Noticias de la España Cañí
La Batalla del Ebro, segunda parte

Joaquim Pisa

El invierno es tiempo propicio para el estreno de segundas o terceras partes de éxitos cinematográficos de todo género. Y este invierno está habiendo buena cosecha de continuaciones de filmes hollywoodienses tan taquilleros en su momento como Matrix o El Señor de los Anillos, por ejemplo. El PP, atento como siempre a todos los vientos que provengan de EEUU, acaba de avisarnos de un más que probable estreno de La Batalla del Ebro, Segunda Parte. Un estreno que de llevarse a cabo, realmente haría ruido.

La primera parte es una peli bastante vieja, un film en blanco y negro de hace 65 años rodado con más medios que talento. Narra en tono ampuloso las supuestas hazañas del glorioso Ejército español durante la invasión de Catalunya en 1938-1939; salen ahí mucho mercenario, mucho cura y mucha gente brazo en alto “a la romana”. El film contó con un reparto que sería irrepetible, más que nada porque la mayoría de sus protagonistas llevan décadas criando malvas, y generó pingües beneficios a los productores, es decir a la gente que puso la pasta para hacer posible el rodaje: un amplio grupo de financieros, terratenientes e industriales, entre los que se contaban próceres tan conocidos como los señores Botín, March y Cambó, amén de un selecto grupo de Grandes de España y otras gentes por el estilo.

Lo de rodar una segunda parte de tan excepcional película viene a cuento de las amenazas proferidas a micrófono abierto por Fraga Iribarne, advirtiendo a Maragall y al gobierno tripartito catalán de que el gobierno español tiene instrumentos constitucionales para suspender la autonomía catalana, y hasta para hacer intervenir al Ejército si considera amenazada la unidad e integridad territorial de España, según señalan respectivamente los artículos 155 y 8 de la Constitución (esa misma Constitución que la derecha española rechazaba en 1978, y que ahora parecen haber parido ellos).

La voz de Fraga no ha sido la única en lanzar cañonazos contra el rojerío catalán, que acaba de robarle a la derecha el gobierno de la Generalitat de Catalunya. Seguro que estos días habrán visto en la tele la jeta del inefable Eduardo Zaplana, ministro portavoz del Gobierno español, anunciando urbi et orbe que el futuro gobierno de izquierdas en la Generalitat catalana es “inconstitucional” (¡antes de que tome posesión!), y que a poco que se le ponga en el morro al PP, Maragall irá a hacerle compañía a Ibarretxe en el trullo. Al tiempo, recordaba a los medios de comunicación “su deber de ser beligerantes contra el gobierno de izquierdas catalán” (sic), lo que ha dejado patidifusos a la mayoría de periodistas, incluídos los que no son catalanes ni de izquierdas pero sí son gente decente. Así entienden la democracia estos tíos.

Lo tremendo del caso es que si uno lee el documento del acuerdo entre PSC-ERC-IC, resulta de una moderación tal que, por ejemplo, en los aspectos financieros sus propuestas quedan muy por debajo del actual Régimen Foral de Navarra en esa materia; por no hablar del nuevo Estatuto que se plantea, que es eso, una versión mejorada del Estatuto vigente y ni siquiera una propuesta de régimen federal al estilo alemán o suizo. No hay absolutamente nada en ese acuerdo, ni una sola línea, que permita a alguien que esté en sus cabales sostener que en Catalunya se van a implantar poco menos que la República socialista, el comunismo libertario, y la independencia catalana, todo de una tacada, como están vociferando los medios del antaño conocido como Sindicato del Crimen.

Ese muladar esperpéntico de caspa, ceguera y brutalidad en el que se refocila tan a gusto la derecha española, contrasta con la corrección e incluso cordialidad conque se desarrolló el acto protocolario en el cual el nuevo presidente del Parlamento catalán, el republicano Ernest Benach, presentó a la firma del rey el decreto con el nombramiento de Pasqual Maragall como presidente de la Generalitat catalana. “Hablando se entiende la gente”, le dijo Juan Carlos a Benach, al tiempo que hacía una llamada al diálogo político.

