introducción del divorcio y el intento, no logrado por su lento ritmo, de realizar una amplia y profunda reforma agraria.

 

Las reformas sociales fueron insuficientes, tanto por las debilidades y vacilaciones de los gobiernos republicanos, como por la obstinada resistencia de la oligarquía financiero-terrateniente. Ello decepcionó profundamente a las masas populares, dando lugar a que se comenzase a hablar del “desencanto de la República”.

 

No sucedió lo mismo en los planos de la educación y cultura. Para fomentar y desarrollar la educación, se construyeron millares de escuelas y se dignificó la situación de los maestros. También se construyeron muchos Institutos de Enseñanza Media y edificios para actividades universitarias y anexas.

 

Sin embargo, fue en el campo de la cultura en le que se lograron mejores resultados. Desde el surgimiento de la generación del 98, no se había producido un florecimiento cultural y literario semejante. A ello contribuyó sin duda, “la generación del 27” Pero sin el marco cultural, y de ambiente literario, que le proporcionó la República, su actuación no hubiese sido tan fecunda. De ahí que, en justicia, debía haber sido denominada “generación de la República”.

 

Por el contrario, durante el segundo bienio, conocido popularmente como el bienio negro, iniciado con la victoria electoral de la derecha, en Noviembre de 1933, posibilitada por la desunión de las izquierdas y la abstención libertaria, se trató de neutralizar o destruir todos los avances sociales y culturales logrados durante el bienio progresista, así como de vaciar de contenido democrático las propias instituciones republicanas.

 

De la cerrelidad con la que fue aplicada esta política, por parte de la derecha, proporciona una buena idea el caso de Jiménez Fernández que, en la posterior etapa franquista, fue dirigente del ala izquierda de la oposición demócrata cristiana. Como siempre, lo relata muy bien Ramos Oliveira:

 

“En el Gabinete del día 4 de Octubre de 1933, pasó a regentar el Ministerio de Agricultura un católico, profesor de la Universidad de Sevilla y miembro de CEDA, que pronto alcanzaría fama nacional por lo que Otros permanecen toda su vida ignorados: por su sentido común; un católico y conservador español con sentido común había de adquirir pronto rara notoriedad. Nos referimos al señor Jiménez Fernández. Trató este ministro de arrostrar la anarquía campesina, no con violencias, que la acentuaría, según era costumbre, sino con reformas dirigidas a crear pequeños propietarios, favorecer a los yunteros de Extremadura y aliviar la situación de otras masas sin tierra. Ni que decir tiene que Jiménez Fernández se concitó rápidamente la aversión de aquel parlamento derechista. Para la oligarquía, era, un socialista embozado, mil veces peor que los “marxistas” confesos, y el epíteto de “bolchevique blanco” hizo rápida fortuna en un medio social que vivía en espantable alucinación seguida día y noche por trasgos y vestigios comunistas.

 

Las laudables intenciones del Ministro de Agricultura, que hasta ese momento había disfrutado de cierta autoridad en el seno de la CEDA, no pudieron, pues abrirse paso. Como Canalejas, entendiendo que en España no se haría nada hasta que no se modificara la propiedad agraria, se propuso introducir algunas leves reformas. Jiménez Fernández recibía la repulsa de sus correligionarios. Estériles fueron todos sus argumentos y admoniciones. De nada sirvió que recordara a aquellos católicos el criterio de la Iglesia en materia socia ni que se evocara la figura de León XIII y su celebrada encíclica.

 

La oligarquía respondió, por labios de uno de sus diputados terratenientes: “Si desea usted quitarnos las tierras con encíclicas en la mano, terminaremos haciéndonos cismáticos; los socialistas, al menos, son más francos que usted, en su esfuerzo por expropiamos”.

