Luto de patriotas
Higinio Polo
Todos los
ciudadanos españoles pudieron verlo. Las máximas autoridades del país
—mientras permanecían firmes, escuchando los himnos patrióticos y los
ahogados lamentos de los familiares congregados en la sede de los servicios
secretos para asistir al funeral de Estado por los espías muertos en Iraq—
componían un rictus de circunstancias que apenas escondía una responsabilidad
de cómplices y un luto de patriotas. Antes, el jefe del Estado y el presidente
del gobierno español habían escuchado las palabras del vicario general
castrense, Daniel Ponte, diciendo que los espías emboscados en Iraq,
"estaban trabajando en una misión de paz". Todos los que estaban allí,
en el Centro Nacional de Inteligencia, empezando por esas máximas autoridades,
sabían que las frases del vicario eran una mentira más, destinada a los
familiares y dirigida a la población que condenó la guerra desde su inicio.
Sin embargo, esa mentira era recibida por los presentes con emoción. A Juan
Carlos de Borbón incluso se le humedecieron los ojos, según publicaba la
prensa cortesana: esa emoción vicaria y esas lágrimas de capitán no hacían
sino mostrar la purulenta hipocresía de la participación de España en una
guerra miserable y en una posguerra de ocupación en la que solo se llora a los
cómplices de los verdugos.
Los portavoces del poder insistían después ante la prensa en que los militares
destinados en Iraq "deben saber que el país entero está detrás de
ellos", y mantenían impertérritos la ficción de que los militares españoles
están allí "para combatir el terrorismo", como si no fuera evidente
la mentira. El dirigente conservador Mariano Rajoy no tenía empacho en afirmar
que la razón principal para intervenir en Iraq fue el terrorismo, desmintiendo
lo que mantenían los propios gobernantes norteamericanos en las semanas previas
a la invasión, pretendiendo que se olvidasen las palabras pronunciadas en su día
por el presidente del gobierno español, que insistía en la certeza sobre la
existencia de armas de destrucción masiva en Iraq.
Otros portavoces, hablaban también del sentido del deber —¿deber ante qué?,
¿ante los designios de Washington?—, añadiendo palabrería de mercado a las
mentiras de patriotas. Unos días después, el propio Juan Carlos de Borbón
cerraba el coro oficial de patrañas en el acto conmemorativo de los veinticinco
años de la Constitución vigente, mostrando su apoyo a "quienes han
perdido su vida desarrollando misiones de paz en el extranjero". Misiones
de paz al margen de la legalidad internacional y fuera del amparo de la ONU.
Misiones de paz a las órdenes de Bush. Para su vergüenza, el
desmemoriado monarca olvidaba que esa curiosa misión humanitaria de las
tropas españolas en Iraq, había sido calificada de otra forma por los propios
militares norteamericanos:
con la brutalidad de quien se sabe impune, el general Ricardo Sánchez, jefe
estadounidense en Iraq, definía al contingente español como una fuerza de
combate, negando que fuera una fuerza humanitaria o que estuviera desarrollando
una misión de mantenimiento de paz.
Ninguna de las autoridades presentes en el funeral de Estado por los espías
españoles quería recordar que Bush lanzó una sucia guerra, secundado entre
otros por Aznar, diciendo que el mundo sería más seguro después; que atacó
un país violando la Carta de las Naciones Unidas, mintiendo desvergonzadamente
con la supuesta existencia de armas químicas y biológicas (debe seguir recordándose:
¿dónde están las armas de destrucción masiva?), ocupando un país sin ningún
tipo de acuerdo de las instituciones internacionales. Mientras escuchaban los
himnos de la patria, esas autoridades tampoco querían recordar que Aznar decidió
enviar tropas españolas a Iraq sin que ello fuese sancionado, ni tan siquiera
debatido, por el Parlamento. Ni querían recordar que, después, añadiendo
infamia a la mentira, poniéndose la venda antes de que se produjese la herida,
el presidente del gobierno español llegó a acusar a la izquierda y a quienes
se habían manifestado contra la guerra de desear el retorno en féretros de los
soldados españoles. Allí, en la sede de los servicios secretos, Aznar tenía
los ataúdes frente a él, pero no se sentía responsable de la muerte de los
espías. Tampoco el jefe del Estado, lector habitual de huecos e inútiles
discursos.
