La captura de Sadán Juseín, en el 105º aniversario del Tratado de París
por
Lorenzo Peña
Hace exactamente 105 años se firmaba en París el Tratado que ponía
fin a la guerra entre EE.UU y España.
Unos meses antes el imperialismo estadounidense había lanzado una
inicua agresión contra España para adueñarse de sus provincias ultramarinas,
pretextando la dura represión del gobierno de Madrid contra los
independentistas cubanos y la voladura del Maine (accidental, al parecer, pero
instrumentalizada por la prensa amarilla de Norteamérica para demonizar
a España y exaltar los ánimos belicistas).
Era aplastante la superioridad militar norteamericana; España había
dejado de ser una gran potencia desde el siglo XVIII, a la vez que EE.UU se habían
engrandecido gracias a haber arrebatado a México --en la guerra de 1848-- la
mitad de su territorio. Lo mismo hicieron con España en 1898. En ambos casos la
agresión fue brutal, sin provocación alguna de la víctima
agredida, sin ninguna causa que justificara, ni siquiera en parte, una acometida
militar contra un país que no les había hecho nada malo.
El 14 de diciembre del año 1898 los plenipotenciarios del gobierno
monárquico español firmaban el humillante e inicuo Tratado de París, sin
tener ocasión de discutir ninguno de los términos impuestos a viva fuerza por
el triunfador. Una negativa significaba la reanudación de la guerra, en la cual
España --desarmada y vencida-- vería a los imperialistas yanquis
apoderarse de las Islas Canarias, y tal vez imponer una indemnización
impagable. España perdió la mitad de su territorio nacional.
Por diversos motivos apoyaban al imperialismo yanqui los gobiernos
colonialistas e imperialistas de Europa (Alemania, Inglaterra y Francia). Fueron
baldíos los intentos de la reina regente de España, Dª María Cristina
de Habsburgo-Lorena, para impetrar algún respaldo de otras potencias europeas
que hiciera a los yanquis al menos mostrarse menos rapaces, menos implacables. Y
es que ya había vínculos de negocios entre Wall Street y los
círculos financieros de París, Londres y Berlín --igual que hoy; al paso que
se despreciaba a los latinos, a los mediterráneos, a los pueblos inferiores del
sur, incluido el español.
El 14 de diciembre del año 1898 se proyectaba el imperialismo
yanqui como una gran potencia mundial, capaz de aplastar, destrozar y triturar a
un pequeño país que a nadie amenazaba pero que varios siglos antes había sido
una gran potencia, malquista en la tradición anglosajona protestante.
Exactamente 105 años después obtiene el imperialismo yanqui otro
éxito en sus planes de dominación mundial, al capturar a la figura que ha
simbolizado durante varios lustros la resistencia antiimperialista, el
Presidente de la República de Mesopotamia, Sadán Juseín.
Había sido una semana difícil para los conquistadores
estadounidenses en Irak. Por un lado, hasta los mendaces y venales medios de
incomunicación del sistema capitalista occidental habían tenido que reconocer
el duelo de las
familias de unos 18.000 iraquíes que languidecen en las mazmorras militares
estadounidenses, sin noticias de los presos; en los pocos casos en los que
finalmente se había averiguado algo de los desaparecidos, se sabía que
muchos de ellos han sido torturados por los yanquis.
Esa noticia podía ser molesta; resultó fácil de escamotear,
gracias a la complicidad obsequiosa de los manipuladores de la prensa
reaccionaria.
Peor que eso fueron las múltiples acciones armadas de la
resistencia patriótica contra el ocupante y sus secuaces locales, los
ayanquizados del marioneta `consejo de gobierno' (una heteróclita amalgama de
antipatriotas variopintos: magnates de la mafia financiera, monárquicos,
fundamentalistas shiítas, separatistas curdos, pseudocomunistas y otros
ingredientes).
Asimismo, hubo una dimisión masiva de un elevado porcentaje del
personal seleccionado por el ocupante para formar una fuerza militar auxiliar
local; la paga de la traición era tan exigua que no daba ni para comer.
A los 8 meses de la toma de Bagdad por las fuerzas militares de los
EE.UU la situación era difícil para el ocupante. Hay efervescencia, inquietud
y malestar por no haberse restablecido --salvo en pequeña parte-- los servicios
más elementales de suministro que había logrado mantener el gobierno iraquí
incluso durante la guerra (salvo los últimos días, al ser
bombardeadas las plantas potabilizadoras, las conducciones y las centrales eléctricas
por la aviación imperialista).
Aunque fluctuante, el número de atentados contra el ocupante sigue
siendo muy alto. Las brutales acciones de intimidación contra la población por
parte de las fuerzas yanquis podían haber intimidado a muchos; mas también
han provocado rabia y furor en otros, encrespando y enardeciendo el espíritu de
la resistencia patriótica.
