Cambio de rumbo
Dolores Cabra
Los
tiempos están cambiando
(Bob Dylan)
Los signos de cambio en nuestra sociedad son profundos, y aunque algunos les den
una interpretación simplemente electoral, sería torpe quedarse en tan sólo un
cambio de formación política en el gobierno estatal.
Se percibe por toda la sociedad una polémica sorda, vagamente explícita,
acerca del pasado inmediato. Durante mucho tiempo se pretendía que las
referencias al pasado tomaban forma solamente sobre la Guerra Civil, se excluía
la discusión sobre los valores de la República, que era considerada un simple
antecedente del Guerra, y desde luego se ignoraba a la dictadura como si fuera
un extraño paréntesis en nuestro reciente pasado del que no hubiera necesidad
de hacer balance.
Ese forzado alejamiento propuesto por la derecha franquista y recogido sin polémica
por la izquierda a la muerte del dictador permitió el desarrollo de unas formas
de vida democrática nacidas artificiosamente, como si no tuvieran origen
concreto, surgidas en los años de transición por inspiración de nuestras
vecinas democracias continentales y con el visto bueno de los gobernantes
norteamericanos, y concretadas en una constitución de corte perfectamente
democrático pero que sólo era asumido por la sociedad en la medida en que
reconocía las libertades y estructuraba un sistema electoral y su consiguiente
estructura legislativa y administrativa, pero que se intuía donado por las
sociedades de tradición democrática y no nacido de un verdadero consenso
social ni mucho menos histórico. Fue preciso para ello un gran trauma de la
izquierda: la disgregación y casi aniquilamiento de los sindicatos obreros, el
silencio más absoluto impuesto a y sobre la España del exilio, el ocultamien
to de los presos, represaliados y torturados por la dictadura, el silencio
acerca de la lucha por las libertades de los guerrilleros y de toda la
resistencia. En suma, la negativa explícita de los representantes políticos de
toda la sociedad española a aceptar su necesario legado histórico, excepción
hecha en parte entre los nacionalistas vascos y catalanes que por tener en su
seno fuertes partidos de derecha democrática no veían razón alguna, ni
electoral, ni profunda, para renunciar a su legado histórico de lucha y
resistencia a la dictadura.
Así se articuló un sistema plenamente democrático inserto artificialmente en
una sociedad a la que no se le permitía de facto, aunque si de jure, salir del
franquismo. Se ocultó a la sociedad la reciente dictadura, su brutalidad, sus
crímenes, sus fusilamientos y sus torturas y desaparecidos, se cubrió con un
prudente velo la acción de los responsables de cuarenta años de tragedia
social, cultural y existencial, se silenció quienes fueron los torturadores,
los magistrados fascistas, los prebostes del régimen con derecho a robar,
despedir, encarcelar, explotar y humillar a los miles de ciudadanos víctimas
del despotismo y la barbarie militar y policial, se dejó en el olvido el papel
de la Iglesia Católica en la bendición del crimen, su participación directa
en él y en el secuestro de las conciencias de varias generaciones de niños
nacidos en la España del interior, y, en fin, se procuró que la sociedad
entera hiciese borrón y cuenta nueva, evitando la necesaria catarsis y el n
ecesario duelo que todas las sociedades que salen del fascismo y las dictaduras
han de hacer si quieren salir adelante con solidez democrática.
El resultado fue una sociedad endeble y frágil que inmediatamente llevó al
gobierno a un partido socialista surgido casi de la nada y que creció
descomunalmente por métodos artificiales. Hubo de estructurarse una
administración que, esa sí, convenía que no fuera heredera de la de la
dictadura, simplemente por la descomunal ineficacia y trapichearía de aquella,
y para ello se incorporaron a miles de puestos administrativos con pequeñas
cuotas de poder o a puestos electivos políticos de poder local, a miles de
ciudadanos criados y educados en el franquismo pero convencidos de las
manifiestas ventajas económicas y sociales de la democracia. Recordaremos que a
todos se les exigía de forma matemática adherirse al Partido socialista para
obtener su plaza y su cuota de poder. Así se hizo crecer al PSOE de forma
artificiosa, sin escuela de cuadros que mereciese tal nombre, ni tradición cívica,
democrática ni laica. El resultado final fue la catástrofe que todos
conocemos, un PSOE ani quilado por su política económica arribista, neoliberal
y tatcheriana, por su corrupción extrema, sus militantes de fuerte impronta
autoritaria, sus dirigentes incapaces de detectar la crítica y sus votantes
asqueados de semejante engaño.