No era extraño, porque esos estadistas que inician guerras miserables, o
que se convierten en cómplices, jamás se sienten responsables de nada. Esos
rostros compungidos que asistían al funeral de Estado tampoco se conmueven por
la muerte y la destrucción que las tropas ocupantes han sembrado en Iraq, ni se
sienten cómplices de quienes han enviado a los soldados norteamericanos a
aterrorizar barrios dormidos, a incendiar las noches de los que sufren. Tampoco
se han conmovido por el destino de las dos niñas iraquíes asesinadas,
ametralladas por los soldados norteamericanos hace unos días —fue por error,
dijo después Washington—, ni se han emocionado por la matanza de Samarra:
ahora sabemos, gracias a las cadenas de televisión árabes, que los
norteamericanos atacaron en esa ciudad a la población civil con helicópteros y
carros de combate. Tampoco se les humedecen los ojos ante los civiles
asesinados, abandonados después en el suelo de los pobres hospitales iraquíes,
los gélidos hospitales que pude ver yo mismo en Bagdad o en Basora, semanas
antes del inicio de la guerra, casi destruidos por el embargo y por las bombas
norteamericanas. Ni se perturban por los siete mil detenidos iraquíes que
permanecen en condiciones infrahumanas en su propio país.
Tampoco se compadecerán, ni dirán una sola palabra, por los nueve niños
asesinados ayer por los soldados norteamericanos en Ghazni, en Afganistán,
mientras bombardeaban la población, probablemente también por error. Porque,
para las autoridades españolas que mostraban un luto de patriotas en el Centro
Nacional de Inteligencia, los muertos iraquíes o afganos no cuentan: apenas son
errores en el combate de mercaderes contra el terrorismo. ¿Ignoran acaso que,
en los seis meses transcurridos desde el inicio de la agresión, han muerto ya
decenas de miles de iraquíes? Esa invasión —que los desertores del ejército
norteamericano en Iraq, que ya empiezan a aparecer, definen como "una
guerra criminal", horrorizados por el asesinato de niños iraquíes en
operaciones represivas— en la que las autoridades españolas han colaborado,
ayudando al ejército de ocupación, mostrando su complicidad con la rapiña
desatada en Iraq hasta el extremo de celebrar una "conferencia de
donantes" en Madrid que era la organización del saqueo, esa invasión, no
es una misión de paz, sino una descarnada campaña de terrorismo lanzada desde
el poder. Vestidos con las mentiras que Washington ha lanzado al mundo,
complacientes ante la ferocidad de los guerreros de Bush, las autoridades
presentes en el funeral apenas podían enseñar algo más que un luto de
patriotas.
Los muertos de Bagdad, de Tikrit o de Samarra no tienen nombre, y ninguno de los
mandatarios españoles, compungidos en el funeral de Estado, podría citar el de
las niñas ametralladas en Nahar Al Aswad, ni el de los ciudadanos iraquíes
tendidos en el polvo con una bala en la cabeza. Son muertos prescindibles.
Silenciosos en el funeral, las autoridades españolas querían honrar ante el país
los despojos de los espías que volvieron en féretros desde Bagdad, pero la
solemne despedida apenas mostraba el rostro endurecido del poder, la impunidad
de las mentiras lanzadas desde las más altas magistraturas del Estado, la inmóvil
tristeza de los cómplices; el ritual de difuntos apenas ahogaba los reproches
de un falso sentido del deber, apenas enseñaba un desvergonzado luto de
patriotas, arañando la tierra con la hipocresía agonizante de los que envían
a morir a otros.