En la novela del peruano Ciro Alegría El
mundo es ancho y ajeno, un grupo de intelectuales y artistas
—poetas y pintores- recorren el paisaje patrio en busca de conocimiento e
inspiración. Desolados por la miseria a la que ha abocado al país una política
corrupta de espaldas a la realidad social, que ellos perciben nítidamente a
través de su contacto con el pueblo, se preguntan qué pensarán del presente
que les ha tocado vivir los hombres del futuro, a los que, con optimismo,
imaginan liberados de sus actuales lacras, y uno de ellos supone que alguien dirá:
“Hablaban de cultura, se creían ellos mismos hombres civilizados, y, sin
embargo vivían en medio de la mayor injusticia”. Creo que en ese “sin
embargo” se halla la mejor definición que he encontrado de la cultura,
porque, en efecto, ser culto no consiste en conocer las líneas maestras del
pensamiento de Platón, las características del arte gótico o cómo se
desarrollaron las peripecias vitales de Shakespeare y Beethoven, aunque
probablemente esos conocimientos pueden contribuir a ello al haber estimulado el
hábito de la investigación y la comprensión. Ser culto significa, básicamente,
aprender a vivir en paz, que es la virtud más elevada que podría diferenciamos
del mundo animal del que procedemos. Ser culto significa vivir en paz. Que la
paz es un valor deseable y que no debe ser alterada por razones de interés
comercial o religioso se vé ahora con más facilidad que en el pasado. Nos lo
demuestra, por ejemplo, que hasta un hombre históricamente definido como
promotor en tiempos lejanos de conflictos bélicos y tan poco sospechoso de ser
cristiano corno el Papa, ya que es la cabeza visible de la Iglesia Católica,
sociedad anónima situada entre las primeras multinacionales del planeta que
destrozarnos, aboga por la paz.
Es
éste el marco donde debemos situar, también cuando se trate específicamente
de la cultura, la discusión entre Monarquía y República: un falso dilema
moral y un muy concreto problema político. Falso dilema moral porque sólo la
aceptación del fraude ya desenmascarado por la razón y la Historia del origen
divino de los reyes puede hacer tolerable la excentricidad que supone aceptar
que una familia, elevada sobre las demás en el remoto pasado como culminación
de una serie sangrienta, tenga la representación de sus compatriotas y el poder
de vidas y haciendas sobre ellos, más o menos limitado según el tiempo y las
luchas políticas hayan ido limando las garras de la fiera. En una conferencia
pronunciada en la Universidad Meíiéndez Pelayo de Santander dije un día que
“que el rey si pudiera me ahorcaba se deduce de que el rey, cuando pudo, me
ahorcó”. Y añadí: Y que el Papa, si pudiera, me quemaba, se deduce de que
el Papa, cuando pudo, me quemó”. Que haya sobrevivido a tales experiencias se
debe a que, corno consta en los legajos policiales, soy licántropo. Falso
dilema moral, pero muy concreto problema político, porque el concepto mismo de
la Monarquía conlleva la necesidad de que haya muchos co-beneficiarios del
sistema, parasitarios o profesionalmente bien pertrechados de las armas con que
defender sus privilegios, que se han alzado contra el pueblo sin escrúpulos
cuando la pleamar democrática atentaba contra sus intereses seculares. Hay,
pues, una concepción monárquica de la cultura, como hay también una concepción
republicana, aunque creo que ésta es simplemente la cultura, sin adjetivos.
