Nuestro nombre es mañana
Joaquin Navarro
Deia
¿Quién
será más español? La respuesta es muy difícil, compleja y peligrosa. Cuando
se recuerda el coro de condenas públicas por un atentado etarra, el concurso de
saber quiénes condenan mejor, con más brío, con mayor decisión y coraje, es
conmovedor y prácticamente indiscernible. ¿A quién conceder la flor natural?
Los que condenamos hacia dentro, llorando hacia la sangre, salando nuestra
conciencia, no servimos. Tampoco servimos para ser más españoles o más
patriotas que otros. Nosotros no jugamos a eso. Ni a las megabanderas colgadas
de macromástiles ni a rechazar la condena del Plan Ibarretxe para no caer en la
trampa nacionalista de los españolazos. No es tiempo de jugar. Ni de silencio.
Ni de ceniza. Es tiempo de diálogo y de compromiso militante. Y de cosecha.
Después de las elecciones catalanas ¿quién se suicidará? ¿Quiénes arrancarán
de su garganta la máquina de lanzar injurias y calumnias contra los
nacionalistas vascos? ¿O se pondrán otra para fulminar indecentemente a los
catalanistas? Es una pena lastimosa que allí les falte un Mayor Oreja tan
aguerrido, al menos, como el vascón. Perdió su conflicto con Arzalluz, que lo
acusó, con todo fundamento, de gran empresario de seguridad privada. Pero no
perdió su coraje. Tanto, que ahora vota a distancia con el dedo de Iturgaiz. Éste
pone el dedo; Mayor, el empuje.
¿Qué harán los españolistas de pro a falta de un Mayor que lanzar contra el
enemigo catalanista? ¿A quiénes lanzarán contra ERC y sus eventuales socios
de Gobierno, traidores por supuesto? ¿Habrán pensado en poblar Cantalunya de
tricornios ahumados para distinguirlos del resto y aproximarlos al fundador? ¿En
algunos emplazamientos de cañones y metralletas? ¿En helicópteros Apache que
permanezcan alertas sobre la plaza de Sant Jaume? Es posible, aunque difícil,
que terminen pensando en lo único razonable. En el diálogo. En el compromiso.
En la transacción. Posible es, aunque se les rompa el trigémino, que oigan
propuestas de reforma estatutaria y constitucional, llegando al convencimiento
de que las normas están al servicio de personas y pueblos y de que la vejez
prematura la progeria las acecha implacablemente.
Son viejos ya la Constitución y los Estatutos, sobre todo los que nacieron del
miedo a la libertad. Su natalicio fue borrascoso, con los militones cercanos al
parto y las advertencias poblándolo de coacciones. El miedo del pueblo limita
su libertad; el miedo del poder, limita su propia fuerza. La libertad del pueblo
es el miedo del poder. Su mejor control. ¿Será temerario pensar que un
Gobierno nacionalista en Catalunya hará más libres a los catalanes y más
miedoso al poder central? Desde luego, el gozo de los vascos está asegurado. La
afirmación de Carod-Rovira de que valoró muy especialmente la felicitación de
Juan José Ibarretxe despejó cualquier incógnita. La ufanía del lehendakari,
también.
Es tiempo de tragedia para el nacionalismo español. Contaba con el triunfo
habitual de CiU o con una coalición de ésta con el PSC. Pero no contó jamás
con que la juventud catalana se volcase en el ERC, con el partido menos
corrompido y más auténtico, menos falaz y más comprometido con el progreso y
la identidad de la patria catalana. No contaba con ello y su tristeza es casi
infinita. Se está tornando colérica. En lugar de construir un refugio para la
paz y la palabra, llama traidores y garbanceros a quienes hablan con el ERC. Y
tienen trampas muy toscas en la Federación de Municipios y Provincias. Aznar,
allá por Londres, con su hermano Blair al lado, sigue advirtiendo a su estilo
(es decir, amenazando) contra cualquier veleidad nacionalista.
Como su maestro Cánovas «firmeza, inflexibilidad y máxima retórica». Esta
última ya se le ha agotado. Ya no le responden las cuerdas vocales cuando finge
pacifismo y lealtad.
Don Antonio Machado terminó luchando a favor de todas las libertades y de todas
las naciones libres. Y terminó diciendo, angustiado por éstas: ?¿Nos matarán
a todos?/ Nuestro nombre es Mañana?. Lo más que pueden hacer, como mis amigos
de Lucar, es cogernos prisioneros. Pero mañana está al lado.