La España cortesana de la boda real
Marcos Roitman
Rosenmann
El gobierno de la monarquía
borbónica hace agua. Ahogado en sus mentiras, José María Aznar busca una
salida fácil para ocultar su mediocridad. Sediento de prepotencia bebe su bilis
como calmante y no cabe de gozo cuando le comunican el futuro enlace entre el príncipe
y una periodista de su cuerda.
Comportamiento que
pretende lo exonere del silencio cómplice, guardado por él y su gobierno, al
ser notificado del asesinato y muerte de dos reporteros españoles en Irak.
En la bravuconería de sus
gestos, Aznar esconde su mediocridad y busca tapar su incompetencia aprovechándose
del revuelo por esta decisión, un tanto inesperada, del príncipe de
"romper el celibato" y unirse en matrimonio con una plebeya
divorciada. Cuando peor parecían ir las cosas para Aznar y el Partido Popular,
este golpe de suerte les permite un respiro.
La España cortesana mirará
con orgullo y satisfacción el histórico compromiso real. Transformará el
hedor en una bocana de aire fresco. Muchos españoles, aquellos que copan la
audiencia viendo programas de voyeurismo social, tendrán un soporte adicional.
Durante no pocos meses, hasta el día de la boda, periódicos, revistas del
corazón, televisión y radio, en fin, los medios de comunicación públicos y
privados, cubrirán hasta el hartazgo los pormenores de la boda.
Importantes incógnitas de
hondo calado humano serán formuladas: ¿Quién será el modisto elegido? ¿De
qué color será el vestido? -Blanco en ningún caso, ya que la novia fue
desposada en su anterior matrimonio, ¿o no?- ¿Cuántos invitados habrá? ¿Cómo
será la tarta? ¿Dónde pasarán la noche nupcial? En fin, un sinnúmero de
interrogantes que se irán develando poco a poco, en función de los intereses
de la casa real. Ello hará olvidar lo más importante: la boda del príncipe
heredero ha sido el momento esperado por los monárquicos y su corte para
afianzar de una vez y para siempre la casa de los Borbones en el trono. Fue
parte del pacto de Estado implícito, sellado por las fuerzas políticas con
representación parlamentaria durante la transición: no cuestionar a la monarquía.
Salvo un sector de
Izquierda Unida y de republicanos incombustibles, el resto de la sociedad política
y civil se unirá al brindis de parabienes a la nueva pareja principesca, garantía
de continuidad dinástica. Razón más que de sobra para dotar de contenido político
este hecho eminentemente social. No olvidemos que casarse, solicitar el divorcio
o hacer la primera comunión, por ejemplo, son actos privados. Sin embargo, es
evidente que cuando la decisión involucra a personajes famosos, sean cantantes,
deportistas, actores o miembros de la elite política, el hecho adquiere
connotación pública relevante, pero no cambia la naturaleza social del acto.
Sin embargo, no hace falta retrotraernos históricamente para contemplar cómo
en sociedades de castas y estamentales, así como cortesanas, nos encontramos
con bodas de conveniencia en las que priman los intereses políticos y económicos
de familias y mafias cuyo fin último es ver aumentada su cuota de poder e
influencia. El resultado: vidas desgraciadas con infelices llenos de traumas.
Salvo excepciones, esa ha sido la dinámica seguida durante los siglos XIX y XX.
Hoy, en Occidente, con
monarquías reducidas a un papel casi decorativo, cuyos escándalos se airean
por todo el mundo, las bodas reales no dejan de ser acontecimiento público, en
las que la ostentación obscena de la que hacen gala muestra un pasado de poder
absoluto, de lujuria y despilfarro, que querrían recuperar. Pero este
casamiento debe ser diferente, pues está sometido a una lógica política
enquistada en la historia reciente de España. Es necesario romper el lastre que
encadena al actual rey, Juan Carlos I, a su designación como monarca. Por más
que intente lavar su imagen, el recuerdo lo sitúa junto a Francisco
Franco, su legitimador político. Su origen bastardo no debe ser trasladado a su
heredero, pues ello abriría nuevamente las puertas a un debate sobre Monarquía
o República.