Como los compañeros con quienes tengo el
honor de compartir la mesa, Armando López Salinas y Julio Rodríguez Puértolas,
lo harán con mucho mejor conocimiento que yo, no voy a dedicar mi espacio a
referirme en términos detallados, que necesitarían no un tercio de conferencia
sino un curso, a los logros que, frente a las Monarquías anteriores, se
lograron durante los dos períodos republicanos que rompieron brevemente la
tenebrosidad de nuestra Historia, sino a expresar algunas ideas en términos más
generales, y, ya que me he metido en ello, voy a aclarar por qué he dicho
“Monarquías”, en plural, porque de la misma manera que los monárquicos
acentúan el carácter efímero de los períodos republicanos numerándolos,
también nosotros podemos hacerlo con los de la historia monárquica de España,
en la que, si aceptamos como fecha inaugural de nuestro Estado el reinado de los
Reyes Católicos, Isabel y Fernando cuyo espíritu impera, que culminaron la
Reconquista, expulsaron a los moriscos, se anexionaron Navarra y unieron las
coronas de Castilla y Aragón, fueron seis las monarquías antes de la que a la
muerte de Franco nos impusieron siguiendo su mandato, que es, por tanto, ¡a Séptima
Monarquía. La Primera terminó a la muerte de Carlos II, dando origen a la
llamada Guerra de Sucesión, que si no fue calificada de “mundial” debemos
atribuirlo a que no experimentaron en ella sus armas sofisticadas los yanquis,
que son los que al parecer “mundializan” las guerras y que ni siquiera existían
todavía en aquellos venturosos tiempos; guerra que demostró cómo la
Monarquía garantiza la continuidad sin traumas y la seguridad territorial sin
fracturas... ya que desde entonces estamos reivindicando Gibraltar. La Segunda,
iniciada con Felipe V y el atropello del catalanismo, termina con las
abdicaciones de Bayona, dando paso a la Tercera, personificada en José
Bonaparte y posibilitando que don Francisco de Goya se entretuviera analizando
los desastres de la guerra, lo que, por supuesto, pone de manifiesto cómo la
Monarquía ha estimulado siempre el ejercicio del arte, de la misma manera que a
la Dirección General de Prisiones (algunos de cuyos huéspedes se llamaron
Mateo Alemán, Miguel de Cervantes, fray Luis de León, san Juan de la Cruz,
Francisco de Quevedo, Miguel Hernández, José Hierro, Antonio Buero Vallejo,
Leopoldo de Luis, José Luis Gallego... o Fiodor Mijailovich Dostoievski) se le
deben páginas inolvidables de la literatura, nuestra o de otros idiomas. La
Cuarta Monarquía —y primera restauración borbónica- abarca los reinados de
“El Deseado”, a quienes los monárquicos llaman “el rey felón” como si
hubiera sido el único, y la muy castiza Isabel II. La Quinta, la saboyana, nació
tocada de ala por el asesinato de Prim. La Sexta —segunda restauración borbónica-
se inició con el pronunciamiento de Sagunto y terminó el 14 de abril de 1931.
Y la Séptima —tercera restauración borbónica- es la actual. Quien definió
a la patria como “unidad de destino en lo universal” omitió añadir que
nuestro destino parece ser restaurar a los borbones. Personalmente deseo que los
monárquicos tengan que proponerse —y no lo consigan- restaurarlos por cuarta
vez..
En su imprescindible libro La Segunda
República fue así, Eduardo de Guzmán constata que “en ninguna época de
nuestra historia se ha concedido tanta importancia a la cultura ni sus más
preclaros representantes —pensadores, científicos, escritores e intelectuales
de cualquier clase y condición- fueron objeto de mayor atención ni influyeron
de igual manera en la vida nacional. No es tanto que en el Gobierno Provisional
de la República y en los que le suceden abunden catedráticos y académicos,
como que se respire un clima general de ansia y afán de saber. No hubo
Parlamento español en que tomaran asiento hombres tan prestigiosos en las más
distintas ramas de las artes y las ciencias como en las Constituyentes, como no
hubo otro en que fuesen oídos con superior atención y respeto. Algunos de sus
enemigos hablan despectivamente de una República de Intelectuales o una República
de Profesores”. Esta cita de Eduardo de Guzmán nos recuerda que, sensu
contrario, en la tradición monárquica española siempre ha estado vigente la
exaltación de los valores militares, el desprecio por un concepto de civilización
opuesto a militarización, que halló su más paradigmática expresión en el
“¡muera la inteligencia y viva la muerte!” con que MiIlán Astray abochornó
a las venerables piedras de la Universidad de Salamanca y devolvió la
conciencia política a su momentáneamente confuso rector, don Miguel de
Unamuno, que esculpió en ellas para la historia del compromiso intelectual una
aserción inolvidable: “Hay circunstancias en las que callarse equivale a
mentir”. Cuando se acerca un catorce de julio es emocionante evocar también a
uno de sus símbolos culturales y humanos, don Antonio Machado, en aquel momento
en que unos viejos republicanos alzaron en el Ayuntamiento de Segovia la bandera
de la República, tejida con el más puro lino de la esperanza, aunque —las
palabras son de don Antonio- “alguien tal vez echó de menos el crimen profético
de un loco que hubiera eliminado a un traidor”.