Y en esto llegó Aznar
Llegó la derecha al poder. Y llegó buscando una imagen de no
continuidad con el franquismo que las elecciones habían simplemente demostrado
que no vendía ni un dos por ciento de votantes. Para ello los dirigentes se
limitaron a jubilar a todos los mayores de cincuenta años, excepto naturalmente
el viejo caudillo Fraga, y leerse un manual de hábitos democráticos recién
importado de los partidos derechistas europeos y de los equipos de consultores
norteamericanos.
El rostro nuevo se llamaba Josemaría Aznar y presumía de representar una
derecha democrática no heredera del viejo pasado dictatorial. Todo ello era
cierto en las formas, al menos mientras obligados por la precariedad de un
gobierno en minoría hubieron de recibir el tutelaje de nacionalistas catalanes
y vascos, que presuntamente, llevaron de la mano a la derecha estatal por el
bien conocido por ellos camino de los hábitos y estructuras de la democracia.
Pero, ¡Ay!, por ese camino alcanzaron la mayor ía absoluta, y ahí surgió la
dura realidad del país en sólo un par de años de gobernar a pelo. Surgió la
vieja Clío y la eterna Némesis con los legajos del pasado, despertaron los
prohombres de la derecha del extraño y casi absurdo sueño de las formas democráticas
y, manteniéndolas en todo su rigor, las llenaron de su verdadero contenido histórico.
Inevitablemente, al beber la copa que Némesis le servía, el Dr. Jeckill dio
pasó a Mr. Hyde, y la sociedad, pasmada, pudo contemplar la penosa transformación.
Ahora vamos comprendiendo todos. La derecha ha fracasado en su acción política
al no saber integrarse con comodidad en un sistema cívico, democrático y
laico. No ha querido superar su manifiesto complejo de inferioridad democrática
y se ha acabado refugiando en una actitud defensiva de aspecto agresivo.
Enrocada en su tradición natural franquista, autoritaria, nacional- católica y
patriotera, no ha sido capaz de superar la prueba de fuego de gobernar en
democracia actuando para transformar y transformarse. Enquistada, ha acabado
viviendo a la defensiva de una buena parte de una sociedad que ha empezado a
sentir a esa derecha como un cuerpo extraño al sistema vigente, sistema
integrado, al menos en todas sus formas, en el pleno de las estructuras
sociales.
Porque la sociedad sobre la que actúa esta derecha no es ya la de la dictadura,
no sólo por edad, sino también por un cambio social real. Es ahora una
sociedad urbana, europeizada, globalizada e integrada en el sistema laboral
neoliberal inestable, oportunista, desintegrador y desprofesionalizado, pero con
continuas ofertas, aunque sean casi siempre a la baja. Y esta sociedad ha
enfrentado sus problemas como cuestiones nuevas que la asemejan a las sociedades
de larga tradición democrática, pero a los que ha llegado sin saber bien cómo.
Incluso son muchos los que achacan tantos cambios, a los que en general juzgan
beneficiosos y progresivos, como originados por la institución monárquica
imperante.
Y sin embargo en lo más profundo de la conciencia social ha permanecido el
complejo represivo no democrático, esencialmente fascista: miedo, pedir por
medio de influencias lo que son evidentes derechos, buscar el chanchullo en vez
de la aplicación del orden jurídico, vivir más de la trapisonda que del mérito
profesional o laboral, entender que todo poder es arbitrario y discrecional y
que todo cargo debe manifestarse autoritario y prepotente, considerar la familia
tradicional como origen del orden establecido, pensar que es inútil enfrentarse
al patrón, al encargado o al cacique local y que es mejor gritar en el bar que
organizarse en la asociación cívica o laboral, y también integrándose de
forma caótica con estos sentimientos permanece el profundo desprecio hacia la
casta militar y la clerigalla, unida a un sólido sometimiento a sus
manifestaciones más inmediatas: la Guardia Civil y los colegios religiosos.
Mientras, la izquierda en la oposición se ha visto forzada a recorrer un largo
camino, afeada, escarnecida y despreciada por la pésima imagen de corruptelas y
prepotencia empleados durante su largo dominio, prudentemente disimulados al
principio en que además llegaban unidos a una verdadera política social y a la
creación de una poderosa red de asistencia creada prácticamente ex-novo por
sus primeros gobiernos que dieron forma a unos mecanismos sociales normales en
toda sociedad democrática y por tanto inexistentes en la España franquista.
