La ocupación huele a petróleo
Enriqueta Cabrera
Masiosare
El control del petróleo iraquí
significará el contrato del siglo para las multinacionales y la introducción
de un caballo de Troya en el seno de la OPEP, que tendrá que ver ya no con los
precios sino con la cuestión esencial: la llave de las reservas.
LA GUERRA DE ESTADOS UNIDOS CONTRA IRAK buscó una redefinición geopolítica en
el Cercano Oriente, junto con un nuevo balance entre los países árabes e
Israel. El petróleo forma parte de esa redefinición geopolítica en la que
juegan los intereses petroleros de la potencia hegemónica del siglo XXI. Irak
es hoy para Estados Unidos la llave a las más grandes reservas petroleras del
mundo, después de las de Arabia Saudita. Washington considera que ahora la
ocupación debe avanzar conforme a tales intereses políticos y económicos. Los
países del golfo Pérsico tienen en conjunto cerca de las dos terceras partes
de las reservas petroleras del mundo.
Aunque el petróleo de Irak no fue una de las razones que se esgrimieron públicamente
para la guerra, como lo fueron las armas de destrucción masiva que no aparecen
por ningún lado, es evidente que los intereses petroleros jugaron un papel de
primera importancia en el conflicto bélico. Los bombardeos tuvieron especial
cuidado con las instalaciones petroleras iraquíes, con su seguridad, con
extinguir incendios provocados en algunos pozos. Incluso, las instalaciones del
ministerio encargado del petróleo en Bagdad fueron las únicas que no sufrieron
daños. En la postguerra lo primero que Washington busca poner en pie es todo lo
que tiene que ver con el petróleo.
Por ello, el embajador de Estados Unidos, John D. Negroponte, presentó un nuevo
proyecto de resolución al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en el que
pretende que se suspendan las sanciones contra Irak y se otorgue a Estados
Unidos y Gran Bretaña el control de los ingresos petroleros del país ocupado
durante un año o lo que haga falta. Dichos ingresos, establece el proyecto de
resolución, serán utilizados para financiar la reconstrucción de lo que
destruyeron las dos guerras, las sanciones y el régimen dictatorial.
Puede pensarse que al igual que los contratos para la reconstrucción de Irak
fueron asignados a grandes empresas estadunidenses, las grandes compañías
petroleras anglo-americanas se beneficiarán del acceso a las reservas
petroleras de Irak. De acuerdo con lo que establece el proyecto de resolución,
Naciones Unidas tendría sólo un papel secundario. Con el levantamiento de las
sanciones -específicamente del programa petróleo por alimentos- que pretende
Washington, la ONU dejaría de tener injerencia alguna en la cuestión
petrolera, que quedaría en manos de los vencedores y ocupantes de Irak.
Y como todo huele a petróleo ahora en Washington, el Comité de Relaciones
Exteriores de la Cámara de Representantes (24 republicanos y 22 demócratas)
decidió condicionar el acuerdo migratorio con nuestro país a que Pemex se abra
a la inversión estadunidense para poner fin a la corrupción en la empresa
mexicana. No importa que la resolución vaya en contra de la Constitución
Mexicana, eso no interesa a los republicanos que votaron a favor del proyecto
mencionado. El proyecto tendrá que pasar a las dos cámaras, pero mientras
tanto republicanos y demócratas se dividen. Los primeros tienen la vista bien
puesta en los hidrocarburos, aunque muy posiblemente sepan que dicho acuerdo no
pasará. Habría que recordar que en la negociación del TLC, donde todo se puso
sobre la mesa, no estuvo el petróleo ni tampoco la migración de mexicanos al
norte del río Bravo. ¿Fueron candados aceptados por ambos países?
El petróleo, factor de decisión para la guerra
Pero, volviendo a esta guerra preventiva, fue el ex director de la CIA,
James Woolsey, quien introdujo el tema de las ventajas que traería la guerra al
considerar el petróleo. Incluso les recordó a los europeos que el nuevo régimen
democrático debería renovar o establecer nuevas concesiones petroleras y que
los países que no apoyaran el ataque no quedarían dentro de los beneficiados
del nuevo reparto del petróleo iraquí.
La cuestión del petróleo de Irak estuvo planteada desde mucho antes de
estallar la guerra. En julio de 2002, el Comité de Política de la Defensa que
encabezaba Richard Perle, maestro del subsecretario de la Defensa Paul Wolfowitz,
discutió el tema del riesgo que representaba el alto grado de dependencia de
las reservas de Arabia Saudita para satisfacer necesidades de suministro de la
economía estadunidense. La dinastía reinante tenía poca fiabilidad,
especialmente si se recuerdan sus vínculos con Bin Laden y con el régimen
talibán.
Aunque no se habló mucho de ello públicamente. El crudo iraquí fue un factor
de decisión para la guerra contra Irak; no el único, pero sí uno fundamental.
