Alberto
Piris
Estrella Digital
El
pasado 9 de junio, con motivo de la declaración ante el Comité de las Fuerzas
Armadas del Senado de EEUU del Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, se
difundió el dato de que la ocupación militar de Iraq viene costando
mensualmente unos 4.000 millones de dólares. En la prensa estadounidense se
comentó que mantener un soldado en Iraq durante un mes cuesta 25.000 $, lo que
equivale a los ingresos anuales de diez familias iraquíes de nivel medio.
¿En cuánto se puede valorar el coste total de la guerra de Iraq hasta hoy? Al
escribir estas líneas, los costes acumulados de la operación para EEUU se
estiman en más de 50.000 millones de dólares. Claro está que, para completar
la cifra, habría que añadir otros costes ocultos (las bajas humanas y pérdidas
de material de los ejércitos invasores) y lo que los contribuyentes de otros países
- el Reino Unido, pero también España, Australia, etc. - están pagando para
enviar y mantener allí efectivos militares. Por último, y aunque no tenga nada
que ver con lo que aquí se comenta, el coste total de esta guerra se obtendría
tras añadir a todo lo anterior las pérdidas enormes - en población, recursos
e infraestructuras - que ha sufrido el país invadido. La guerra siempre es
cara, aunque haya algunos que se beneficien de ella económicamente: todas las
empresas que ya afilan sus garras para extraer los máximos beneficios de la
llamada "reconstrucción posbélica".
Pero el aspecto más peculiar de esta guerra aun no concluida es el uso de
sobornos y recompensas para conseguir los objetivos de la operación. Es para
todos evidente - bastaría repasar las hemerotecas de los últimos meses - que
la lista de objetivos ha ido variando a medida que los errores (¿o engaños?)
estratégicos de EEUU iban exigiéndolo: privar a Iraq de sus armas de destrucción
masiva; aniquilar a Al Qaeda, que se sospechaba allí enraizada; forzar un
cambio de régimen político y, finalmente, destruir a Sadam Husein. Pues bien,
como las operaciones militares de ataque, invasión y ocupación de Iraq no han
permitido alcanzar ninguno de estos objetivos (ni aparecieron las armas tan
detalladamente anunciadas y descritas; ni se encontraron las madrigueras de Ben
Laden y sus secuaces; ni se descubrieron los gabinetes donde se urdían los
planes del terrorismo universal, coordinados por Al Qaeda), los estrategas del
Pentágono han recurrido a un viejo procedimiento, habitual en la época más
salvaje del Lejano Oeste: ofrecer sustanciales recompensas por la captura -
vivos o muertos - de los principales malhechores.
Recientemente se ha anunciado que se pagarán 10.000 $ a cualquiera que
proporcione indicios sobre las personas o grupos de la resistencia iraquí que
están causando un continuado goteo de bajas en las fuerzas ocupantes. Por otro
lado, se han pagado ya 30 millones de dólares al jeque que dio las pistas que
permitieron aniquilar a los dos hijos de Sadam Husein, a 15 millones de
recompensa por cada uno. La máxima recompensa - 25 millones - se entregará a
quien ayude a encontrar al evaporado dictador. El Procónsul estadounidense en
Iraq, Paul Bremer, ha afirmado que "la única incógnita es quién se
embolsará los 25 millones de dólares y conseguirá un pasaporte para
establecerse cómodamente en otro país extranjero".
Basta saber un poco de cuentas para deducir que habría resultado más barato -
y probablemente más eficaz - haber invertido más dinero en sobornos y
recompensas y menos en desplegar en el desierto iraquí a unos soldados que
empiezan a estar ya hartos de su misión y que esperan con ilusión la llegada
de los relevos: por ejemplo, la brigada hispanoamericana "Plus Ultra".
Con los 4.000 millones de dólares mensuales que está gastando Washington en
esta ocupación se podría poner precio a la cabeza de ¡ciento sesenta
ejemplares de Sadam Husein cada mes!
El colmo de la confusión se alcanza cuando se plantea a la Administración Bush
el dilema: ¿se prefiere capturar vivo a Sadam Husein o matarlo? La respuesta
oficial produce pasmo. El martes pasado, el Director de Operaciones del Pentágono,
general Norton Schwartz, afirmó: "Este es un asunto complicado. Depende
del carácter del objetivo, de las circunstancias y de las medidas defensivas
que adopte. Será el jefe militar sobre el terreno quien tome la decisión".
¿Alguien puede creer que una decisión de tanta trascendencia quede en manos de
un simple teniente del Ejército que, registrando con sus soldados un edificio,
se dé de bruces con el depuesto dictador, quizá vestido con chilaba y
ostentando larga barba? Ni siquiera el general Ricardo Sánchez, jefe de las
tropas de EEUU en Iraq, podría decidir libremente. Una medida de tal calibre y
tan hondas repercusiones no se toma sin consultar a los órganos más elevados
de la Defensa o el Gobierno. Menos todavía, vistos los resultados de la operación
de Mosul, donde fueron abatidos los hijos de Sadam Husein, y las torpes
explicaciones dadas al respecto.
Lo más desazonador de todo lo anterior es la constatación de que ni la
anterior guerra de Afganistán, ni la ocupación actual de Irak han disipado la
amenaza de Al Qaeda, todavía calificada en Washington como inminente, para
mantener asustada a la población durante las vacaciones estivales. Tantos
sacrificios, tanto coste, para seguir en el punto de partida. Está claro que el
Pentágono es incapaz de garantizar la seguridad del mundo, cuya responsabilidad
se atribuye unilateralmente. Más bien está excitando el odio de los
mahometanos más fanáticos contra los países occidentales, a los que atribuyen
toda clase de perversidades, empezando por la ilegal, injusta e inmoral invasión
de un país soberano, en lo que lamentablemente tienen sobrada razón, aunque a
la vez se alegren de la caída de Sadam Husein, que no se distinguía
precisamente por su fidelidad islámica.