Ignacio Ramonet
La Voz de Galicia 25-12-2003
TODA
GUERRA moderna tiene dos frentes: uno militar y otro mediático. Éste
ultimo, en nuestras sociedades hiperinformadas, tiene casi más
importancia que el primero. Porque mueve signos, sugiere ideas, evoca
mitos, crea conciencia. Y porque el ser humano siempre sentirá una
irresistible pasión por los símbolos.
La larga «guerra contra el terrorismo internacional» a la que se ha
lanzado el presidente George W. Bush empezó por una tremenda derrota
simbólica de los Estados Unidos. Los infames atentados de aquel 11 de
septiembre del 2001 se tradujeron en unas imágenes (los aviones-bomba
destrozando el World Trade Center) de profunda humillación. El símbolo
del poderío económico norteamericano borrado por una espectacular
operación terrorista.
Desde entonces, Washington, como un león herido, está en busca de los
autores de ese crimen infinito. Pero también de una imagen mediática
que haga olvidar aquella de las Torres Gemelas hundiéndose en un caos
de polvo, sangre y terror.
Con ese propósito, Donald Rumsfeld ha creado en el Pentágono una célula
de comunicación especializada en la producción de escenas destinadas a
provocar un fuerte impacto favorable a Estados Unidos en la opinión
publica. Sus miembros fueron los que tuvieron la idea, en marzo pasado,
de incorporar a periodistas «encamados» en el seno de las fuerzas de
invasión. Luego, cuando los invasores conquistaron Bagdad, ellos
idearon el derrumbe de la estatua gigante de Sadam Huseín. También
imaginaron la gran superchería de la soldado Jessica Lynch. Por último,
pusieron en escena el anuncio del fin de las hostilidades por el
presidente Bush, disfrazado de piloto de guerra tipo Top gun
, a bordo de un portaaviones y delante de una triunfante afirmación: «Misión
cumplida».
Pero ninguna de esas escenas tenía la fuerza simbólica que se buscaba.
Y además, desde que se intensificó la resistencia, las contraimágenes
de helicópteros derribados y de soldados abatidos han venido a poner en
duda la eficacia de la propaganda oficial.
Por eso se buscaba una imagen total , y se apostaba por la
de Sadam capturado. En previsión de esto, el Pentágono estudió la
mejor manera de anunciar la detención del ex dictador. No se quería
cometer el mismo error de cuando la muerte de los hijos de Sadam. El
Pentágono elaboró un documento interno, High value target nº 1,
analizando la mejor manera de difundir el arresto eventual de Sadam. Se
nombró a un ex periodista, Gary Thatcher, para dirigir ese anuncio. Éste
contempló dos posibilidades: Sadam muerto o Sadam vivo. En el primer
caso se haría una identificación por ADN inmediata y en Bagdad. De
todas maneras, el anuncio debía ser hecho por un iraquí.
Para no convertir a Sadam en mártir, la opción preferente era
atraparlo vivo. Por eso, cuando se supo con exactitud su escondite, se
introdujo un gas por el sistema de aireación que le aturdió e impidió
utilizar su arma para defenderse o inmolarse. Luego Gary Thatcher, con
un cuidado particular, imaginó la puesta en escena de las imágenes que
se iban a diseminar por el mundo.
Se filmó a Sadam, con estilo de vídeo aficionado, sin sonido, a través
de un espejo invisible. Se acentuó el contraste entre el ex dictador
barbiespeso, desmelenado, vestido de negro, sobre un fondo de
revestimiento blanco clínico, frente a un médico calvo, barbilampiño
y de blusa clara. Que lo domina en estatura y lo manipula, lo espulga,
le inspecciona la boca, con guantes blancos de goma.
Además de humillante -y contraria a lo establecido por la Convención
de Ginebra- esta visión de un Sadam rendido, dócil, vulnerable, con
pinta de errático vagabundo piojoso (no de jefe guerrero), y examinado
como un paciente pasivo, estaba destinada a la opinión iraquí y árabe.
Es la imagen que mata a las miles de representaciones narcisistas que el
ex-dictador, en su delirante culto de la personalidad, había exhibido
en las plazas públicas de Irak. Pero una cosa es destruir un símbolo
de la tiranía, y otra acabar con la resistencia.