Aunque dejo a mis compañeros el catálogo
de la labor educativa, de los incomparables avances que se lograron en la enseñanza,
en el respeto a los derechos humanos, en la formulación de sistemas de
convivencia entre los españoles de distintas raíces culturales y diferentes
idiomas, sí quiero recordar que elmás floreciente grupo poético de nuestra
historia literaria, el nacido en el 27, es también llamado “Generación de la
República”, y que fue en ese tiempo en el que se escribieron Poeta en Nueva York
de Federico García Lorca, El Poeta en la calle de Rafael
Alberti, Donde habite el olvido de Luis Cernuda, La Destrucción o el
Amor de Vicente Aleixandre, La Voz a ti debida de Pedro Salinas, parte del Cántico
de Jorge Guillén... bien, ¿para qué seguir? Antonio Machado, que murió
antes corno poeta que como prosista, escribió por aquel entonces su
extraordinario Juan de Mairena. Después vinieron, tras la Guerra Civil,
el franquismo y la Postpredemocracia, aquélla que pasó sin haber sido, porque,
siguiendo con el juego machadiano, “hoy es siempre todavía”. Por cierto, ¿saben
Vds. lo que es una rémora? (1)
Señor, la guerra es bárbara. La
guerra, odiada por las madres, las almas entigrece. Mientras la guerra pasa, ¿quién
sembrará la tierra? ¿Quién segará la espiga que junio amarillece?
Estos versos de Antonio Machado nos
traen al sentimiento el dolor reciente de un padre que acaba de perder a su hijo
en una guerra. Un padre bien conocido por muchos de nosotros y a quien admiro y
quiero. Y este padre ha añadido: ¡Malditas las guerras y los canallas que las
apoyan!, maldición con la que me solidarizo. Vivimos otra vez un tiempo de
mentira, de infamia. Una reflexión republicana en torno al drama que estamos
viviendo, en nombre de los valores profundamente republicanos —libertad,
justicia y paz- debe incitarnos a diferenciar dos temas, aunque estén ambos
entrelazados por su carácter repulsivo. Uno, la reiniciación de la
ininterrumpida conquista del Oeste -que no se culminará hasta que los nuevos
emigrantes del Mayflower desembarquen otra vez, después de haber expoliado y
cubierto todo el mundo bajo su vieja y puritana capa, en un puerto de Nueva
Inglaterra- por el agresor, el eje Estados Unidos/Reino Unido. Aunque políticos
mendaces y responsables de medios de comunicación a su servicio finjan creer
que Sadam Husein estaba a punto de agredir a los Estados Unidos después de
haber derribado las torres gemelas de Nueva York (que, dicho sea de paso,
cualquiera sabe qué hay de verdad en la versión oficial, relacionable con Los
tambores de Fu-Manchú; personalmente creo que ni Ben Laden ni, por supuesto,
Husein, tuvieron nada que ver con ello), todos ellos saben que eso es un
pretexto inventado y que la realidad de la expansión yanqui posibilitada sin
trabas por el hundimiento de la Unión Soviética, su intento de dominar el
mundo, es la única verdad. Y no hay nada menos entroncable con el espíritu de
la República, con su cultura, que la expansión imperial. Los que fingen creer
las razones de Bush no son deficientes mentales: otras son sus carencias. En
Iraq se está cometiendo un abominable crimen colectivo, y el máximo
responsable de ello es un serial killer.
