Miradas sobre la guerra
Higinio Polo
La
criminal ocupación de Iraq y la actuación imperial norteamericana en todo el
mundo nos traen cada día imágenes del horror. Son las que producen los
terribles atentados, como los últimos en Estambul, las que traen los asesinatos
cotidianos en Afganistán o las causadas por las matanzas y bombardeos que
protagonizan los soldados norteamericanos en Iraq. Éstas últimas son peores,
porque si ningún ciudadano sensato puede disculpar el recurso al terrorismo
contra personas inocentes, no debe olvidar tampoco que en la siniestra
contabilidad del horror son los militares enviados por Washington quienes más
acumulan los méritos de la muerte: basta recordar que, en los últimos cinco años,
han muerto unas cinco mil personas por acciones terroristas en todo el mundo,
incluidas las tres mil víctimas de las Torres Gemelas de Nueva York, mientras
que, solamente en Iraq, según las estimaciones de distintos organismos
internacionales, los bombardeos contra la población civil, los muertos en las
escasas semanas de combates tras el inicio de la guerra y la represión
posterior ya han causado unos cincuenta mil muertos. Tampoco el ciudadano debe
olvidar que la peor forma de terrorismo es la guerra.
Los mismos poderes de Washington que fundaron organizaciones religiosas
musulmanas para limitar el crecimiento del socialismo árabe, que crearon,
financiaron y utilizaron después las redes terroristas de Ben Laden y otros
guerreros islamistas para luchar contra la Unión Soviética en Afganistán, y
que nunca se preocuparon por sus consecuencias mientras les fueron útiles para
su política exterior, se presentan ahora hipócritamente sorprendidos ante el
mundo por la ferocidad de sus antiguos protegidos. No hay duda de que esa política
de los Estados Unidos es una de las causas del terrorismo, pero hay más: la
constante humillación de los pueblos árabes, la rapiña sobre sus riquezas, la
insoportable situación del pueblo palestino, la ocupación de Iraq y Afganistán,
las mentiras acumuladas con desprecio sobre millones de árabes y musulmanes. ¿Acaso
la feroz política imperial de Washington puede esperar otra cosa que la espiral
de violencia actual? Por eso, cada día, nos llegan las imágenes del horror,
casi siempre seleccionadas: vemos las víctimas de Estambul, pero apenas vemos
las de los iraquíes.
Así, no disponemos de muchas imágenes sobre la muerte en Iraq, al igual que
apenas tenemos sobre la recepción de los ataúdes de soldados norteamericanos
en los aeropuertos de América: la misma censura actúa a un lado y otro del Atlántico.
Pero a las autoridades de ocupación norteamericanas les es difícil controlarlo
todo y algunas nos llegan, aunque no sean más las duras. Roberto Schmidt, un
fotógrafo de la AFP, hizo hace unos días una de ellas: unos soldados
norteamericanos pisotean las ropas de unas niñas iraquíes que, tendidas en el
suelo, se tapan asustadas con sus mantas infantiles. Los soldados, armados hasta
los dientes, están registrando su habitación en busca de armas. Hay más: en
otra, unos escolares iraquíes se apresuran a huir ante la llegada de vehículos
blindados y carros de combate norteamericanos, envueltos en una nube de polvo.
Otras fotografías similares fueron hechas públicas por Al-jazeera, la
cadena de televisión qatarí por satélite. En una de ellas, un soldado
estadounidense ata a una niña iraquí, en la cocina de lo que debe ser su casa,
ante otras cinco niñas que miran asustadas. En otra fotografía, hecha en la
misma cocina, el militar está poniendo las esposas de plástico a una niña que
lleva un vestido rosa, que no debe tener más de seis o siete años; y, en una
tercera, en Afganistán, también facilitada por la cadena de televisión de
Qatar, un gigantesco soldado norteamericano cachea a un grupo de niños afganos:
uno de ellos levanta los brazos para facilitar el registro, y el gesto -es
inevitable- nos trae a la memoria el del niño judío que, con mirada de terror,
levantaba también los brazos ante la mirada de los policías de las SS, en el ghetto
de Varsovia.
Sin duda, los soldados norteamericanos que actúan así no conocen la historia
de un pequeño judío violinista, pero tienen miedo de que hasta los niños se
rebelen contra ellos. Su actitud trae también a la memoria otra historia de
guerra: en el curso de la Segunda Guerra Mundial, un niño judío de doce años,
Motele, que fue adoptado y protegido por un grupo de partisanos soviéticos,
utilizó su violín para introducir explosivos, poco a poco, en una cantina de
la Gestapo, que actuaba en el territorio donde luchaban los amigos partisanos
del muchacho.
