Cataluña
Luis Arias Argüelles-Meres.
Más allá de las lecturas de conveniencia, al margen de que todo parece estar abierto para las posibles coaliciones, Cataluña decidió el 16 de noviembre abrir incógnitas en el destino político del conjunto del territorio español. Los dos grandes partidos catalanes acaban de sufrir un importante retroceso en sus votos con respecto a la convocatoria electoral anterior. Y una formación política subió espectacularmente, Esquerra Republicana, a la que se identifica en la mayor parte de las formaciones con el independentismo. Por lo demás, voces de demagogia no dejan de hacerse oír. Verbigracia, la del señor Rodríguez Ibarra. Pierde el PSOE en Madrid hace pocas semanas, y no gana con ventaja suficiente de votos en Cataluña el PSC. Sube el PP en esa tierra y, sin embargo, continúa siendo un partido minoritario. Pujol se va, dejando en su puesto a un heredero que tiene todas las trazas de ser más mediocre que el veterano político catalanista.
Más allá de la demagogia, Cataluña viene demostrando desde la transición a esta parte una visión de Estado a la que no se le quiere rendir un justo reconocimiento. Más allá de la palabrería, la tierra de Pi i Margall fue la única que, siquiera simbólicamente, restituyó en su momento la legalidad republicana en la persona del Honorable Tarradellas. Y es precisamente ahora cuando un partido de historia y siglas republicanas tiene la llave de la gobernabilidad por su espectacular ascenso electoral.
La incógnita de fondo no está, creo, en las coaliciones que se formen de aquí a un mes, sino en el discurso de Esquerra Republicana. En este momento, ignoramos si va a enarbolar en exclusiva su nacionalismo sin ambages que abraza el independentismo, al menos en su discurso, o si va a reivindicar su republicanismo con ambición de trascender al otro lado del Ebro.
La historia del nacionalismo catalán demuestra, desde luego, que no son excluyentes nacionalismo y republicanismo. El partido de Carod- Rovira tiene ahora la oportunidad de mostrar sus ambiciones, y de dejar claro que la R de Republicana no es a su formación lo mismo que la S y la O de socialismo obrero al PSOE.
Creo que puede ser el momento para empezar una esperanzadora andadura, si toda la ciudadanía española ve que un partido que lleva el republicanismo en sus siglas puede gobernar en el territorio de mayor tradición nacionalista de toda la piel de toro. Desde mi punto de vista, ahora que ya se van calmando los furores de la campaña electoral, ERC debería explicar si su bandera es el republicanismo, o si es en exclusiva, el independentismo.
De lejos, se tiene la impresión de que hay cierta ambigüedad en ese discurso, que convendría ir aclarando a todos, en tanto es algo que interesa en Cataluña y en España. Y es que, ahora que están a punto de cumplirse las almibaradas bodas de plata de la Intocable Constitución monárquica, ERC estaría en condiciones de abanderar y de asumir un proyecto nuevo inequívocamente democrático como sería el abogar por una República federal con una formulación no muy diferente a la que se planteó por parte del nacionalismo catalán en la II República. Todo ello, fuera de frivolidades como las que sostuvo la en otro tiempo sedicente diputada, Pilar Rahola.
¿De quién se siente heredera Esquerra Republicana? ¿Del pujolismo, o del nacionalismo que abanderaron sus antepasados políticos durante la 2ª República? Bien se sabe a estas alturas que en Madrid no hay un Azaña capaz de arrancar vivas a España y a la República en Barcelona, haciendo que se desgañitasen a su favor enfervorizadas gargantas catalanas y catalanistas, ausencia ésta preocupante, de la que nadie quiere hacer mención. Lo fantástico sería que ERC articulase un proyecto republicano y federal para todos, más allá de los particularismos de los que hablaba Ortega en su España Invertebrada.
La incógnita, ya digo, está abierta, más allá de las coaliciones que se formen en Cataluña. O ERC hace honor a su nombre, o, simplemente, cambia sus siglas por las que sólo hablen de independentismo, sin ninguna otra opción.
Convendría que desde Cataluña, que desde su nacionalismo más insobornable, se supiese que al otro de lado del Ebro hay ciudadanos que no sentimos nuestra la España de Aznar, que no somos monárquicos, y que esperamos un nuevo proyecto, cuya andadura podría partir esta vez -ojalá fuera así- de Cataluña. Al otro lado del Ebro, hay ciudadanos que estamos dispuestos a la retirada al Monte Aventino, con el deseo de encontrar en tal retirada simbólica el aliento de ERC.
Expectantes estamos.