El cálculo de los halcones de Washington era que la guerra contra Irak podría
tener un resultado altamente favorable si Estados Unidos volviera a contar con
las reservas de este país después de 12 años de embargo. Y justamente eso es
lo que plantea el proyecto de resolución del Consejo de Seguridad como un
primer paso, sobre todo si dichas reservas pasaran a manos de compañías
norteamericanas y británicas. La estrategia geopolítica y energética que pone
en marcha Washington fue planteada en el documento Proyecto de nuevo siglo
americano desde 1997.
Después de todo habría que recordar que tanto el presidente George W. Bush
como el vicepresidente Dick Cheney tienen sensibilidad petrolera por su
trayectoria en esta industria y su vinculación con empresas de este ramo. El
anuncio, hace dos semanas, de la salida de los militares estadunidenses de las
bases de Arabia Saudita indica que la expectativa se cumplió. Irak puede ser un
buen sustituto para dichas bases, al tiempo que las reservas petroleras darían
a Washington seguridad energética a futuro.
Salvo si se aprueba el proyecto de resolución presentado al Consejo de
Seguridad, el petróleo de Irak, por lo pronto, no puede ser tocado por los
invasores, quienes se ven impedidos de otorgar contratos sobre extracciones
petroleras sin permiso de la comunidad internacional o de una autoridad civil
reconocida por ésta. De ahí la prisa de Washington porque se ponga fin al
programa petróleo por alimentos, otrora destinado a impedir que las autoridades
iraquíes pudieran beneficiarse de la extracción del crudo.
Lo que ya se discute es qué empresas deberán realizar la extracción y si serán
las mismas que lo venían haciendo antes de la invasión. Ahí de nueva cuenta
se contraponen los intereses de Estados Unidos -hoy fuerza ocupante- con los de
diversos países de Europa y Rusia, que adquirían petróleo de Irak antes de la
guerra en el marco del mencionado programa.
Los nombramientos realizados por Jay Garner (luego sustituido por el civil John
Sawers como administrador interino de Irak) en la industria petrolera iraquí
parecen mostrar que serán compañías anglosajonas las que se lleven la gran
tajada: como ministro del petróleo del futuro gobierno provisional designó a
un tecnócrata iraquí vinculado a la industria petrolera, Tamir Abas Gabdan;
colocó a un ex directivo de la petrolera anglo-holandesa Shell, Phillip J.
Carroll, como asesor del nuevo y seguramente dócil ministro; en el que sería
el equipo de Garner colocó también a un ex directivo de la petrolera
estadunidense Exxon Mobil.
Así, las grandes petroleras de los países vencedores se disponen a tomar las
llaves de las reservas del petróleo iraquí, desplazando a la competencia
francesa, rusa y alemana. Ni modo, Woolsey se los advirtió. Al fin y al cabo el
petróleo ha sido liberado por Estados Unidos y sus aliados.
La disputa por el petróleo
Al terminar la fase militar de la guerra contra Irak, iniciada la ocupación,
poniéndose a punto la industria petrolera iraquí, Estados Unidos, que es el
primer consumidor del mundo, no quiere petróleo barato. Porque es evidente que
un precio bajo mermaría las ganancias de las empresas petroleras, pero también
los ingresos por impuestos a los hidrocarburos y las gasolinas, lo que reduciría
los ingresos de los países consumidores como Estados Unidos.
Este asunto no es menor. Según datos de la OPEP, en el quinquenio 1996-2000 los
impuestos que cobraron las siete naciones más industrializadas (Estados Unidos,
Canadá, Japón, Francia, Alemania, Italia y el Reino Unido) por la venta de
hidrocarburos ascendieron a 1.3 billones de dólares, mientras los países de la
OPEP recibieron por la compra del crudo 850 mil millones.1
Así se cierran algunas de las interrogantes sobre los mercados petroleros después
de la guerra contra Irak. Al finalizar la guerra, la cotización no bajó
bruscamente, y la OPEP tomó el acuerdo en su reunión ministerial del 24 de
abril de reducir las cuotas de producción de 27.4 a 25.4 millones de barriles
diarios, a partir del primero de junio, para mantener la estabilidad de los
mercados y de los precios en la banda de entre 23 y 28 dólares por barril. Al
iniciarse la guerra, justo el 20 de marzo, los países de la OPEP acordaron
utilizar sus capacidades en exceso para garantizar el suministro del mercado. La
OPEP "continuará monitoreando de cerca y reaccionará a los mercados,
esperando que las medidas tomadas contribuirán a la estabilidad del mercado y
apoyarán la recuperación económica del mundo."2
Por éste y otros factores, Washington logró una reacción positiva de los
mercados petroleros durante la guerra, alentados por la esperanza del petróleo
iraquí. De hecho, los precios se mantuvieron relativamente estables,
descendiendo del nivel alcanzado durante la preguerra. La tendencia fue a la
baja con ligeros repuntes aquí y allá. Puede afirmarse que lo mismo en esta
guerra que en la de 1991, Estados Unidos logró la estabilidad de los precios y
quienes vaticinaron que éstos podrían alcanzar hasta los 80 o 100 dólares el
barril se volvieron a equivocar.