Y dos, el segundo tema, ¿qué pinta España en ese berenjenal? Lo malo es que no podemos citar ahora a Antonio Machado, quien, en su poema España en paz se enorgullecía: “AY bien? El mundo en guerra, y en paz España sola. ¡Salud, oh buen Quijano...etc!” Porque España no sólo está en guerra, sino que ha sido patrocinadora de ese crimen por obra y desgracia de un político “azorado”: el hombre que se azoró en las Azores. Esa fotografía obscena de Aznar con Bush y Blair, complementaria de aquélla en que “los dos grandes” Aznar y Bush colocaban sus extremidades inferiores sobre una mesilla de la Casa Blanca, nos cuesta a los españoles, entre otras cosas, la enemistad del mundo árabe, la posibilidad de sufrir un atentado revanchista —o preventivo contra las bases de Rota, Guantánamo de España, y Morón-, el odio de los niños iraquíes, y la vergüenza ¡noral de formar parte del selecto club de los agresores. Entre otras cosas. Como a la pregunta ¿por qué? no es fácil encontrar una respuesta racional, hay que buscar causas escondidas: ¿golpe de Estado en el horizonte más o menos camuflado al amparo del creciente fascismo yanqui para evitar las futuras elecciones? Quienes convierten la noticia de la destrucción de Bagdad en la discusión sobre los cristales rotos en algunas sedes del Partido Popular, y los manipuladores de la opinión pública a su servicio, intentan hacer creer a los ingenuos oyentes que les felicitan por el programa que ante la persecución verbal de que son objetos los prohombres del PP es imposible celebrar elecciones libres. Bus, Blair y Aznar han dado un golpe de Estado internacional. ¿Tan impensable es el doméstico? O, en verso de Rubén Darío:
“Callaremos ahora para llorar después?”
Pues hagamos, amigos, en nombre de la
cultura republicana, un duelo de labores y esperanza.
Carlos Álvarez:.
Club de Amigos de la UNESCO, Madrid, 9 de
marzo de 2003
(1).-
La rémora es un pez acantopterigio “con un disco oval en la cabeza” que le
sirve para sujetar la quilla de las naves e impedir su avance, definición en la
que coinciden el DRAE y el Casares. A mí, eso de disco oval me parece algo así
corno triángulo cuadrado, aunque tal vez se trate de un intento lingüístico
de conseguir la cuadratura del circulo. Pero, en cambio, que esa corona
disimuladamente definida para burlar le censura impida el avance de lo que
necesita desplazarse es todo un hallazgo expresivo que debemos a nuestros académicos.
No es tan de agradecer, en cambio, el monárquico sintagma, tan frecuente en
nuestros avanzados medios de comunicación, utilizado por los bienpensantes que,
para calificar a los regímenes corruptos, a los que suelen situar en paisajes cálidos,
más o menos caribeños (y recordemos que en toda América, de Alaska a la
Tierra de Fuego, sólo hay Repúblicas, nada que objetar en ese terreno),
califican a éstas de “bananeras”.
Porque lo curioso del caso es que a las Monarquías igualmente identificables
con los regímenes dictatoriales impresentables no suelen calificarlas de
“datileras”, pese a que el dátil es un fruto que da la palmera, tan
consustancial con el paisaje de Marruecos —cuyo rey es, según confesión de
Juan Carlos 1 que nunca he entendido, no sé si su hermano o su sobrino; o de
Jordania, o de Arabia Saudí, o de Bahrein, o de Kuwait, o de Omán, o de Qatar,
o de los Emiratos Árabes Unidos, donde, horror, no sólo hay un rey, sino una
federación de monarcas.