Motele iba a la cantina para entretener con su música a los soldados alemanes,
que necesitaban divertirse tras las matanzas. Con aquellas pequeñas cantidades
de dinamita que introducía, ocultas en el interior de su violín, el niño
consiguió acumular la suficiente para volar la taberna donde bebían y reían
los destacamentos nazis, mientras los miembros de la Gestapo estaban dentro. El
pequeño violinista moriría un año después.
Pero los soldados que ocupan Iraq o Afganistán no saben nada de esas cosas. Es
probable que muchos incluso crean las venenosas palabras de Bush o de Rumsfeld,
cuando afirman que el ejército norteamericano está allí para defender la
libertad, aunque protagonice matanzas e imponga dictadores; o cuando dicen que
los soldados están para asegurar la paz, aunque estén haciendo la guerra. Sin
embargo, pese a los esfuerzos del gobierno de Bush, las mentiras se revelan
imposibles de ocultar, a veces sin saberlo y en los propios Estados Unidos.
Meses después del final de los combates y de la arrogante proclama victoriosa
de Bush, otras fotografías de la guerra han sido publicadas por el diario
norteamericano Washington Post, pese a que, hasta hoy, sigue
ocultando las dimensiones de la matanza. Bajo el título de Eyes on the War,
ojos en la guerra, con unos escuetos comentarios, omitiendo que el horror
causado por las tropas norteamericanas podía haberse evitado, el periódico
mostraba las mentiras de Bush, sin saberlo.
Las fotos del Washington Post recogen imágenes de veinticuatro fotógrafos.
Todas son terribles: la de Ron Haviv, que nos muestra una estatua de Sadam
Hussein con el fuego de los incendios de Bagdad y el humo negro de la muerte a
sus espaldas; la de Andrea Bruce Woodall, en la que un marine apunta con
su pistola a la cabeza de un aterrorizado iraquí, mientras lo sujeta por el
cuello; la de Jack Gruber, en la que otro soldado norteamericano saluda haciendo
con los dedos la señal de la victoria, sobre un puente destruido; la de David
Leeson, en la que sólo se ven los pies del cadáver de un iraquí asesinado,
que lleva puestos aún unos pobres zapatos rotos con los que nadie podría
caminar; la de John Moore, donde vemos a un grupo de soldados sentados en los
sillones de un palacio destruido de Bagdad, fumando, sonriendo tras la misión
cumplida. Hay otras, en las que se ven los brazos alzados de los iraquíes
reclamando algo de pan; o prisioneros esposados sentados en el suelo del
desierto, rodeados de alambre de espino; o tanques avanzando, envueltos en humo,
sobre las palmeras de Mesopotamia. Son todas imágenes de guerra, miradas sobre
el horror.
Hay dos fotografías que resumen la ciega determinación de los guerreros de
Washington. En una de ellas, de Michael Robinson-Chavez, en lo que pueden ser
las ruinas de Babilonia o cualquier otro lugar semejante, una mujer vestida de
negro pasa ante una fila de pobres ataúdes de madera, abiertos: en sus
interiores yacen los despojos de las víctimas. En la otra imagen, de Andrew
Cutraro, sólo se ve un soldado norteamericano, vestido con su uniforme de
camuflaje. El militar se ha maquillado para hacer de su rostro una calavera:
lleva pintados de negro una parte de las mejillas y el contorno de los ojos, y,
sobre los labios, ha dibujado los dientes fríos de una calavera. Su mirada da
miedo, aunque no nos mire: el soldado mira con las órbitas vacías de la
muerte, con la frialdad inapelable de quien ha decidido que su misión es
sembrar la destrucción. No es sólo la fotografía de un miserable soldado
enloquecido por la sangre: en esa escena se resume la mirada sobre la guerra de
los fríos generales del Pentágono que miran la muerte lejana desde el Estado
Mayor, el idioma sangriento de quienes justifican la guerra desde Washington, el
odio sanguinario de quienes ordenan bombardeos sobre la población civil, el
codicioso y vengativo aliento de quienes no se conmueven por las lágrimas de
las víctimas. Tal vez Andrew Cutraro no lo sabía cuando apretaba el disparador
de su cámara para captar el rostro de un marine maquillado como una
calavera, pero estaba fotografiando el rostro imperial de Washington.