¿Quién quería
muerto al ayatola
Mohamed Baqr al Hakim?
Robert Fisk
La Jornada
En Irak, cuando alguien ataca, se va sobre la yugular. Hace dos semanas fue
un alto funcionario de la Organización de Naciones Unidas y este viernes uno
de los más influyentes clérigos musulmanes chiítas. Como decían durante la
guerra en Líbano, si la suficiente gente te quiere muerto, acabarás muerto.
¿Quién quería muerto al ayatola Mohamed Baqr al Hakim? O mejor dicho, ¿a
quién no le importaría que muriera? Claro, están los famosos "remanentes
de
Saddam Hussein", a quienes la familia Al Hakim ya está culpando de la
matanza en Najaf. El clérigo fue torturado por los hombres de Saddam, y
cuando se exilió en Irán el entonces presidente iraquí exigió su regreso y
ejecutó a uno de sus familiares cada año en un vano intento por obligarlo a
volver.
De hecho, apenas en diciembre pasado, el hermano del ayatola, Aziz, estaba
en Washington entregándole a la Agencia Central de Inteligencia documentos
sobre las supuestas "armas de destrucción masiva" en poder de
Hussein.
Además están los kuwaitíes y los sauditas, quienes desde luego no quieren
que el movimiento del clérigo, el Consejo Supremo de la Revolución Islámica
en Irak, consiga ningún tipo de "revolución islámica" al norte de
sus
fronteras.
En Estados Unidos hay numerosos neoconservadores, quienes jamás habrían
confiado en Al Hakim, pese a sus nexos con el consejo interino iraquí que
los estadunidenses implantaron en Bagdad.
Están también los chiítas. Hace sólo un par de meses recuerdo haber
escuchado predicar a Al Hakim durante las oraciones del viernes, exigiendo
el fin de la ocupación angloestadounidense, pero hablando de paz y reclamando
que inclusive las mujeres se unieran al nuevo ejército iraquí.
"No crea que todos nosotros apoyamos a este hombre", me dijo ese día
un fiel
musulmán.
Al Hakim también tenía la mala reputación de haber reclutado a algunos de
sus primeros colaboradores en los servicios de inteligencia iraníes.
Y también está Muqtada Sadr, el hijo, clérigo joven con mucha menos
experiencia y cuyo padre murió como mártir, asesinado por el régimen de
Hussein. Heredó de su padre un halo de heroísmo que lo ha hecho popular
entre los chiítas más jóvenes. Muqtada Sadr ha condenado durante mucho
tiempo la "colaboración" de algunos de sus compatriotas con los
invasores
estadounidenses, pero es menos sabido que su propia organización colaboró
discretamente con el régimen de Hussein antes de la guerra.
Pero aún más profundos que estas disputas individuales son los rabiosos
debates teológicos que recorren los seminarios de Najaf. Muchos de estos
seminarios nunca aceptaron la idea del régimen teológico -velayat faqui-
representado por el ayatola Jomeini de Irán. Al Hakim había calificado a
Jomeini de "el imán viviente", nombre con el que también llamó a su
sucesor,
el ayatola Jamenei. De hecho, cuando volvió del exilio, Al Hakim fue
comparado con Jomeini, quien pasó 14 años en el exilio fuera de Irán. Al
Hakim gustaba de compararse también con los imanes mártires Alí y Hussein,
cuyas familias fueron asesinadas durante los primeros años de la historia
musulmana.
Todo esto no era más que una forma trillada e inclusive algo sacrílega de
ganarse adeptos. La gente de Najaf, en su mayoría, no cree en "imanes
vivientes" de ese tipo. Pero a final de cuentas el baño de sangre en Najaf
y
el asesinato de Mohamed al Hakim serán juzgados por lo que son: una prueba
más de que los estadounidenses no pueden -o no quieren- controlar Irak.
El general Ricardo Sánchez, comandante de las fuerzas estadounidenses en
Irak, dijo sólo 24 horas antes del atentado que no eran necesarias más
tropas. Es claro que se requieren, si es que el militar desea contener la
impresionante violencia que se ha apoderado del "Irak liberado",
porque lo
que está pasando en la patria sunita, en torno a Bagdad, y que ahora retoña
en la nación chiíta del sur no es sólo la respuesta a una invasión ni una
creciente guerrilla contra la ocupación. Se trata del principio de una
guerra civil en Irak, que consumirá a la nación entera si sus nuevos
gobernantes no abandonan ya sus fantasías neoconservadoras y le ruegan al
mundo que comparta con ellos el futuro de ese país.
© The Independent