Ver para creer. Al final va a resultar que el ciudadano Borbón ha quedado como único baluarte institucional estatal defensor de la democracia.

En fin, que tras el trasvase del Ebro, el PP nos amenaza ahora con la Batalla del Ebro. La cuestión, al parecer, es sacar a pasear los tanques de tanto en tanto, aunque solo sea verbalmente, para que todos recordemos quién manda aquí. Tomamos nota.

INSEGURIDAD PÚBLICA, POLICÍAS PRIVADAS

Desde que gobierna el PP, la seguridad ciudadana, como tantos otros asuntos de dominio público, ha sido reconvertida en negocio privado a una velocidad fulgurante. Bajo la transparente divisa “quien quiera seguridad deberá pagársela”, enunciada en su día por un alto cargo de la Seguridad del Estado, la rebatiña es tan considerable que amenaza con dejar morir de inanición un servicio público esencial cual es la policía uniformada.

Mientras cada año los cuerpos uniformados de policía pierden efectivos –actualmente son unos 80.000, sumando Policía Nacional y Guardia Civil-, la seguridad privada emplea ya a más de 100.000 individuos: un verdadero ejército privado cuyos integrantes hacen uso de toda la parafernalia policial –pistolas, porras, esposas, perros entrenados y hasta grados jerárquicos-, e incluso se arrogan funciones netamente policiales, como retener a personas e interrogarlas. Y todo ello prácticamente sin control público.

Como es sabido, la mayoría de esa gente proviene del fracaso escolar. Carne de cañón. Muchos de ellos han intentado previamente ingresar en la policía, pero fueron incapaces de superar unas oposiciones cuyo nivel no es inalcanzable para una persona de formación corriente. Así se ven abocados a un trabajo nada calificado, con sueldos bajos y alta inestabilidad, pero en el que pueden gozar de la ambigüedad de sentirse agentes de policía sin serlo. Con esa mentalidad, resulta lógico que entre ellos abunde la extrema derecha.

Mientras tanto, los altos cargos de la policía viven tal idilio con las empresas privadas de seguridad, que en cuanto dejan el sillón de mando en aquella sus traseros encuentran rápido acomodo en la dirección de éstas.

No es extraño por tanto que desde el Gobierno del PP se mime a estas empresas hasta el extremo de haber intentado colar por ley la equiparación de funciones entre sus empleados y los agentes de policía. Se trataría en definitiva, de privatizar la policía: un chollo más, y de los más jugosos.

YA ES NAVIDAD EN “EL CORTE INGLÉS”

Hubo un tiempo en que para enterarse del día en que se estaba, había que tener un calendario y darle una ojeada de vez en cuando. Hoy ese esfuerzo es innecesario. Basta mirar la tele, oír la radio, leer el diario, pasear por la calle, o simplemente conversar con tu cónyuge o tus hijos para, por gentileza de El Corte Inglés, saber que es el Día del Padre, que Ya es Primavera, o que Ha Llegado la Navidad. Luego están la Semana Blanca, las Semanas Fantásticas (que por cierto, suelen durar quince días), y desde luego La Vuelta al Cole, entre los muchos eventos que pespuntean el año y le dan sentido.

Un cachondo escribió hace algún tiempo que los dos pilares sobre los que se basaba la indisoluble unidad española eran la Guardia Civil y El Corte Inglés. En realidad, de haber existido El Corte Inglés en los años veinte y treinta del siglo XX, no solo hubiera hecho innecesario el otro pilar, sino que don José Ortega y Gasset se habría podido ahorrar escribir su “España invertebrada”; todo eso que habríamos salido ganando.

Felices nosotros pues, que tenemos un sitio que nos dota de identidad colectiva y a la vez nos facilita desprendernos rápidamente de nuestro casquivano dinero.

En fin, que es Navidad, y ya se sabe: “Felices compras en El Corte Inglés. No olviden pasar por nuestra planta de oportunidades”. Eso. A ver si tienen allí una democracia presentable.

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