 

En el Gobierno de Mayo, ya no apareció Jiménez Fernández. La oligarquía se llevó un susto descomunal y lo apartó, como si fuera un apóstata o un réprobo”. (15)

 

José María Gil Robles, dirigente de la CEDA, (Confederación Española de Derechas Autónomas) se declaró “accidentalista” respecto a la forma de gobierno y pretendió destruir a la República desde dentro. Por entonces, ya se había instaurado el fascismo legalmente en Italia, Alemania y Austria.

 

En España, en 1934, se creó la psicosis de que iba a suceder lo mismo en nuestra patria, si la CEDA lograba entrar en el gobierno. Se decía, entonces, “Antes Viena que Berlín”, ya que en Viena los obreros habían defendido con las armas en la mano de la ofensiva del Canciller Dolfuss. Es decir del Gil Robles austriaco, ya que ambos pertenecían a la democracia cristiana. Contrariamente al caso de Viena, donde Dolfuss tuvo que bombardear los barrios obreros, en Berlín no se pudo resistir al nazismo por la desunión y enfrentamiento entre socialistas y comunistas. Por ello, la insurrección de Octubre de 1934 en Asturias, contra la entrada de la CEDA en el Gobierno de Lerroux, no fue tanto un intento revolucionario como un esfuerzo por impedir el acceso al poder del fascismo por la vía legal.

 

La feroz represión de la insurrección asturiana fue realizada por el general Franco, al que Gil Robles encomendó la tarea, antes de nombrarle, finalmente, Jefe del Estado Mayor. Por primera vez, en la historia de España, se utilizaron en tal represión legionarios y regulares marroquíes al mando del coronel Yagüe.

 

La campaña por la amnistía de los 30.000 presos que sumaron los detenidos en Asturias, contribuyó al triunfo del Frente Popular el 16 de Febrero de 1936. Esta coalición antifascista, trató de aplicar un programa de izquierda moderada, muy semejante al que otro Frente Popular aplicó en Francia, logrando, entre otras reivindicaciones populares, las vacaciones pagadas, la semana laboral de 40 horas, etc. Es lo que no permitió la oligarquía española, alzándose el 18 de julio de 1936 en armas contra el Gobierno legal de la República.

 

Durante casi tres años resistió el pueblo español contra los sublevados y el fascismo internacional, hasta que fue vencido por la enorme superioridad de armamentos, impuesta por Italia y Alemania, así como por la farsa de la “no intervención” de Gran Bretaña y Francia. No obstante, el recuerdo de la II República Española estimuló la larga lucha por el restablecimiento de la democracia que libramos los aritifranquistas españoles.

 

No obstante, no se trata de mirar con nostalgia al pasado, sino de que todos contribuyamos activamente mediante la concienciación de nuestros conciudadanos, a la implantación de una  III República Española, en unas condiciones mucho más favorables que las que tuvieron que afrontar las dos Repúblicas anteriores.

 

¿Cuándo se logrará tan anhelada III República Española?. No puede ser muy tarde, desde el punto de vista histórico, ya que las monarquías, incluso las monarquías parlamentarias, son cada vez más anacrónicas. Es sólo un problema de concienciación política del conjunto de los españoles. Desde el punto de vista técnico, es un problema sencillo. Basta con introducir en la Constitución de 1978, una enmienda por la cual se preceptúe que todas las magistraturas del Estado deben ser electivas. Como ello requiere una mayoría cualificada en las Cortes, todo depende de tal concienciación política. Es una tarea que nos afecta a todos.

 

NOTAS            

             (11)    Antonio Ramos Oliveira, “Historia de España”. Compañía de Editores. México, 1952. Página 281 y siguientes.

(12)    “Historia de España”, dirigida por Manuel Tuñón de Lara. Tomo VIII, Gabriel Totella y otros, “Revolución burguesa oligarquía y Constitucionalismo” (1834-1923) Editorial Labor. Barcelona, 1981. Página 258.

(13)    Antonio Ramos Oliveira, “ Historia de España”. Compañía General de Ediciones. México, 1952. Página, 36 y siguientes.

(14)    Op. Cit. También desde la página 36.

(15)    Op. Cit. Página 218 y siguientes.

 Página de inicio