Ante esa serie de reveses, los EE.UU y sus mercenarios curdos
echaron toda la carne en el asador. Y han alcanzado un importante triunfo,
capturando a un acorralado Sadán Juseín.
La historia de los conflictos militares ha sufrido una gran evolución
desde los tiempos remotos. Antiguamente era corriente someter al vencido a
vejaciones; se lo paseaba, atado a un carro de combate, por las calles de la
ciudad victoriosa, acosado por las turbas inclementes y delirantes. Ya en la época
romana algunos empezaron a humanizar la práctica de la victoria. Al final de la
edad media comenzó a establecerse un cierto canon de caballerosidad para con el
vencido.
Al igual que en otros campos del derecho internacional, también en
éste marca una grave regresión, una ruptura con esa evolución humanitaria, la
conducta del imperialismo yanqui, el cual --en su prepotencia y en su
autosatisfacción infinitas-- se estima por encima de cualesquiera pautas jurídicas
o morales que rijan para los demás.
Prueba de ello es el trato infligido a Sadán Juseín, de una
crueldad que difícilmente encuentra precedente en conflictos bélicos de los últimos
4 siglos. Queda como uno de los episodios más bochornosos de la historia el
fotografiar y filmar al prisionero acogotado, desamparado, aniquilado,
machacado, vapuleado, indefenso, para luego exhibir esas imágenes ante la
soldadesca zafia e inmisericorde, excitando la explosión de una algarada de
júbilo sádico (con silbidos, alharacas y un ensordecedor griterío).
Será una vergüenza ser derrotado; es infinitamente peor la vergüenza
de ser un vencedor así. Esos vencedores no convencen. Pasarán a la historia
como lo que son: avasalladores, dominadores que sólo buscan tener a la
humanidad de rodillas ante su superioridad financiera, militar, política y (a
sus propios ojos) teológico-moral.
Ahora empieza una nueva etapa de la lucha patriótica del pueblo
iraquí. Ésta no se detendrá por la caía de Sadán Juseín. Ni cesará la
solidaridad de los antiimperialistas del mundo. Al revés, conducirán a un
mayor desprestigio del imperialismo yanqui su desfachatez, su saña, su grosería,
su brutalidad en esta poco gloriosa hazaña.
De poco le servirán los parabienes de sus compinches, de esos que
han acabando arrojando la máscara de la neutralidad: los cabecillas del
colonialismo francés y del imperialismo germano; en suma esa unión sagrada
de las potencias septentrionales, del campo atlántico blanco-cristiano, del
club de los ricos.
Tampoco le servirá de mucho someter a juicio a Sadán Juseín en
una parodia pseudojudicial de venganza y de ensañamiento; ese tipo de farsas
judiciales ya se han desacreditado con el juicio de la Haya contra Slobodán
Milosevich (aparte de las razones jurídico-políticas por las cuales es, en
general, totalmente condenable ese recurso a la venganza judicial contra los líderes
políticos derrocados --según lo he argumentado en otro escrito, y
según lo pusiera de manifiesto Don Luis Jiménez de Asúa hace ya medio siglo).
Es un revés para los pueblos la captura del jefe de la insurrección
nacional iraquí; mas no es el fin de la lucha patriótica, igual que los
fusilamientos del 2 de mayo no acabaron con la resistencia de los españoles
contra la invasión francesa.
Los progresistas de todo el mundo han de expresar su solidaridad
para con el líder de la lucha patriótica iraquí y denunciar las humillaciones
y los actos de venganza a que lo someten el mando militar estadounidense y sus
testaferros.
Lejos de desanimarnos, estos acontecimientos nos dan nuevos motivos
para redoblar nuestra denuncia de las mentiras imperialistas y nuestra campaña
en pro de la verdad y de la justicia.
Atila, Alarico, Gengis Kan, Tamorlán y otros conquistadores del
mismo jaez vencieron, mataron y mutilaron a muchos miles de seres humanos, para
imponer un yugo atroz, llevados por el afán de señorear, ejerciendo un
dominio bárbaro, no dulcificado ni atemperado por ningún principio de
civilización.
Eso mismo hace hoy el imperialismo yanqui, que constituye una
terrible amenaza para la cultura humana, para la vida civilizada, para la paz,
para el bienestar de la humanidad, para el progreso humano.
Un día en los libros de historia se hablará de las empresas bélicas
y conquistadoras del imperialismo yanqui como hoy se habla de sus predecesores,
Alarico y Atila, Gengis Kan y Tamorlán.
14 de diciembre del año 2003