Comparativamente, puede afirmarse que durante el conflicto bélico el precio del
petróleo tuvo un mejor comportamiento que a principios de los ochenta. Estados
Unidos necesita un barril de petróleo con un precio intermedio para despegar,
como también necesita que sus empresas petroleras ganen dinero y ayuden a la
recuperación de la confianza en la economía. Ni muy bajo, ni muy alto.
En las actuales circunstancias, Washington y el sector petrolero recuerdan dos
crisis inversas. La de 1998 cuando el precio llegó a desplomarse a menos de 10
dólares el barril y la de 2000 cuando el petróleo alcanzó un precio máximo
que afectó al conjunto de la economía de los países consumidores. De esas dos
crisis se derivó un acuerdo no escrito entre productores, empresas petroleras
privadas y países consumidores, en el sentido de que a nadie favorece el
movimiento pendular extremo de los precios del petróleo, que tiene
repercusiones negativas sobre la economía mundial.
Una de las fortalezas de las compañías petroleras privadas tiene que ver con
la contradicción mundial: los países que más consumen son los que menos
producen, y los países que tienen las mayores reservas carecen de tecnología y
de capital para desarrollar la industria. Precisamente en estas condiciones
tiene lugar la disputa por el petróleo de Irak.
Para intercambiar capital y tecnología por petróleo, las superpetroleras piden
algo más como garantía a sus cuantiosas inversiones y eso es la llave de las
reservas. Utilizan para ello la presión de sus gobiernos, toda la presión. Eso
acontecerá en Irak.
En Irak como en el mar Caspio, las compañías estatales tienen las reservas,
pero no la tecnología y el dinero para aumentar la producción, construir los
oleoductos o explorar un recurso no renovable del que depende el mundo entero.
Las reservas crecen menos que el consumo de hidrocarburos.
Las empresas estatales son las que controlan las mayores reservas de petróleo,
sin embargo, carecen de capital y tecnología para llevar adelante inversiones,
exploración y desarrollo. Lo contrario acontece con las grandes compañías
petroleras multinacionales privadas: tienen los recursos pero no las reservas.3
Esta contradicción se da también en Irak, el petróleo es nacional y
controlado por Irak National. En la postguerra, las grandes petroleras exigirán
que se les proporcione participación en la propiedad de las campos para
incrementar sus reservas y por tanto el valor de sus acciones. Por lo general,
las empresas obtienen una exoneración de cumplir con las leyes locales en
materia medio ambiental y de impuestos por el tiempo que dure el contrato.
Se trata de contratos leoninos llamados production sharing agreements (PSA) que
se dan en países débiles y corruptos, lo mismo en Asia central que en Africa,
en Rusia y en Ecuador. Algunos países como México y las petromonarquías del
Golfo los han venido rechazando por considerarlos una cesión de soberanía
inaceptable.4
***
¿Qué sucederá en Irak? Las visiones más radicales que responden a los
interes de las grandes compañías petroleras quieren todo el pastel. Es decir,
pretenden la privatización del sector petrolero iraquí, posible bajo la égida
de las fuerzas de ocupación de Estados Unidos y Gran Bretaña. Así se sentaría
un nuevo modelo, naturalmente a contracorriente de lo que acontece en la mayoría
de los países del golfo Pérsico.
Otros, posiblemente los menos, consideran que esto podría crear muchos más
problemas y que sería suficiente con los PSA. Lo más probable es que se
mantenga la compañía estatal -a eso suenan las declaraciones de Bush de que el
petróleo será beneficio de los iraquíes. Finalmente, bajo el dictado de las
fuerzas militares estadunidenses que ocupan Irak y en virtud de lo mucho que se
necesitan los recursos para reconstruir el país, pudiera ser que por primera
vez en Oriente Próximo se firmen apetitosos PSA.5
Dentro de este panorama, es evidente que la llave de las reservas es la clave.
Por eso Irak, por eso la protección de yacimientos petroleros, por eso la
disputa que viene será sobre qué empresas tendrán contratos y cuáles obtendrán
las mejores condiciones, incluso acceso a las reservas. Sin duda, será la
potencia invasora, que mantiene el país ocupado militarmente, la que pondrá en
pie un gobierno controlado y controlador de los hidrocarburos. Eso es lo que
puede preverse que acontezca en Irak.
El control del petróleo iraquí significará el contrato del siglo para las
multinacionales y la introducción de un caballo de Troya en el seno de la OPEP,
que tendrá que ver ya no con los precios sino con la cuestión esencial: la
llave de las reservas.
Y aunque nunca se reconoció que el petróleo fuera uno de los factores de la
guerra, ¿quién puede dudarlo hoy? Geopolítica y beneficios empresariales es
una combinación que huele a petróleo.
NOTAS
1. OPEP, "Who gets what for imported oil", septiembre de 2001.
2. Comunicados de Prensa de la OPEP cinco y siete, del 20 de marzo y 24 de abril
de 2003, respectivamente.
3. Mariano Marzo, "La liberación (del petróleo) de Irak". El País,
domingo 27 de abril de 2003.
4. Ibid.
5. Ibid.