Luego, con la ruptura interna y la salida de los ministros más tradicionalmente
socialistas y el copo del gobierno por estrictos neoliberales, nadie pudo ya
evitar el desmadre y la prepotencia que pretendía ocultar ese desmadre. Robos,
escándalos económicos, urdimbre de banqueros, financieros corruptos y políticos
oportunistas, medios de comunicación en los que se mezclaba la propaganda con
el negocio de improbable legalidad y por encima de todo la imagen de un PSOE
dividido, acabado, falto de verdaderos valores cívicos y democráticos y cuya
principal arma era negar la evidencia, hicieron inevitable su derrota y
colocaron en manos de la derecha un gobierno al que llegaban más de la mano del
fracaso socialista que de méritos propios. La ideología neoliberal impuesta en
doce años de gobierno socialista regalaba a la derecha un gobierno que sólo se
distinguiría en principio en las personas y en que esas personas no podían aún
ser acusadas de corrupción. Esa era la imagen al menos en un plano general.
Quizás viendo planos más cortos era posible distinguir una pléyade de zonas
de grises en las que anidaba la esencia de ese nuevo gobierno, pero la sociedad
sólo percibió el plano general. ¿Cómo fue posible eso? Antes de entrar en el
análisis de ese aspecto será también preciso detenerse a ver qué relación
se creaba en el periodo de gobierno de la derecha entre la izquierda
descompuesta y la sociedad.
Aquella izquierda pensaba que las raíces democráticas heredadas de la lucha
contra la dictadura no eran rentables electoralmente, que no eran reconocibles
por ese amplio espectro de votantes de centro que decidirían si gobernaba la
derecha o la izquierda, y que las reclamaciones sociales acerca de la herencia
de la tradición democrática verdadera, llegada desde la República hasta la
muerte del dictador a través de miles de hombres y mujeres sacrificados en las
trincheras primero, pero luego en las cárceles, el exilio, la guerrilla, la
lucha clandestina, la tortura y las desapariciones, eran reclamaciones
oportunistas de viejos soñadores, o de cuatro recalcitrantes perdidos en la añoranza
de la lucha fracasada antaño. Sabemos los que nos enfrentamos al muro de
silencio que estaban profundamente equivocados, que la sociedad percibía como
suyos los componentes de ese legado, que aunque la España oficial les negase el
pan y la sal, en cada pueblo, cada barrio y millones de casas esa herencia
estaba viva. Callada, ocultada, a veces marginada, pero viva. Que eran millones
los que sentían la necesidad de que sus padres, sus abuelos, sus hermanos, sus
hijos, sus vecinos, sus compañeros de trabajo, reconociesen las razones y la
causa por la que ellos fueron perseguidos, torturados, exiliados, encarcelas y
fusilados.
El divorcio fue trágico. La sociedad ha empezado a marchar por un lado y la
izquierda por otro bien diferente. El miedo de la izquierda a que recoger le
herencia de la tradición democrática, civil y laica que la sociedad empezaba a
recomponer, tenía su origen en problemas de puro oportunismo electoral. ¿Se
perdería el centro social? ¿Entenderían algo las nuevas generaciones? ¿Serían
acusados de revanchismo histórico y harían el ridículo a estas alturas de la
democracia? ¿Surgiría con fuerza la exigencia republicana y daría al traste
con su buen entendimiento con la monarquía? El problema era otro, el problema
real de la izquierda era que tampoco en sus cabezas había sabido superar la
dictadura, o, si se quiere, se habían negado a superarla para firmar los pactos
de la transición con garantías de un gobierno estable inmediato.
Suresnnes significó en gran parte pasar del PSOE del exilio, poco operativo
pero verdadero heredero de la República, al PSOE del interior, muy operativo
pero fuertemente definido por la cultura y la educación franquista de sus
componentes. No es que estos fueran conscientemente gentes supeditadas al
franquismo, es que su educación era ajena a la tradición republicana, cívica,
social, democrática, laica. En sus cabezas bullía un universo de frailes,
policías, militares, jueces, patronos, etc. a los que violentamente se oponían,
pero que constituían el magma sobre el que se había formado su carácter, sus
maneras de actuar, su comprensión del mundo, su verdadera cultura. Al lado del
exilio el abismo era manifiesto como pudieron comprobar uno a uno todos los
exiliados que desde los años sesenta fueron volviendo a España. Aquella
oposición había nacido sujeta al miedo, al autoritarismo, al clero, a la falta
de cultura cívica y del gusto por la negociación honrada y la tolerancia p olítica.
