A
la expectativa con temor y temblor(Sobre el tripartito catalán)
LUIS
ARIAS ARGÜELLES-MERES
Tinta
azul que balbucea trémula temores y temblores. Expectativas que se abren a
partir de un Gobierno tripartito donde el republicanismo es invitado de honor.
Y, de momento, la incógnita. No nos abandonaron aún las marcas de las
cicatrices dejadas en nuestra piel tras los casi 14 años de felipismo. Eso nos
hace estar en guardia temiendo, una vez más, la decepción. No sabemos por dónde
se decantará ERC. Si su rumbo se deslizará por el independentismo. O si hará
bandera de la ética y estética republicanas con voluntad de trascender en el
resto de España.
Hay quien tiembla al ver planteado el discurso independentista en Cataluña, sin
detenerse en una obviedad. Si bien ERC es una fuerza en alza sin cuyo concurso
la gobernabilidad de la Generalitat sería inviable, no es un partido llamado a
tener más de la mitad de los votos catalanes para poner sobre la mesa la baza
independentista con total garantía. Una segunda obviedad en la que tampoco se
ha reparado es en las motivaciones del votante de este partido; es decir, al
menos en la hipótesis de que ERC puede tener mucho votante no independentista
que deposita su confianza en esas siglas por el aire fresco que suponen, lo que,
llegado el momento, no implicaría necesariamente que en un plebiscito se optase
por la independencia.
Dicho esto, desde la izquierda sí hay lugar para el recelo. Primero, por lo ya
apuntado con respecto al poso de sensación fraudulenta que dejó en PSOE en su
larga etapa de Gobierno. No olvidemos que presidirá el Gobierno catalán un
socialista, que, lo reconozca o no, pertenece a un partido tan de España cañí
que tiene líderes como Ibarra y Bono. Segundo, por algo donde es fácil
incurrir en demagogia como acaba de hacer Bono en una carta a Boadella que
publicó un periódico madrileño. En efecto, lo que puede marcar la diferencia
ideológica de un partido, más que sus siglas, es el modo en que reparta el
dinero, y las medidas que se lleguen a tomar en ese sentido habrá que mirarlas
con lupa a la hora de eso que se puede llamar solidaridad entre los territorios
de un país al que seguimos llamando España, sin que ello implique, por otro
lado, otra demagogia que consiste en favorecer votos cautivos o timos de la
estampita. Habría que preguntarse si los dineros, pongamos por caso, del PER
constituyeron en su momento una política de izquierdas, o si, antes bien, no
fueron más que un parche que evadía algo irrenunciable para la izquierda como
era una reforma agraria que no llegó a hacerse.
Los sesudos analistas tampoco han visto una coincidencia que no es casual. Con
la retirada de Pujol sólo queda un político entre los protagonistas de la
transición en primera línea. Se trata del ex ministro de Franco Fraga Iribarne.
Es decir, que no sólo se cierra un período que tuvo como protagonista en
Cataluña a un político flexible y dialogante, sino que con él abandona el
poder la coalición que lideró. Cataluña, al día de hoy, no es un territorio
para el bipartidismo. Y sería deseable que portase la antorcha del principio
del fin del bipartidismo en España, cada vez más parecido a lo que fue la
Restauración canovista. Una misma política para dos partidos cuyas
divergencias y diferencias no van más allá de la cosmética. Si un partido
republicano adquiere por vez primera desde la transición gran protagonismo y si
el bipartidismo no puede tener lugar en Cataluña, cabe esperar que ambas cosas
puedan ir extrapolándose al resto de España.
En la medida que el PP considere electoralmente beneficioso radicalizar su españolismo,
no hará más que exasperar más a todos los nacionalismos, lo que generará un
clima de crispación poco deseable, cuyas consecuencias en el medio plazo no
parecen muy halagüeñas. Es un error de bulto meter en el mismo saco los
nacionalismos vasco y catalán. El partido de Carod Rovira ni amenaza, ni
coacciona, ni mata, ni fundamenta su discurso en planteamientos racistas. Y sería
imperdonable avinagrar el clima político en un territorio como Cataluña.
Se puede ser catalán de izquierdas y no nacionalista. En efecto, así es. Es la
baza de la demagógica carta de Bono a Boadella. Pero en cualquier caso, como mínimo,
hay que respetar a un partido como ERC de larga tradición democrática que
arranca votos con razones, y no con pistolas. Con propuestas, y no con chantajes
catastrofistas.
En cualquier caso, aires de cambio se respiran en Cataluña. Y se echa de menos
en Madrid a alguien como Azaña que hizo del Estatuto del 32 una de sus
principales apuestas y que logró arrancar en Barcelona vivas a España desde
gargantas desgañitadas. Sirva como recordatorio a quienes cortan y pegan frases
fuera de contexto con una deshonestidad intelectual indeseable. Sirva también
de recordatorio que aquella España a la que le daban vivas en Cataluña no era
casposa y franquista de segunda generación.
La incógnita está abierta. La esperanza, también. Un partido que lleva el
republicanismo en sus siglas, por voluntad de sus votantes, se ha convertido en
una referencia obligada para la política en este país. Hay otro partido, el
PSOE, que lleva el republicanismo en su historia, aunque desgajado de su
discurso por la voluntad de sus dirigentes. Así les fue. Sobre todo, así les
va. Y no es inconveniente recordar una vez más cómo en las vísperas
electorales del 82 don Juan Marichal recomendaba a los republicanos votar el
PSOE por llevar en su discurso lo esencial del republicanismo. Lo que González
hizo con aquello es de sobra conocido.
La obligación primera de un partido republicano si es fiel a su historia
consiste en luchar contra la corrupción y el caciquismo. De entrada y de
palabra, Carod ha empezado por ahí. Ojalá que la trayectoria siga por ese
camino.