25 años de la
Constitución española
Nada que celebrar
Juan Carrique
A Luchar por el Socialismo
Se cumplen
los 25 años de la aprobación de la Constitución española y proliferan los
actos públicos de exaltación del texto constitucional, de las virtudes del
"consenso" y de la "democracia" que su aprobación trajo
consigo. Este aniversario se celebra justo en el momento en que el gobierno
Aznar levanta la Constitución como arma de guerra contra vascos y catalanes y
como bandera de la reacción española.
Los antiguos ponentes del texto constitucional, con el apoyo de los partidos
parlamentarios, incluida IU, han suscrito la llamada Declaración de Gredos,
donde reafirman que nada fundamental de ella debe ser tocado: "las
eventuales reformas del texto constitucional que el futuro pueda aconsejar deben
acomodarse a las reglas de juego de la propia Constitución establece y
abordarse con idéntico o mayor consenso que el que presidió su elaboración".
Pero ¿se basó realmente la Constitución en "un consenso de todos los
españoles"? ¿Qué "democracia" trajo a España"?.
Unos teatreros sin alma
La idea de una Constitución elaborada "democráticamente" es una de
las grandes falacias. El texto constitucional instauró al Rey, designado
heredero por Franco, como jefe del Ejército y suprema autoridad del Estado. Y
lo hizo siguiendo la senda de la "reforma política" que habían
previamente aprobado los legisladores de las Cortes franquistas.
El heredero, los franquistas reconvertidos, los militares, los jerarcas de la
Iglesia y la policía política mantuvieron sus cargos y prerrogativas y fue en
los límites que ellos establecieron que se elaboró la "Constitución
democrática".
¿Dónde quedó la elección popular de la forma de Estado en tan "democrática
constitución"? ¿Quién sino un poder judicial que se escapa a cualquier
elección y control democrático, sigue eligiendo a los jueces y tribunales? ¿Dónde
queda siquiera el control parlamentario del Gobierno? "La subordinación
del Parlamento al Gobierno se manifiesta en sus relaciones institucionales. El
Gobierno puede disolver el Parlamento (Congreso y Senado). Pero el Parlamento no
puede revocar el Gobierno (disolverlo) sino a través de un mecanismo muy
complejo y prácticamente inviable: la moción de censura constructiva"
(Juez Joaquín Navarro). Los durísimos requisitos que establece la Constitución
para su reforma están diseñados de tal forma que la hacen claramente imposible
en la práctica.
Esta Constitución que legitimó la continuidad de las principales instituciones
del franquismo y la impunidad de sus crímenes, fue elaborada entre gallos y
media noche, de espaldas al pueblo. Como decía el poeta Gabriel Celaya
"parecíamos teatreros sin alma".
Una Constitución contra la autodeterminación de los pueblos
El PSOE y el PCE, los partidos que eran la referencia del poderoso
movimiento obrero y popular, que habían aparecido ante el pueblo como
defensores de la ruptura democrática y de la República frente a la monarquía
reinstaurada por Franco, no tuvieron empacho alguno –a cambio de un lugar cómodo
en las nuevas instituciones- en abandonar todas sus exigencias en nombre de la
"reconciliación".
La Constitución convirtió al que hasta entonces era el Ejército del 18 de
julio en el garante de la "unidad indisoluble de la nación española y del
ordenamiento constitucional". Al mismo tiempo proscribía el reconocimiento
del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades. El Estado de las
autonomías fue en realidad una fórmula para impedir dicho derecho: España
estaría formada por regiones y nacionalidades con los mismos derechos a un
gobierno autonómico, con competencias que cedería el Estado y que gestionaría
conforme a las normas por éste establecidas. El Gobierno central puede
suspender una Autonomía "hostil" a través del artículo 155 de la
Constitución. Es a este artículo que invocan el Partido Popular, la CEOE y
destacados dirigentes del PSOE como Rodríguez Ybarra para impedir que los
vascos voten en referéndum acerca de sus relaciones con el Estado.
Por eso resultan ridículas las pretensiones de los sectores nacionalistas
burgueses, cuyos principales representantes son Ibarretxe y Pujol, que plantean
en el marco de las disposiciones de reforma de la Constitución, un imposible
reconocimiento del derecho a la autodeterminación.
Los centinelas del miedo
La aprobación del texto constitucional se produjo en un contexto de profunda
crisis económica y social. Baste recordar que en Agosto de 1978 la inflación
era del 44% y el pronóstico era que, de no establecerse medidas, se iría al
100%. Todo el estado español estaba recorrido por un gran ascenso y
radicalización del movimiento obrero y de las nacionalidades, que amenazaba con
derrocar al franquismo, tal y como lo estaban haciendo los trabajadores y el
pueblo portugués en la Revolución de los Claveles. Ante el peligro de ruina
inminente, la burguesía española fue consciente de que era imposible parar la
oleada popular y de que era necesario encauzarla: Había que "cambiar el
sistema político, para que nada cambiara", para que no se cuestionara su
poder económico y se le permitiera seguir controlando el poder político.
Pero ese operativo era imposible sin la complicidad de los dirigentes de las
organizaciones obreras, sin el PCE, el PSOE y los sindicatos. Debían renunciar
a la "ruptura democrática" con el viejo régimen, acatar la monarquía,
aceptar la supervivencia de las principales instituciones franquistas, renunciar
a demandas democráticas básicas como el derecho a la autodeterminación de los
pueblos, la separación Iglesia-Estado o la reforma agraria. Debían reconocer a
la Corona como único poder constituyente. Y así lo hicieron. Los Pactos de la
Moncloa firmados en Octubre de 1977, precursores del pacto constitucional,
fueron la expresión pública más nítida de la traición de los dirigentes del
PCE, el PSOE y las grandes centrales.
Desmovilizaron las protestas obreras y estudiantiles, actuaron como dique de
contención del sistema capitalista y de las instituciones del viejo régimen,
frente a la marea de la protesta social y las reivindicaciones democráticas. Al
grito de "cuidado", "no provocar" , "avanzar poco a
poco, sin sobresaltos", fueron frenando el ímpetu de decenas de miles de
luchadores/as, como auténticos "centinelas del miedo".
Hoy, en este 25 aniversario, los herederos de aquellos, los Rodríguez Zapatero,
Llamazares, Fidalgo o Méndez, repiten la sumisión a la Corona y actúan como
ardorosos defensores de la Constitución monárquica, convertidos en el ala
izquierda del régimen.