De hecho se creó en estos últimos años el mito de la tolerancia que nos llevó
a vivir a todos forzadamente en una especie de casas de tolerancia, desde luego
fabricadas ad-hoc, faltas de realidad profunda, artificiosas, reducidas a huera
palabrería, sólo el lugar común, rara la voluntad de verdadero entendimiento.
Y en esto llegaron los brigadistas, los guerrilleros, los presos, los
derrotados, los desaparecidos
Todos reclamando su lugar en la historia común, todos recibidos con
emoción, con lágrimas, con profundo reconocimiento por miles y miles de
ciudadanos que corrieron a reencontrarse con ellos conscientes de que se
reencontraban con viejos camaradas, con sus padres muertos, hermanos presos,
exiliados, desaparecidos, con sus hijos olvidados pero bien presentes y reales
en la memoria de cada casa, cada barrio y cada pueblo. Fue la presión social la
que forzó a los partidos de izquierda a aceptar la presencia del pasado en su
actividad política y a la derecha a tragar con la presencia de esos colectivos
en la vida política y social. Las bases lo vieron con total naturalidad y mucho
agrado, los cuadros medios con desconfianza en los casos en los que sus puestos
dependían de los órganos superiores, las direcciones sin excesivo entusiasmo
pero con el apoyo necesario para procurar el conveniente uso electoral que
pudiera resultar de esa presencia social.
Entre todos quedó sin reconocer el mundo de la II República, esta no quedó
entroncada, incorporada a nuestra continuidad histórica y mental. Mientras la
labor de recuperación y de enraizamiento que realizábamos las organizaciones
sociales recibía el apoyo de la gente allá donde llegaba nuestra acción, las
instancias oficiales aportaban una entusiasta valoración de los personajes
notorios del exilio y de la República que por motivo de centenario,
fallecimiento, cumpleaños o cualquier otro acontecimiento les permitiera
presentar una imagen ilustrada y amplia de espíritu ante los complacientes y
empobrecidos medios de comunicación. Desde luego esa imagen incluía la
asimilación más centrista posible de esos mismos personajes, lamentablemente
en la mayoría de los casos sin que el homenajeado pudiera ya levantar su
apagada voz para protestar por la flagrante manipulación. El misérrimo mundo
intelectual presente aplaudía con entusiasmo esas recuperaciones que aún
siendo absolutamente necesarias permitían a la vez olvidar u ocultar las
otras, las de los miles de perdedores que dejaron sus años de vida o su vida
misma en la lucha colectiva por la libertad.
Y en esto llegó el cambio
Y vemos aproximarse el final de ese largo trayecto de nuestra
vapuleada pero gigantesca memoria. Ahora la izquierda necesita incorporar su
pasado para mostrar a toda la sociedad su grandeza, sus verdaderos valores, el
peso que representa heredar la enorme carga moral y cívica de la IIª República,
y oponerlo con dignidad al oprobio del pasado fascista de la gran derecha española.
El resultado es que hay que servir un pasado pret a porter, elegante, limpio,
fino, pero real, no mixtificado. No nos preocupemos, lo harán ellos mismos, de
encargo en la factoría adecuada para que el resultado sea verdaderamente
realista pero no agresivo. Es necesario y es justo que con el paso del tiempo y
la desaparición de los protagonistas directos sea así. Nadie debe
escandalizarse y las organizaciones sociales debemos aportar los materiales
necesario. Son documentos y acusaciones irrefutables que si no aportamos
nosotros nadie sacará ya nunca a la luz hasta dentro de docenas de años . Ya
otra lucha moriría sin resultados y sería verdaderamente inútil.
Nosotros hemos de pasar a otros campos de acción más profundos, más perennes,
más presentes, sin abandonar este viejo campo de batalla, pero volcando nuestro
esfuerzo en los nuevos frentes, donde daremos la batalla final, más lenta, más
tarde, también la única segura. Habrá buena memoria histórica, curiosa
memoria histórica y memoria histórica a la violeta. Al margen empieza nuestra
más profunda batalla.
Dos campos de actuación tiene esta batalla: la documentación y la educación,
la pedagogía.
