Cómo le negamos la democracia a Medio Oriente
Robert Fisk
Cada vez es más extraño.
Mientras sus helicópteros son derribados del cielo de Irak, el presidente Bush
nos dice que las cosas van mucho mejor. Mientras más éxito obtengamos, afirma,
más letales se volverán los ataques. Gracias a Dios los estadounidenses
cuentan ahora con algunos -unos cuantos- periodistas valientes, como Maureen
Dowd, para que les expliquen lo que está pasando.
Mientras peor se pongan
las cosas, mejor estarán. El Cómico Alí, ministro de Información
iraquí durante la guerra, nada tuvo que ver con esto. Alí afirmaba que los
estadounidenses no estaban en Bagdad cuando podíamos ver sus tanques. Bush
sostiene que va a traer democracia a Medio Oriente cuando sus soldados enfrentan
más que resistencia en Irak: encaran una insurrección.
Examinemos, pues, las
mentiras más recientes. "Sesenta años en que las naciones occidentales
disculparon y toleraron la falta de libertad en Medio Oriente no lograron nada
para darnos seguridad", nos dijo el jueves. "Porque a la larga la
estabilidad no puede comprarse al precio de la libertad."
Bien dicho, señor. George
Bush júnior suena casi tan convincente como, bueno, Tony Blair. Todo es
mentira. "Nosotros" -Occidente, Europa, Estados Unidos- jamás
"disculpamos y toleramos" la falta de libertad: patrocinamos la falta
de libertad; la creamos en Medio Oriente y la respaldamos.
Cuando el coronel Kadafi
se adueñó del poder en Libia, la Oficina del Exterior lo consideró una figura
mucho más simpática que el rey Idriss. Apoyamos a los generales egipcios (es
decir, Gamal Abdel Nasser) cuando echaron a patadas al rey Farouk. Nosotros, los
británicos, creamos el reino hashemita en Jordania. Pusimos un rey hashemita en
el trono de Irak. Y cuando el partido Baaz derrocó a la monarquía en ese país,
la CIA obsequiosamente puso en manos de los amigos de Saddam Hussein los nombres
de todos los miembros dirigentes del Partido Comunista para que pudieran
liquidarlos.
Los británicos creamos
todos esos respetables jecatos del golfo. Kuwait fue obra nuestra; Arabia
Saudita fue en última instancia un proyecto conjunto anglo estadounidense, al
igual que Emiratos Árabes Unidos (antes el estado de la Tregua), etcétera.
Pero cuando en el decenio de 1950 Irán decidió que prefería el gobierno
democrático de Mohammed Mossadeq al del sha, el entonces director de la CIA,
Kim Roosevelt, junto con el coronel Monty Woodhouse, del MI6, acabó con la
democracia en Irán. Ahora el presidente Bush exige la misma
"democracia" en Irak actual y dice que nosotros simplemente
"disculpamos y toleramos" el odioso régimen del sha, respaldado por
Washington.
Ahora hagamos otro análisis
lingüístico de las palabras de Bush. "El fracaso de la democracia en
Irak", nos dijo hace dos días, "alentaría a los terroristas en todo
el mundo, incrementaría los peligros para el pueblo estadounidense y extinguiría
las esperanzas de millones en la región." He aquí otro ángulo: el
fracaso del gobierno de Bush en contener la construcción de asentamientos
israelíes en tierra árabe alentaría a los terroristas en todo el mundo,
incrementaría los peligros para el pueblo estadounidense y extinguiría las
esperanzas de millones en la región. Eso parece mucho más cercano a la
realidad. Pero no: el presidente Bush cree que el primer ministro israelí,
Ariel Sharon, es un "hombre de paz".
Y luego viene ese
interesante llamado de Bush a una revolución en el antidemocrático Irán.
Cierto, Irán es un estado teocrático (una necrocracia, sospecho), pero el
moralmente impresionante presidente Mohamed Jatami, a quien tantas veces se han
opuesto los dictatoriales y ancianos líderes religiosos, fue electo en forma
democrática, y por una mayoría mucho más convincente que la lograda por
George W. Bush júnior en la pasada elección presidencial estadounidense.
Cierto, "la
democracia puede ser el futuro de toda nación", nos dice Bush. Entonces,
¿por qué su país respaldó durante tantos años la perversidad y los crímenes
de guerra de Saddam Hussein? ¿Por qué Washington dio su bendición, en
diversas etapas, al coronel Kadafi, a Hafez Assad en Siria, a los generales
turcos, a Hassan en Marruecos, al sha, al untuoso Ben Alí de Túnez, a los
bribones generales de Argelia, al irascible reyezuelo de Jordania e incluso -y
aquí contengamos el aliento- al talibán, porque los chicos de la Unocal querían
un gasoducto que cruzara Afganistán?
Abramos un paréntesis.
Fouad Siniora es ministro de finanzas de Líbano. Es un creyente en el estilo de
vida estadounidense, egresado de la Universidad de Estados Unidos en Beirut y ex
conferencista en ella, así como ex ejecutivo de Citibank. Lleva en el pasaporte
una visa estadounidense válida. Y, sin embargo, la embajada estadounidense en
Beirut lo llamó para decirle que no se le permitirá la entrada a Estados
Unidos.
¿Por qué? Porque el año
pasado hizo un donativo de 660 dólares durante una colecta del mes de Ramadán
a una organización de caridad que administra proyectos educativos y orfanatos
en Líbano. La organización está encabezada por Sayed Mo-hamed Fadlallah, a
quien alguna vez la prensa occidental definió como "consejero
espiritual" del grupo Hezbollah. Hace mucho tiempo fuentes de la CIA
revelaron que habían intentado asesinar a Fadlallah -fallaron, pero el coche
bomba que pusieron mató a 75 civiles-, de modo que Siniora, yancófilo
hasta la médula, es persona non grata en Estados Unidos. Fadlallah no es
"consejero espiritual" del Hezbollah, pero la caricaturesca legislación
de "seguridad" en Estados Unidos ha despojado a Siniora de cualquier
contacto posterior con una nación que admira.
Sí, adelante con la
democracia. Entren le. La nueva guerra de historieta contra el terrorismo tiene
lugar en Irak. Prohíban a la prensa filmar el retorno de soldados
estadounidenses muertos a su patria. Se trata de la libertad, de la democracia.
"Tolerar la falta de democracia en Medio Oriente"; sí, cómo no.
Nosotros creamos este lugar, trazamos sus fronteras, criamos a sus grotescos
dictadores. ¿Y así esperamos que los árabes confíen en la promesa de Bush?
©
The Independent