Van pasando
los meses y muchas personas se preguntan: ¿Hasta cuándo?
¿Hasta dónde? Hasta cuándo y hasta dónde seguiremos en esta
espiral de violencia, en la que parece que no cabe nada nuevo,
nada diferente. Todos los días leemos los mismos insultos, las
mismas descalificaciones, y muchas deslealtades hacia la verdad
objetiva.
Por supuesto que todas y todos tenemos derecho a hacer una
lectura personal de la realidad que vivimos, y que en esos
análisis está presente nuestra ideología, nuestras
experiencias del pasado, nuestras convicciones del presente...
es decir, toda la multiplicidad de factores que lleva
intrínsecos la persona cuando se sitúa ante un hecho.
Entendiendo esto así, no me cabe el pensar que siempre soy yo
quien tiene la razón y siempre el otro el que se equivoca, pero
tampoco a la inversa.
Da la sensación de que en política la realidad es siempre
vista a través de una línea divisoria, la estrategia, que
parece impedirte reconocer que en ocasiones otras personas
tienen razón, como si de un signo de debilidad se tratara. Nos
hemos situado en el todo o en la nada. Si yo tengo razón, y
para mí la tengo, la otra persona no puede tener ni una pizca y
si tiene razón, yo carezco de ella, y, en consecuencia, estoy
vencida.
Sin embargo, en la vida cotidiana no es así; todas y todos
tenemos alguna parte de verdad en nuestros análisis, opiniones,
razonamientos...y yo creo que nadie tiene la verdad absoluta.
Por eso, la única forma de construir la verdad es
intercambiando, hablando, buscando los puntos en común para
debatir los aspectos disidentes, buscando acuerdos y consensos.
Hemos denostado la palabra y el concepto de diálogo, porque
parece ser sólo admisible si lleva implícita la aceptación de
las premisas y reivindicaciones de la persona invitada a
dialogar. Se ponen condiciones previas a la palabra, lo cual en
sí mismo es un absurdo, porque la palabra es anterior y previa
a la negociación de condiciones. Y cuando todo esto lo hacemos
en el ámbito de la política, reducimos todo su contenido al
enfrentamiento y a la búsqueda de la derrota de quienes no
comparten nuestros criterios, cerrando la puerta a toda
posibilidad de avanzar, de construir una sociedad mejor.
Algunas y algunos creíamos que podíamos pensar y opinar
libremente, creíamos que podíamos dialogar, debatir, plantear
nuestros respectivos proyectos utilizando la defensa pacifica de
nuestras ideas y la revolucionaria acción de la palabra; sin
embargo, no es así. Se nos acusa de connivencia con el
terrorismo por defender la autonomía del Parlamento vasco, se
nos juzga por apostar por la república frente a la monarquía,
se nos impide reivindicar un referéndum para que sea la
sociedad la que decida sobre su futuro Hablar, dialogar y votar,
en las instituciones y en las urnas, jamás podrá ser delito,
diga lo que diga el Gobierno del Partido Popular.
Muchas de esas mañanas siento rabia, dolor e impotencia, pero
me digo: ¿No hay mal que cien años dure! Así que hay que
seguir. Hay que seguir porque hay cosas más importantes que
atender al insulto y la calumnia, hay cosas verdaderamente más
importantes que los juegos de palabras y el darle vueltas a los
procedimientos. Sigo pensando que debemos hablar y hablar mucho,
cierto, pero sobre todo debemos hablar de cómo solucionar los
problemas de nuestras ciudadanas y ciudadanos, de cómo
construir una sociedad más justa.
Y continúo aquí porque creo que esta sociedad necesita una
izquierda lúcida en sus análisis, capaz de mantener el empuje
al margen del número de éxitos que obtenga y con convicción
de que queda mucha realidad social que transformar. No
desconozco que en la lucha contra la injusticia se han perdido
batallas, pero esa persistencia de la injusticia es una
motivación más fuerte que el fracaso y la impotencia. Mientras
seamos cómplices del empobrecimiento de los países del sur,
mientras se mantengan políticas de inmigración represivas,
mientras nuestras políticas de empleo estén basadas en la
flexibilización del mercado, mientras permanezcamos impasibles
ante el desmantelamiento del Estado del Bienestar, el deterioro
medioambiental, la persistencia del militarismo, mientras las
mujeres no elaboren una nueva cultura teórica y práctica
diferente a la masculina dominante, etcétera, es evidente que
mientras todo esto y mucho más esté presente en nuestra
sociedad, hay mucho trabajo por hacer.
A estas alturas reclamo que se pueda pensar diferente, luchar
pacíficamente por unas ideas, por un proyecto; reclamo el
trabajo honesto, reclamo la pelea dialéctica limpia, reclamo la
imparcialidad y la separación de poderes; reclamo que nadie se
puede otorgar el derecho a decidir en nombre de la ciudadanía,
que nada es inamovible, reclamo que nadie sea tan frágil de
memoria en política como para olvidar que al final somos
personas que hemos sido elegidas por las urnas, que las urnas
nos ponen y nos quitan, y que ni Euskadi ni el resto del Estado
es nuestro cortijo, reclamo la actuación en conciencia.
Porque, en definitiva, sólo somos personas que pasamos, que
tenemos una gran responsabilidad de hacer lo mejor para nuestras
gentes, pero que estamos de paso como todos los demás. Reclamo
nuestra responsabilidad de dejar tras nuestro paso un mundo un
poco más justo, un poco mejor.