La primera irrefutable, eficaz, aplastante, muy agresiva: los archivos ocultos y
ocultados, los papeles dispersos, la denuncia hecha con papeles y testimonios en
la mano y en los juzgados internacionales, la destrucción de documentación por
los responsables de los crímenes fascistas, la historia en suma de la dictadura
fascista, no de la ya lejana Guerra Civil.
La segunda, la que verdaderamente nos ha de comprometer desde ya mismo: la
pedagogía. Hemos de dar las claves una verdadera educación cívica, democrática
y laica de la joven sociedad ignorante de sus raíces y deseosa de ser y no de
representar, una generación que hemos de enseñar a sentirse heredera de la IIª
República y de las profundas tradiciones libertaria y socialista.
A la mayoría les resultará labor imposible o inabordable porque no creen en la
juventud, porque creen que sólo ellos pueden tener razón. La historia es
prisionera suya, no su maestra. Nosotros no, nosotros hemos de enfrentar ese último
desafío, lo hemos hecho al enfrentar el largo túnel del tiempo de estos
veinticinco años, pero ahora hemos de dar aún esta batalla, luego pase lo que
pase, y no podemos ser optimistas, lo que hayamos hecho será lo que
verdaderamente valdrá para el futuro. La suerte ya está echada.
Lo primero es marcar la diferencia con ese mundo de la memoria puramente
sentimental, se lo dejamos a otras organizaciones más adecuadas, sin problema.
No podemos, ni debemos impedirlo, pero no es nuestro campo de batalla,
simplemente, nosotros no lo hacemos.
¿De qué hablaremos entonces? De lo permanente, del presente:
· las razones de nuestra pasada y presente lucha
· La barbarie fascista
· El sentido profundo de los valores democráticos
· La cultura cívica y laica
· Las libertades y los derechos ciudadanos
· La solidaridad de clase y la denuncia de la explotación y la injusticia
· La paz como objetivo de la humanidad
Nuestro discurso, el de los protagonistas de la pasada resistencia, ha de ser
una lección de civismo y respeto a los valores verdaderamente democráticos, de
la importancia de los valores libertarios y socialistas construidos durante casi
doscientos años de lucha social, de libertad de conciencia, de laicismo, de
solidaridad, de internacionalismo. Y ese discurso no puede en nosotros ser
abstracto, es simplemente la única conclusión lógica de nuestros años de cárcel,
de exilio, de torturas y de muertos. Nuestra enseñanza es nuestra vida, hoy,
que nunca nos han rendido ni hemos aceptado untuosas transiciones, nacida del
ayer, pero insistimos, hoy.
Le preguntaremos a la sociedad, y especialmente a la parte más joven de esa
sociedad, qué males sociales se detectan hoy. Sabemos la respuesta: Terrorismo,
paro e inseguridad ciudadana.
Algunos incluirán la corrupción. Nada más. No se detectan insuficiencias
sociales, de libertades, de los funcionamientos no democráticas en una sociedad
estructuralmente democrática. ¿Para qué hemos luchado, para vivir en una
sociedad con máxima seguridad privada y unos ingresos estables? Si creemos eso
es que no hemos aprendido nada de nuestro propio pasado.
¿Cuales fueron las mayores y mejores aportaciones de la República? Sin duda la
escuela y la esperanza de las clases trabajadoras en un futuro diferente. Y el
hecho extraordinario de que la sociedad entera estuviera profundamente dirigida
por unos pocos años por el pueblo más verdadero y profundo, que los
intelectuales y los profesionales sirvieran al pueblo y por primera vez en la
historia ni lo menospreciaran ni intentaran manipularlo, que la sociedad entera
anduviera hacia el futuro de la mano de los ideales populares de justicia y
libertad.
Ahora la batalla está en la enseñanza a todos sus niveles. Nuestra labor será
describir nuestro mundo en sus entrañas no sólo en lo anecdótico.
Aquí empieza el debate sobre nuestra labor:
· Describir el fondo vivo y permanente de la República
· Imponer una enseñanza de la historia viva, verdadera, democrática, cívica
y laica
· Propagar nuestra herencia viva, nuestro legado en revistas, conferencias,
seminarios, congresos, etc.
· Colaborar a crear un modelo educativo alternativo
· Y por fin, enseñar a toda la sociedad a honrar a los luchadores
antifascistas de todas las épocas y de todos los lugares, y en particular a
nuestros caídos por la libertad y un futuro mejor.
* Dolores Cabra es Presidenta de la
Asociación Guerra y Exilio (AGE), capitulo español.