Por la confusión hacia Dios

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

La Voz de Galicia

ESTAMOS en un tiempo en el que las palabras no valen nada. Cada uno describe los hechos como le place, sin rendir ningún tributo ni a la decencia ni a la gramática, y cada vez resulta más difícil saber dónde nos encontramos y qué objetivos perseguimos.

Si usted siguió los funerales de Estado oficiados por los siete muertos en Irak, y escuchó la homilía del vicario general castrense, habrá tenido enormes dificultades para saber si estaban enterrando a siete espías, muertos en un país extranjero y con las armas en la mano, o a la madre Teresa de Calcuta. Yo, que soy cristiano, siempre creí que «dar la vida por los demás» era otra cosa, y que el «no a la guerra», tantas veces proclamado por el Papa, exigía más coherencia doctrinal. Nunca pude imaginar que hubiese mártires camuflados, con grado de comandante, que sirven a Cristo en las operaciones de Bush. Y por eso me hubiese gustado que los obispos, incluido Daniel Ponte, mantuviesen la cabeza fría, para no meter al cielo y la moral en la gran ceremonia de la confusión, y para no obligarnos a mirar a la bandera y a las medallas para deducir, con cierta probabilidad, que no estaban sepultando a siete hermanos franciscanos.

Lejos de enterrar a los militares con honores militares, y de condecorarlos con medallas militares, y de hacer la ceremonia con la banda y música del regimiento Inmemorial nº 1, los soldados muertos en Irak recibieron la medalla al mérito civil, fueron calificados como víctimas del terrorismo, y tuvieron un funeral que sonaba a concierto de cámara. Y todo para poder ir al Parlamento con el alucinante discurso de la labor humanitaria, de la liberación del pueblo iraquí, del cumplimiento de los objetivos de la ONU y de la guerra que no es guerra, y para hacernos creer que los tres mosqueteros de las Azores se vieron inmersos en un conflicto que no querían, por un inescrutable designio del cielo.

Horas después veíamos a Atutxa entrando en el Tribunal Superior del País Vasco, en una operación destinada a crear criminales de cartón piedra y mantener la atrabiliaria sensación de cerco al PNV. En vez de hacer política al amparo de la Constitución, los políticos de hoy se empeñan en tutelarla, interpretando con lamentable casuística los principios esenciales de nuestra convivencia. Y cualquier ciudadano español tiene insuperables dificultades para distinguir al ejército de una ONG, a un espía de un franciscano, a la paz de la guerra, a Atutxa de un etarra, a un tribunal de justicia del ministerio de Interior y a un obispo castrense de un general de brigada. Y así, como es obvio, no se puede continuar. Lo sé yo, y por eso lo digo. Y lo sabe, también, Mariano Rajoy.

 

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