El fanatismo termina destruyendo los ideales democráticos que dice defender.
La ley no puede estar sometida al caprichoso arbitrio de Aznar
RÉQUIEM
POR LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA
José
Manuel Fajardo
Escritor
El
peor irresponsable en asuntos públicos es el que presenta su falta de prudencia
y de mesura como ejemplo de sensatez y de ponderación. En ese caso sólo caben
dos hipótesis, a cual más temible: es un hipócrita que se cree su propia
impostura o un mentecato satisfecho de su propia carencia de luces. Si a ello añade,
como definitivo factor de riesgo social, la arrogante certidumbre de que la suya
es la única actitud correcta y, por ende, considera cualquier forma de
discrepancia como manifestación de vileza o de traición, podemos afirmar que
nos hallamos ante una grave patología política.
Para desdicha de la democracia española, el presidente Aznar presenta
todos los síntomas de este síndrome, en fase aguda, desde que alcanzó la
mayoría absoluta parlamentaria.
EL PROBLEMA es que, cuando se está en la cima del poder político de la
sociedad, una patología como la descrita deja de ser asunto privado del
gobernante para convertirse en contagiosa enfermedad social. La ley que el
Gobierno acaba de sacar adelante en el Parlamento, que castiga con pena de cárcel
a quienes convoquen ilegalmente un referendo, es la prueba alarmante de que el síndrome
de Aznar amenaza con llevarse a la tumba a la democracia española. Y, lo
más triste, habituados a que el político de turno acuse a sus adversarios de
antidemocráticos ante cualquier discrepancia, corremos el riesgo de que nadie
se dé por enterado ahora que el lobo antidemocrático ha llegado de verdad.
A los 25 de años de la aprobación de la Constitución española, nuestro
sistema político está en crisis. Como una pandemia propagada desde la
presidencia de Estados Unidos, va extendiéndose un nuevo modelo político
mundial que vacía de contenido al sistema democrático a la vez que se
emborracha con la palabra libertad, devolviéndole una penosa actualidad
a la célebre frase que madame Roland: "Libertad, cuántos crímenes
se cometen en tu nombre". A ese nuevo modelo se ha apuntado Aznar,
tanto en el plano internacional como en el de la política española. Y lo ha
hecho en ambos casos con auténtico fanatismo.
Internacionalmente, el Gobierno de España viene mostrando unas ínfulas
imperiales que, en la jerigonza al uso, se denominan "búsqueda de un lugar
para España en el concierto de las naciones". En la práctica, esa búsqueda
no ha sido otra cosa que la adopción de una actitud de servilismo ante la
empresa guerrera de Bush. Los intereses de España se han sacrificado
(deteriorando las buenas relaciones con el mundo árabe, convirtiendo a España
en objetivo de otro terrorismo, el islámico, como si no bastara con el de ETA,
enfrentándose a Francia y Alemania, marginando a la ONU, etcétera) en aras del
protagonismo de Aznar en el nuevo orden imperial.
La política nacional del presidente no presenta mejores síntomas. De igual
manera que al cobarde el miedo puede hacerle temerario (que es bien diferente de
valiente), al político puede subírsele la mediocridad a la cabeza hasta
hacerle creerse un salvador de la patria.
Evidentemente, hay peligros más que reales que amenazan a nuestras sociedades y
el terrorismo es uno de los principales. Pero ni siquiera en la defensa de la
democracia cabe una actitud fanática, porque el fanatismo termina destruyendo
los ideales que dice defender. La democracia emanada de la Constitución de 1978
no puede defenderse a costa de vaciarla de contenido hasta convertirla en un
mero cascarón retórico.
EL ESTADO DE derecho se fundamenta en el sometimiento a la ley, pero exige como
condición previa la existencia de leyes justas promulgadas a partir de un mínimo
consenso social. Sin ese equilibrio, la ley pasa a convertirse en factor de
dominación, no de concordia. Y sacar adelante una ley, con la oposición de
toda la oposición, que permite encarcelar a presidentes autonómicos por sacar
adelante iniciativas políticas, como es un referendo, introduce de hecho una lógica
de represión en la controversia política, incompatible con un sistema democrático.
Porque un sistema tan acorazado jurídicamente que llegue a desdeñar la
integración de la disidencia e incluso la asunción de la posibilidad de
momentos de inestabilidad, acaba negándose a sí mismo.
Pero lo que quizá aclare mejor la verdadera índole del síndrome de Aznar
es recordar que se trata del mismo hombre que no tuvo inconveniente en violar la
Constitución, que tanto dice defender, al declarar ilegalmente la guerra a Irak
en la célebre reunión de las Azores. Si nuestras leyes siguen sometidas al
caprichoso arbitrio del poder de turno, la democracia española va a convertirse
en un muerto viviente al que ni siquiera va a caber entonarle un réquiem.