La continuidad monárquica
es tarea pendiente, no resuelta durante la transición. De ahí la prisa por
casar cuanto antes al vástago varón y dar carpetazo definitivo. Hoy se
presenta la decisión como parte del cambio político democrático, efecto de
estos 25 años de Constitución monárquica. ¿Casualidad las fechas?
Una educación laica, sin
prejuicios y con aires modernos a los hijos del rey, facilita una boda
considerada imposible a los ojos de una monarquía tradicional. La elegida es
una mujer divorciada, plebeya, con padres separados y sin pedigrí; qué más se
puede desear. El, hombre moderno y sin prejuicios, compatibiliza su
responsabilidad futura de gobernar España con su amor privado. No hay fisuras.
España es otra. Fruto del cambio, podemos asistir a una decisión en la que se
conjugan la tolerancia de unos padres comprensivos, monarcas de su tiempo, cuyo
único deseo es ver felices a sus hijos. Una familia ideal. Los novios aceptan
gustosos el papel asignado. Ella se muestra responsable y sumisa al protocolo, y
él, en su condición de futuro rey, se siente dichoso y con fuerzas para
acometer su trabajo de servir al reino. Ya no está solo.
Mientras tanto, en el
orden interno, el desprecio a la democracia y los derechos sociales campa a sus
anchas. El aumento exponencial del desempleo afecta a 2 millones de personas y
se encubre otro millón y medio bajo la fórmula de contratos a tiempo parcial y
otras triquiñuelas estadísticas sin mayor credibilidad social. La pérdida de
poder adquisitivo de la ciudadanía es alarmante. Tampoco la juventud tiene
mejores perspectivas. Abocados a un futuro en el que el acceso al trabajo no está
garantizado, su horizonte se ve ennegrecido hasta el desánimo y la depresión.
Otro tanto ocurre con los jubilados. Pensiones exiguas y falta de servicios
sociales. Los banqueros están enhorabuena. Se frotan las manos y sacan
suculentos bocados con el beneplácito del gobierno. La sanidad entra en un
proceso de privatización silenciosa, con el traspaso de hospitales públicos a
fundaciones privadas para su gestión y administración. La subvención a la
educación religiosa, más concretamente a los Legionarios de Cristo, permite
desplazar la hegemonía del Opus Dei a la formación de la elite conservadora.
El resultado: una involución en la enseñanza pública, en la que se penaliza a
estudiantes laicos y agnósticos.
La corrupción suma y
sigue. Es hecho cotidiano y a pocos les escandaliza. Transformada en forma de
vida, se asocia de preferencia a la actividad política. Muchos piensan que este
es el motivo oculto que mueve a presentarse como candidatos a personajes que
gastan fortunas en sus campañas. El premio siempre será mayor. Los empresarios
se adueñan de la política e imponen la dictadura del mercado. Bajo su égida
se articula una política rastrera de favores y prebendas, cuya dinámica se
expresa en la danza del euro. Para Aznar, España va bien. Difícil hacer creer
a extranjeros, turistas e inclusive avisados científicos sociales la
fragilidad de un proceso cada vez más excluyente y concentrador, donde casi 9
millones de españoles viven en condiciones de pobreza, según Cáritas,
organización nada proclive a falsear datos.
En otro orden de cosas, la
violencia de género muestra el lado oscuro de una sociedad sexista cuyos
principios de superioridad del macho frente a la hembra son defendidos con
fuerza por el gobierno del Partido Popular, más allá de las declaraciones
propagandísticas. La Constitución discrimina por razón de sexo el acceso a la
corona. El trono es prerrogativa de los varones. En conclusión, este enlace
constata la fuerza con que sobrevive una España tradicional y cortesana, que
impone su agenda, frente a los intentos republicanos de democratizar su
existencia. ¡Vivan los novios!