Muerte en Trebisonda

Alberto Piris*
 
* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM

Desde que fue fundada por los griegos en el siglo VII a.C., mucha sangre de guerreros se ha vertido en torno a Trebisonda. La ciudad que albergó el mito de las mujeres guerreras – las amazonas – fue también el destino final de la famosa "retirada de los diez mil", que narra Jenofonte en la Anábasis, cuando un ejército griego, derrotado en el corazón del Imperio Persa a principios del siglo IV a.C., ejecutó una difícil operación de retirada estratégica de más de 2400 km durante cinco terribles meses.

Tampoco lo español es ajeno a la historia milenaria de esa ciudad. Ruy González de Clavijo fue el embajador que en 1403 envió Enrique III de Castilla a la corte de Tamerlán, en Samarcanda. Navegó desde el Puerto de Santa María hasta Trebisonda, desde donde siguió viaje por tierra. Regresó a España tres años después. En su informe titulado "Embajada a Tamerlán" registra su paso por la vieja ciudad del Pontus, que había conocido ya las luchas internas del Imperio Bizantino y las invasiones de pueblos orientales. Ha sido en los alrededores de esa ciudad donde la semana pasada han encontrado la muerte, en acto de servicio, sesenta y dos militares españoles.

Las circunstancias que rodearon al accidente, de sobra comentadas en los medios de comunicación, son lo suficientemente confusas y contradictorias como para justificar la polémica que se ha desatado. Habrá que esperar a los resultados de las diversas investigaciones abiertas para poder atribuir con certeza las responsabilidades que han confluido en tan lamentable hecho. Errores humanos o materiales en el vuelo; fallos en el mantenimiento del avión; descoordinación en los procedimientos de utilización de transportes logísticos; opacidad en la subcontratación de medios aéreos por la OTAN; muchos son los aspectos que habrá que aclarar, porque no solo los familiares de las víctimas, sino también el pueblo español tiene derecho a saber cómo se desarrollan ciertas actividades militares que ponen en peligro vidas humanas.

La profesión militar implica arriesgar la vida. No es la única en la que esto ocurre, pero quizá es la que lo hace de forma más abierta y visible. Forma parte de los riesgos profesionales asumidos libremente por los que a ella se dedican. Pero los instrumentos profesionales – armamento, material, equipo – se proyectan, construyen y utilizan de modo que ese riesgo se minimiza todo lo posible. Solo la guerra, con su inherente brutalidad, lo acentúa al máximo. Por eso, la guerra, como instrumento de la política - que es la que hace nacer en las sociedades humanas las armas y los ejércitos - no debería ser tomada a la ligera ni tenida como el recurso final de políticos frustrados.

Pero en Trebisonda no han muerto soldados españoles que combatían a un enemigo, sino militares profesionales que cumplían misiones de ayuda a la población civil en tiempo de paz, tras haber sufrido ésta los efectos de una guerra. Lo que suscita al menos dos dudas. La primera es la relacionada con la necesaria adecuación de los medios a las misiones. La segunda concierne a la misma esencia de lo que en algunos círculos se ha dado en llamar el "humanitarismo militar".

Lejos de vanas retóricas, que solo suelen llevar a errores y fracasos, es necesario saber que España, en cuanto a potencial militar, es un país de tercera o cuarta fila en el orden internacional. Tampoco se necesita más – y probablemente tampoco se podría aspirar a mucho más -, desde el momento en que España no está aislada del mundo, forma parte de Europa y es miembro de una alianza militar. Cuando los recursos son limitados, es necesario establecer prioridades y no dejarse arrastrar por la peligrosa ambición de ganar una valoración irreal en el concierto de las naciones, dispersando en teatros de operaciones que poco significan para los intereses españoles los escasos medios disponibles. Se entendería bien que unidades de Zapadores del Ejército español pudieran ayudar a Argelia con motivo de los recientes terremotos. Es más difícil imaginar por qué tienen que ir a Afganistán nuestros soldados. No es una simple cuestión de proximidad geográfica, sino de vinculaciones internacionales: nada esencial para España se juega hoy en Afganistán, y sí, y muy importante, en el vecino Magreb. Más aún: la responsabilidad inmediata por aliviar al sufriente pueblo afgano recae sobre quienes llevaron allí el azote de la guerra. Es EEUU, y no España, el que tiene obligación de reparar los daños causados.

Mucho se ha venido discutiendo en el mundo, durante los últimos tiempos, sobre el llamado "humanitarismo militar". Para algunos, es una forma costosa de efectuar, con un instrumento diseñado para otra cosa – la guerra –, tareas que con más eficacia ejecutarían las organizaciones orientadas solo a la ayuda humanitaria. La opinión oficial española se inclina, al parecer, por la teoría de la subsidiariedad: cuando no se dedican a su misión, y supuesto que no existan medios más adecuados, es bueno servirse de los ejércitos en misiones de ayuda a los pueblos que han sufrido una catástrofe o los efectos de la guerra. Siempre que no se olvide que la Institución Militar tiene como origen y única razón de existir su capacidad para hacer la guerra o amenazar con ella (disuasión) y que el ejercicio de misiones "humanitarias" no la menoscabe. Conviene recordar, además, que los ejércitos y las ONG no suelen hacer buenas migas: no solo no se entienden bien sobre el terreno en muchas ocasiones, sino que con frecuencia se interfieren negativamente. No se combinan con facilidad los medios que utilizan, ni la formación recibida, ni su presencia – parcial o imparcial - frente a un conflicto armado o a sus consecuencias.

Sigue siendo necesario en España un doble debate sobre la viabilidad de las misiones llamadas "humanitarias" a cargo de los ejércitos, y sobre la necesidad de saber dónde están los límites de actuación que imponen los recursos propios, forzosamente limitados. Lo que siempre será desaconsejable es pretender estar en todas partes para hacerlo todo.

 

 

 

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