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Eso, sin más Javier Ortiz Se
atribuye a no menos de diez históricos políticos -eso sí, todos
británicos- una afirmación tan solemne como rotunda, dicha en el calor
de una pugna parlamentaria: -No
estoy de acuerdo con usted -dicen que dijo el que fuera-, pero daría mi
brazo para que nadie pueda privarle jamás del derecho a decirlo. He
oído variantes de la frase que dejan la oferta en el brazo izquierdo,
específicamente, o incluso en una mano. No creo que eso sea lo
esencial. Para mí que lo que vale es la idea. Así se hubiera mostrado
el hombre dispuesto a la amputación de un escuálido y reumático
meñique. Dijéralo
quien lo dijera, si se dijo algo así fue, en todo caso, en tiempos en
los que el liberalismo, aparte de una coartada económica destinada a
justificar todas las ambiciones y alguna más, representaba también una
posición política, y hasta filosófica, basada en el principio de que
la feliz convivencia es, en términos generales, mucho más deseable que
la Verdad. Una conclusión de lo más inteligente, porque cualquiera
puede constatar que la Humanidad ha conocido muchísimas Verdades
Absolutas olvidadas al cabo del tiempo -quiero decir: recordadas sólo
por los enormes camposantos que dejaron a su paso-, pero apenas ha
vivido periodos prolongados de convivencia pacífica y normal entre
gente entretenida en vivir y dejar vivir a los demás en paz. Ahora
no se lleva en absoluto esa actitud, tolerante y permisiva. Lo corriente
es toparse con gente dispuesta a dar tu
brazo, e incluso tu cabeza,
para que alguien te prive rápidamente del derecho a seguir hablando.
Por haber, hasta los hay que reclaman nerviosos que les corten también
todo lo que haga falta a quienes cometen el nefando crimen de no taparte
la boca a toda velocidad. Hemos
llegado al punto, realmente tragicómico, en el que, en nombre de la
permisividad y el pluralismo, te exigen que te metas la lengua por donde
te quepa y la dejes ahí hasta que el Divino Hacedor decida ejercer
contigo de humano deshacedor. «¡O aceptas
nuestro ejemplar régimen de convivencia o te vas a enterar, pedazo de
cerdo!», te vienen a decir estos liberales de nuevo cuño, dispuestos a
hacer vigentes las razones por las que los romanos pontífices del XIX
condenaron sin paliativos el liberalismo como sistema de pensamiento. Llevo
varios meses defendiendo el derecho del Gobierno vasco a presentar su
proyecto de nuevo estatuto de convivencia entre Euskadi y el resto de
los pueblos de España. «¡Porque es tu
proyecto!», me gritan hasta dejarme sordo. Pues no. No es el mío. Pero
da igual, porque lo que estoy defendiendo no es lo que propone Ibarretxe,
sino el derecho de Ibarretxe y el PNV a proponer lo que les parezca
mejor. Lo
diré de otro modo, en homenaje a los viejos tiempos evocados al
principio de estas líneas. Señor Ibarretxe: no estoy de acuerdo con
una parte de su plan, y lo criticaré cuando llegue el momento. Pero
daré mi brazo porque usted tenga el derecho de presentarlo, en su
propio nombre y en el de los cientos de miles de personas que lo
respaldan. Eso, sin más. |